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Lecturas:
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Profeta Isaías 53, 10-11
o
Carta a los Hebreos 4, 14-16
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Marcos 10, 35-45
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El dinero y el poder son dos grandes
protagonistas de la historia humana porque condicionan las decisiones de los
individuos, trazan el rumbo de las relaciones sociales y definen los
intercambios entre las naciones. Pues bien, estos dos temas aparecen en la
agenda litúrgica dominical:
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Al dinero nos referimos el domingo
anterior, cuando explicábamos el encuentro de Jesús con el joven rico, que
le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”
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Al poder nos referiremos hoy, pues es el
centro de la catequesis que Jesús desarrolla dentro del círculo íntimo de
sus discípulos.
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Cuando hablamos del poder, no hay que
pensar exclusivamente en las relaciones que se establecen entre el pueblo y
sus dirigentes políticos y empresariales. También cabe hablar de uso del
poder en la familia (relaciones de pareja y entre padres e hijos), en el
sistema educativo (relaciones profesor – alumno), en la vida de la Iglesia
(relación Obispo – sacerdote – comunidad). La dinámica del poder atraviesa
todas las relaciones sociales.
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¿Cómo surge este tema dentro de las
catequesis que Jesús dirigía a sus discípulos con el fin de formarlos como
los futuros dirigentes de su proyecto del Reino? El tema aparece en una
solicitud expresada por los hermanos Santiago y Juan: “Concede que nos
sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando estés en tu gloria”.
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Esta petición, que los hijos de Zebedeo
consideraron que estaba dentro de lo normal, encontró un rechazo frontal por
parte de sus compañeros, y los diez apóstoles protestaron contra esta
pretensión. Este tipo de solicitudes son frecuentes en la vida diaria de
las organizaciones y las conocemos bajo el nombre genérico de “tráfico de
influencias”, que consiste en aprovechar la amistad para obtener un
beneficio personal.
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Esta petición puso a Jesús en una situación
comprometedora porque amenazaba la equidad que Él debía conservar en su
trato con el equipo de sus inmediatos colaboradores. A la manera de un
experimentado Jefe de Recursos Humanos de una importante empresa, hace una
breve entrevista a los dos aspirantes a estos puestos privilegiados:
“¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que
seré bautizado? Con estas palabras, Jesús se refería a los tormentos que le
aguardaban… Ellos respondieron afirmativamente a las preguntas de la
entrevista y, en una elemental lógica humana, debieron creer que su petición
había sido aceptada.
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Pero Jesús continuó el diálogo de manera
desconcertante, pues afirmó que el puesto de honor no consistía en sentarse
uno a la derecha y otro a la izquierda; además, esta determinación no podía
tomarla Él sino su Padre celestial. El verdadero privilegio consiste en
compartir su suerte y beber con Él el cáliz del dolor en beneficio de la
humanidad. La lógica de Jesús hace saltar en mil pedazos la lógica humana;
lo que reviste importancia para la sociedad, carece de significación ante
Dios.
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Los seres humanos soñamos con ascender por
la escala del reconocimiento social. Pero la lógica asumida por Dios en su
plan de salvación siguió la dirección contraria: En Jesús, el Hijo eterno de
Dios se despojó de su condición divina para asumir nuestra condición humana.
Para hacer más evidente este despojo voluntario al que se somete el Hijo
eterno de Dios, la liturgia de este domingo nos trae un breve pasaje del
profeta Isaías que describe, de manera patética, el sufrimiento que
padecerá el Siervo de Yahvé para que nosotros tengamos acceso a la vida
divina. La lógica humana busca el ascenso social; la lógica del plan de
salvación es despojarse de la condición divina…
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Ante las pretensiones de los hermanos
Santiago y Juan, Jesús da una lección memorable sobre el uso del poder y el
sentido de la autoridad: “El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su
servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así
como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a dar su
vida por la redención de todos”
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Además podemos leer, entre líneas, un
mensaje sutil respecto a la autoridad moral. Ciertamente los cargos dentro
de una estructura organizacional van acompañados de unas funciones y de las
herramientas para que éstas puedan llevarse a cumplimiento. Pero hay una
realidad más profunda que no puede ser expresada por los reglamentos ni por
los manuales de funciones. Se trata de la autoridad moral o reconocimiento
que la persona va ganando gracias a su dedicación, sentido de la justicia,
capacidad de inspirar a su equipo de trabajo. Por eso hay dos tipos de
jefes: los que son temidos y los que son respetados. Los que generan temor
imponen su autoridad por la intimidación que ejercen; los que son respetados
convocan con la autoridad moral que irradian.
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Este texto de Jesús sobre el uso del poder
debería ser meditado una y mil veces por todas aquellas personas que
detentan alguna parcela, pequeña o grande, de autoridad: padres de familia,
educadores, jefes de recursos humanos, dirigentes empresariales, políticos,
líderes religiosos.
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Es hora de terminar nuestra meditación
dominical. Con un estilo sencillo y pedagógico, Jesús da una lección
magistral sobre el significado del liderazgo dentro de los colectivos
sociales. Nos enseña que el reconocimiento social no se obtiene buscando el
protagonismo ni queriendo llamar la atención. Nos hace caer en la cuenta de
que el reconocimiento social se gana por el camino del servicio. Jesús nos
está diciendo a todos aquellos que tenemos responsabilidades particulares
dentro de las instituciones que el poder no se puede ejercer sobre los
demás, sino que es para el crecimiento de los demás.
jpelaez@javerianacali.edu.co |