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Lecturas:
o
Libro de Job 38, 1. 8-11
o
II Carta de San Pablo a los Corintios 5, 14-17
o
Marcos 4, 35-41
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El evangelio de hoy nos describe el mal momento que vivieron
los discípulos, cuando una tempestad los sorprendió en medio del lago.
Fácilmente podemos identificarnos con los atemorizados navegantes pues todos
nosotros, en algún momento, nos hemos sentido impotentes ante
acontecimientos que nos superan.
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En la descripción que hace el evangelista Marcos, se destacan
dos sentimientos, el temor y la duda. Nos dice el texto que “de pronto se
desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban
llenando de agua”. Las fuerzas de la naturaleza nos recuerdan lo débiles y
vulnerables que somos. El temor experimentado va acompañado de una profunda
crisis de confianza en su líder.
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Detengámonos a analizar las connotaciones de la duda que
conmociona a los discípulos:
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Ellos no cuestionan su poder, pues lo han visto resucitar
muertos y hacer caminar a los paralíticos. Se trata de una duda ética: han
puesto en duda que a Jesús le importen sus vidas y su seguridad: ·”Maestro,
¿no te importa que nos hundamos?”
o
Esta recriminación es demoledora pues cuestiona la relación de
confianza y compromiso que Jesús estaba construyendo en su ministerio
apostólico. Jesús – que se identificaba con el buen pastor que se enfrenta
al lobo para proteger al rebaño – tuvo que sentirse muy mal al escuchar
semejante comentario. Su proyecto de vida era la solidaridad; su misión era
dar la vida como suprema expresión de amor. ¡Y sus amigos interpretan
torcidamente su silencio!
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Uno de los indicadores más expresivos de la calidad humana de
alguien es su capacidad de tender la mano en las situaciones críticas. En
esos momentos conocemos a los verdaderos amigos. Tenemos que aceptar que
este indicador tiene un pésimo desempeño en nuestra sociedad. Ante el drama
ajeno simplemente comentamos ¡de malas!, y seguimos nuestro camino.
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Este relato de la tempestad, nos invita a reflexionar sobre la
fe: ¿qué significa tener fe en Dios?
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El verdadero creyente no espera manifestaciones espectaculares
de Dios en su vida. La fe adulta establece una relación de confianza con
Dios, la cual se va enriqueciendo en la vida diaria de una manera discreta y
silenciosa. Se trata de encontrar a Dios en la agenda cotidiana.
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La fe adulta no espera que Dios resuelva los problemas
afectivos, económicos o de salud. Hay personas que tienen una comprensión
equivocada sobre la forma como Dios actúa en el mundo. Dios nos ayuda a
resolver nuestros problemas dándonos el valor para afrontarlos y, mediante
la acción del Espíritu Santo, sugiriéndonos posibles caminos de solución. La
responsabilidad recae sobre nosotros.
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El mensaje central que nos transmite el evangelio de este
domingo es la confianza en Dios: “Él se despertó, reprendió al viento y dijo
al mar: ¡cállate, enmudece! Entonces el viento cesó y sobrevino una gran
calma. Jesús les dijo: ¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?”
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Los discípulos salieron sanos y salvos porque se habían
embarcado con Jesús. Si Jesús no hubiera estado con ellos, probablemente la
aventura no habría tenido un final feliz. ¡Ahí está el secreto!
Embarquémonos con Jesús. Que la joven pareja que se acerca al altar para
prometerse amor y fidelidad invite a Jesús a ser su compañero de travesía…
Que el profesional que cada día se dirige a su lugar de trabajo haga de
Jesucristo el socio con el que consulta sus decisiones y proyectos… Que las
personas que se sienten solas escojan a Jesucristo como su confidente con el
que comparten sus dudas y preocupaciones…
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Es hora de terminar nuestra meditación dominical. Como los
discípulos, también nosotros nos hemos sentido atemorizados y llenos de
interrogantes en las tempestades que hemos padecido. No pretendamos viajar
solos. Invitemos al buen Dios para que suba a nuestro barco y sea compañero
de travesía. Con Él a bordo lograremos llegar al puerto y cumplir nuestra
misión.
jpelaez@javerianacali.edu.co |