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Lecturas:
o
Éxodo 22, 20-26
o
I Carta de San Pablo a los Tesalonicenses
1, 5c-10
o
Mateo 23, 34-40
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Como lo hemos analizado en los domingos
anteriores, los fariseos quieren silenciar a Jesús pues constituye una seria
amenaza para su poder religioso y político. El domingo anterior vimos cómo
le tendieron una trampa política al preguntarle: “¿Es lícito o no pagar
tributo al emperador?”
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Como Jesús no cayó en ella y dio una hábil
respuesta, preparan una celada respecto a la interpretación de la Escritura.
Para ello envían a un experto en el tema, un doctor de la ley. Sus enemigos
pretenden probar que Jesús no sabe interpretar las Escrituras y que, por
tanto, no tiene autoridad ni merece reconocimiento.
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La pregunta parece simple, pero es muy
complicada: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”
o
Entre los judíos había respuestas
diferentes. Más aún, los expertos habían formulado una lista interminable de
mandamientos, que constaba de 248 preceptos positivos y de 365
prohibiciones.
o
Semejante abundancia de normas hacía
imposible su cumplimiento. Los eruditos discutían sobre una posible
jerarquización de estas normas.
o
Al hacer esta pregunta, querían obligar a
que Jesús se lanzara a las arenas movedizas de este debate para
desacreditarlo.
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¿Cómo responde Jesús? Imitando la forma de
argumentar de los maestros de la ley, escogió dos textos bíblicos:
o
El primer texto está tomado del libro del
Deuteronomio (6,5), donde se establece que el primer mandamiento es el amor
a Dios: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con
todas tus fuerzas”
o
El segundo texto pertenece al Levítico
(19,18) donde se establece que “amarás a tu prójimo como a ti mismo”
o
Jesús une estos dos textos de la Escritura,
que en su origen estaban separados. Ambos mandamientos son semejantes y
constituyen el fundamento de la ley y los profetas.
o
Al unir estos dos textos, Jesús nos está
diciendo que el amor es la clave de nuestra relación con Dios y con nuestro
prójimo. Aunque ambas expresiones del amor son diferentes, están
indisolublemente unidas.
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Los invito a profundizar en la expresión
“amarás a tu prójimo como a ti mismo”:
o
Al pronunciar las palabras “como a ti
mismo”, Jesús pone delante de nosotros un espejo que no nos permite decir
mentiras.
o
Jesús no dice “amarás a tu prójimo si éste
se porta bien o si es generoso contigo”. Nada de eso. Jesús establece un
criterio muy especial, que no permite dobles interpretaciones: haz a los
demás lo que tú quieres que ellos hagan contigo.
o
¿Quieres que los demás sean sinceros
contigo? Muy fácil: sé sincero con ellos. ¿Quieres que los demás valoren y
reconozcan tus iniciativas? Muy fácil: valora y reconoce lo que hacen los
otros.
o
La convivencia familiar y la vida en
sociedad serían muy diferentes si se aplicara esta “regla de oro” del
comportamiento.
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Cuando hablamos sobre el amor al prójimo,
inmediatamente pensamos en las obras de caridad: educar a los niños sin
recursos, ayudar a ubicar laborablemente a los desplazados, conseguir un
puesto en un asilo para un anciano, etc. Es infinita la lista de las
posibles acciones que expresan caridad.
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Si analizamos con atención estas obras,
comprendemos que pueden ser expresión del amor – aunque no necesariamente -,
pero no son el amor en cuanto tal:
o
Antes de la beneficencia está la
benevolencia; antes de hacer el bien, hay que querer bien. El amor inspira
actitudes de respeto, de tolerancia, de perdón. Y estas actitudes deben
nutrir nuestras relaciones con los demás.
o
Por eso lo más importante es cultivar estas
actitudes que van a colorear nuestras palabras y acciones.
o
Si permitimos que el amor eche raíces en
nuestro corazón, desaparecerán los motivos de prevención y hostilidad que
contaminan las relaciones interpersonales.
o
Todos soñamos con construir un mundo más
humano y equitativo. Este mundo nuevo empieza a construirse desde nuestro
interior y después llevará crear unas estructuras externas jurídicas,
políticas y económicas.
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Es hora de terminar nuestra meditación
dominical. Los fariseos habían complicado enormemente la religión al
multiplicar sus mandamientos y prohibiciones. También los católicos podemos
complicar innecesariamente nuestra relación con Dios. El evangelio de hoy
nos invita a redescubrir lo esencial de nuestra fe en estos dos mandamientos
inseparables: el amor a Dios y al prójimo. Recuperemos lo esencial.
jpelaez@javerianacali.edu.co |