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Lecturas:
o
Hechos de los
Apóstoles 8, 5-8. 14-17
o
I carta de San
Pedro 3, 15-18
o
Juan 14, 15-21
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La liturgia de
este tiempo de Pascua nos narra las diversas experiencias de Jesús
resucitado vividas por sus inmediatos seguidores. El sentimiento dominante
en la comunidad era la alegría pues Jesús había triunfado sobre la muerte.
Su proyecto no había fracasado.
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Pero ellos sabían
que Jesús, en su nuevo estado, regresaría junto a su Padre después de haber
cumplido con la misión que le había sido confiada. Era, pues, natural que
ellos se preguntaran cómo continuaría el proyecto de la construcción del
Reino.
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Antes de comentar
los anuncios que Jesús hace a la comunidad, y que serán motivo de alegría y
serenidad, quiero detenerme en unas palabras de Jesús que aparecen al
comienzo y al fin del texto evangélico que hemos escuchado. Al comienzo
dice: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. Y al final repite: “El que
acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama, lo amará mi
Padre, y yo también lo amaré y me revelaré en él”:
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Esto significa
que los discípulos deben mostrar con hechos que es sincero su deseo de estar
cerca de Jesús y de permanecer en comunión con él.
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Esta sinceridad
se prueba mediante el cumplimiento de sus mandamientos. Las palabras deben
estar acompañadas de hechos.
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Ahora bien,
cuando Jesús habla de mandamientos, no está utilizando un lenguaje jurídico.
Cumplir los mandamientos significa acoger en la fe las palabras de Jesús,
dejarse guiar por ellas, trazar el proyecto personal de vida en concordancia
con el de Jesús.
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Ahora los invito
a profundizar en el contenido del anuncio que Jesús hace respecto al futuro.
Aunque habrá una separación física, ciertamente no los abandonará. Les da
como regalo al Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, quien
estará junto a ellos y en ellos:
o
“Yo le pediré al
Padre que les dé otro Defensor que esté siempre con ustedes, el Espíritu de
la verdad”.
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Jesús usa la
palabra “Paráclito” para referirse al Espíritu Santo. Se trata de una
palabra griega que significa abogado, defensor, maestro y guía, consolador.
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Estos diversos
significados de la palabra griega “Paráclito” nos permiten comprender el
alcance de la tarea que va a cumplir el Espíritu Santo: será la presencia de
Cristo junto a los cristianos, mientras Jesús permanece junto al Padre.
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El Espíritu Santo
es el gran regalo de Jesús resucitado. Su presencia en medio de la comunidad
inaugura una nueva era en la vida de ésta.
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La presencia del
Espíritu en los creyentes es la nueva forma de vivir el Señor resucitado
entre sus discípulos. El Espíritu mantendrá unida a la comunidad y la
impulsará para que lleve la buena noticia a todos los rincones de la tierra.
El Espíritu Santo genera una dinámica misionera de apertura a todas las
razas y culturas.
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Jesús parte, pero
no abandonará a los suyos:
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Veamos cómo
expresa el binomio partida – presencia: “No los dejaré desamparados,
volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán, y
vivirán, porque yo sigo viviendo”. Se abre, pues, un nuevo capítulo en la
historia de la salvación.
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El primer
capítulo fue el de la promesa de salvación, de la cual fue depositario el
pueblo de Israel. El segundo capítulo fue el de la existencia histórica de
Jesús.
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El tercer
capítulo se abre con la resurrección de Cristo y el don del Espíritu Santo.
Se trata de una presencia diferente, real y no simplemente simbólica, de
Jesús dentro de la comunidad. Este tercer capítulo es el de la Iglesia, y
tiene como protagonista principalísimo al Espíritu Santo.
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La Iglesia es el
sacramente de Cristo, es decir, es su presencia y la continuación de su
acción salvadora. La vida divina continúa distribuyéndose entre los
creyentes mediante la proclamación de la palabra de Dios y la participación
en la vida sacramental.
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El apóstol
Pedro, consciente de esta realidad nueva que se abre para los seguidores de
Jesús, los exhorta para que compartan la alegría de de lo que han recibido:
“Glorifiquen en sus corazones a Cristo Señor y estén siempre prontos para
dar razón de su esperanza a todo el que la pida”.
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Dar razón de la
esperanza es contar a los demás este anuncio de vida frente a una cultura de
la muerte; dar razón de la esperanza es decir al mundo que no caminamos
solitariamente hacia la nada, sino que caminamos en comunidad hacia Dios,
fuente de la verdad y del amor.
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Es hora de
terminar nuestra meditación dominical. No permitamos que nos dominen el
desánimo y el cansancio en la lucha de todos los días. El Espíritu Santo,
regalo del resucitado, es nuestro compañero de viaje. Pidámosle que nos dé
la sabiduría para tomar las decisiones adecuadas y que permanezcamos fieles
en el camino emprendido inspirados siempre en el proyecto de Jesús.
jpelaez@puj.edu.co |