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Lecturas:
o
Libro de la Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24
o
II Carta de San Pablo a los Corintios 8, 7.
9. 13-15
o
Marcos 5, 21-43
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La liturgia de este domingo irradia
optimismo; es un canto a la vida. Desde la primera lectura, tomada del libro
de la Sabiduría, se transmite este mensaje de vida: “Dios no hizo la
muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para
que subsistiera”.
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El evangelio de hoy nos narra el drama de
dos contemporáneos de Jesús, agobiados por la desesperanza, a quienes éste
devolvió la alegría. Veamos cómo actuó Jesús a favor de la vida, venciendo
así a la enfermedad y a la muerte:
o
El primer drama lo vive Jairo, uno de los
jefes de la sinagoga, que contempla impotente cómo se va apagando la vida de
su hija: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se
cure y viva”. Muchos de los aquí presentes, que son padres y madres de
familia, comprenden perfectamente la angustia de Jairo, porque ustedes han
sufrido cuando sus hijos se han enfermado; y algunos – dolorosamente –
también han enterrado a sus hijos…
o
El segundo drama lo vive una mujer
sencilla, que desde hacía doce años padecía una hemorragia que no habían
podido controlar los médicos.
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Jesús, sensible ante el dolor humano,
atiende las súplicas de estos dos personajes: la hija de Jairo regresa a la
vida y la mujer es curada de sus dolencias. Con estos hechos concretos,
Jesús hace realidad lo que se afirmaba en la primera lectura: “Dios no hizo
la muerte, ni se recrea en las destrucción de los vivientes. Todo lo creó
para que subsistiera”.
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Los invito a que nos detengámonos a
reflexionar sobre la actuación de Jesús con la niña, hija de Jairo. Nos dice
el evangelista Marcos que Jesús “entró a donde estaba la niña, la tomó de la
mano y le dijo: ¡Talitá, kum!, que significa ¡Óyeme, niña, levántate! La
niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar”.
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Esta niña, protagonista del milagro de
Jesús, representa a millones de niños y jóvenes que, por diversas
circunstancias, están como muertos, y necesitan escuchar una palabra de vida
que los saque de la postración en que se encuentran:
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Pensemos en el drama de millones de niños
que no han conocido la ternura, que no han tenido los brazos amorosos de un
papá o de una mamá que les ofrezcan seguridad y acogida.
o
Pensemos en la tragedia de millones de
niños abusados sexualmente por sus familiares o por sus educadores, y que se
ven obligados a recorrer las calles ofreciendo sus cuerpos como mercancía
de consumo para unos adultos degenerados.
o
Pensemos en la situación de muerte en la
que yacen millones de niños y jóvenes, que han sido inducidos al consumo de
drogas por las mafias que merodean las puertas de colegios y universidades.
o
Pensemos en la desesperanza de millones de
jóvenes en los barrios marginados de nuestras ciudades, que no tienen acceso
a una educación de calidad y que no consiguen un trabajo honrado, y que
terminan por engrosar las bandas de delincuentes que recorren ciudades y
campos.
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Jairo, el devoto judío, llora la muerte de
su hija. Igualmente, lloramos por la destrucción y ruina de millones de
niños y jóvenes, atrapados por la pobreza, la violencia, el vicio. Estos
millones de niños y jóvenes esperan oír las palabras de vida: “¡Talitá, kum!
¡Óyeme, niño/niña/joven, levántate!
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Jesús nos invita a continuar en el tiempo
su ministerio de vida. ¿Cómo? Dedicando parte de nuestro tiempo y
colaborando con nuestros recursos para que puedan funcionar las fundaciones
y grupos que trabajan por la niñez y la juventud. En esta ciudad existen
numerosas organizaciones que realizan un excelente servicio, pero que se
sienten desbordadas por la enormidad del desafío.
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El libro de la Sabiduría nos dice que “Dios
no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes”.
Nosotros somos imágenes de este Dios que es promotor de la vida. Siguiendo
el ejemplo de Jesús, pronunciemos una palabra de vida y ofrezcamos
oportunidades a los niños y jóvenes de manera que recuperen la alegría de
vivir, cicatricen las heridas que les ha causado la crueldad humana y así
puedan construir un proyecto que les permita realizarse como seres humanos
dignos.
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Es hora de terminar nuestra meditación
dominical. Al regresar a nuestras casas, hagámoslo con la decisión firme de
colaborar con instituciones que trabajan a favor de los niños y los jóvenes.
Así contribuiremos a construir una ciudad y un país diferentes.
jpelaez@javerianacali.edu.co |