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Lecturas:
o
Deuteronomio 4, 1-2. 6-8
o
Carta del apóstol Santiago 1, 17-18. 21-22.
27
o
Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23
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En tiempos de Jesús, el Judaísmo daba una
gran importancia a los ritos externos. La vida diaria del israelita piadoso
estaba totalmente programada por la religión. Más aún, la calidad de la
relación con Dios se medía por estos indicadores de cumplimiento externo.
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En concreto, el texto evangélico de hoy
describe el conflicto entre los líderes religiosos y los discípulos de
Jesús. La discusión, que para nuestras categorías puede sonar ridícula,
versaba sobre la exigencia religiosa de purificarse con agua antes de comer.
Lo que para nosotros es una saludable práctica relacionada con la higiene,
para los maestros de la ley era un problema de alta teología: “¿Por qué tus
discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros
mayores?”
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No pensemos que se trató de un simple
descuido de los discípulos, que se olvidaron de lavarse las manos. Creemos
que fue una escena cuidadosamente planeada. Jesús quería confrontar la
religiosidad hipócrita de sus contemporáneos y trazar los rasgos de una
auténtica experiencia religiosa.
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¿Cuál es la estrategia seguida por Jesús?
Les dice que esas prácticas son invenciones humanas que nada tienen que ver
con el plan de Dios. Y para ello retoma las duras palabras del profeta
Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de
mí. Es inútil el culto que me rinden porque enseñan doctrinas que no son
sino preceptos humanos”
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Es una constante en la historia de los
pueblos los intentos por manipular la dimensión religiosa. Se atribuyen a la
divinidad mandamientos y deseos que nada tienen que ver con Dios, sino que
son expresión de los intereses humanos. Esta manipulación de lo religioso
les da poder sobre los colectivos sociales. En una actitud desafiante, Jesús
se enfrenta a este tipo de manejos y los pone en evidencia.
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De manera muy gráfica, Jesús argumenta:
“Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es
lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones
malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios…”
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El debate entre la pureza ritual y la
rectitud moral, entre los ritos externos y una auténtica espiritualidad, nos
invita a revisar nuestra comprensión de la religión y la forma como la
ponemos en práctica como católicos:
o
Por una parte, está la actitud extrema de
los fariseos para quienes la religión consistía en ayunos, en rezos, en
baños rituales, en cumplir con unos protocolos sociales.
o
Ahora bien, el rechazo de una religiosidad
identificada con los formalismos y las prácticas rituales nos puede llevar
al otro extremo, que consiste en una comprensión de la religión como un
hecho absolutamente íntimo, que se vive dentro del encierro de una absoluta
privacidad.
o
Ninguna de estas dos posiciones extremas es
sana; rechazamos por igual una religión que se queda en los ritos y
rechazamos una religión exclusivamente íntima que se agota en el ámbito
privado y no se proyecta hacia los demás.
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La segunda lectura de este domingo, tomada
del apóstol Santiago, nos traza la ruta de una auténtica experiencia
religiosa:
o
El comienzo de la experiencia religiosa se
da en las profundidades de la conciencia, cuando nuestro YO recóndito se
pone en contacto con la Palabra de Dios, que se comunica de múltiples
maneras (a través de personas, situaciones de la vida, la Biblia, la
naturaleza) Sobre este punto, escribe el apóstol Santiago: “Acepten
dócilmente la palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de
salvarlos”
o
A continuación, el apóstol Santiago nos
pone en guardia contra la tentación de dejar encerrada esa palabra en
nuestro interior. Esa palabra de Dios debe salir para generar
transformaciones y para ser principio de vida. Nos dice Santiago: “Pongan en
práctica esa palabra y no se limiten a escucharla, engañándose a ustedes
mismos”
o
Para ser auténtica, la fe conduce a un
compromiso; de lo contrario, es una farsa. Dice Santiago: “La religión pura
e intachable a los ojos de Dios Padre consiste en visitar a los huérfanos y
a las viudas en sus tribulaciones, y en guardarse de este mundo corrompido.
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Es hora de terminar nuestra meditación
dominical. El evangelio de hoy, mediante el contraste entre lo puro y lo
impuro, nos lleva a reflexionar sobre un tema de fondo: las expresiones
negativas y positivas de la religión. Es negativa una religión que se limita
a cumplir con unos formalismos vacíos; también es negativa una religión que
se queda encerrada en el santuario de la conciencia individual. La
experiencia religiosa inaugurada por Jesús se inicia con un encuentro
transformador con la Palabra de Dios en la intimidad del corazón y conduce a
actuar en amor, justicia y solidaridad.
jpelaez@javerianacali.edu.co |