|
ü
Lecturas:
o
Éxodo 3, 1-8.
13-15
o
I Carta de San
Pablo a los Corintios 10, 1-6. 10-12
o
Lucas 13, 1-9
ü
El evangelio de
este domingo nos trae la parábola de la higuera estéril, en la cual Jesús,
mediante un lenguaje enérgico, nos pide introducir drásticas modificaciones
en nuestro modo de vivir.
ü
Para poder
comprender su significado teológico, conviene empezar por una experiencia
humana. Se trata de la experiencia, bastante frecuente, de pedir “una última
oportunidad”; recordemos algunas situaciones particulares:
o
Empecemos por los
estudiantes universitarios que descuidan sus estudios y al final del
semestre los resultados académicos son desastrosos: perdieron varias
materias, su promedio de notas es lamentable; y las directivas
universitarias tienen la obligación de aplicar el reglamento, y les
comunican que han quedado excluidos. ¿Qué sigue? Lágrimas, promesas y la
consabida petición, “denme la última oportunidad”.
o
Pasemos a un
segundo escenario, el de las empresas. La Dirección de Recursos Humanos hace
la evaluación anual de los empleados y quedan en evidencia los mediocres. En
aquellos casos en los que se constata un bajo rendimiento, se decide
cancelarles el contrato de trabajo. ¿Qué sigue? Llanto, promesas de llegar
puntuales, hablar menos por teléfono y cumplir responsablemente sus tareas y
la consabida petición de tener “la última oportunidad”.
o
El mismo guión se
repite en las parejas cuyo conflicto ha llegado al límite y es inminente la
ruptura definitiva; surge, entonces, la inevitable petición: “démonos la
última oportunidad”.
ü
Estas escenas de
la vida cotidiana nos sirven de contexto para comprender el significado
teológico de la parábola de la higuera estéril:
o
“Un hombre tenía
una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró.
Dijo entonces al viñador: Mira, durante tres años seguidos he venido a
buscar higos y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra
inútilmente? El viñador le contestó: Señor, déjala todavía este año; voy a
aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no,
el año que viene la cortaré”.
o
El lenguaje de
Jesús refleja las condiciones de la sociedad de su época, cuya economía
giraba alrededor de las actividades del campo. Esta parábola plantea un
problema de fondo, que nuestra sociedad expresaría en términos de
productividad, indicadores de gestión, rendición de cuentas…
o
Cada uno de
nosotros ha recibido un capital inicial de cualidades y oportunidades; a
cada uno de nosotros ha sido asignada una misión (como miembros de familia,
como ciudadanos, como partícipes de la comunidad eclesial); y a cada uno de
nosotros se nos ha otorgado una parcela de tiempo (40 años de vida, quizás
50, tal vez 70 años)
o
Utilizando el
lenguaje campesino de la parábola, seremos juzgados por los frutos que
demos; en términos más actuales, podemos hablar de una evaluación por
resultados; tendremos que responder ante el tribunal de la conciencia, ante
la sociedad y ante Dios por la administración de nuestras cualidades y el
cumplimiento de nuestras responsabilidades.
ü
¿Cuáles son los
indicadores que serán tenidos en cuenta para esta evaluación definitiva de
nuestras vidas?
o
No seremos
evaluados por los cargos desempeñados o por la declaración de renta. El test
que nos será aplicado versa sobre los valores puestos en práctica: el amor a
la familia, la solidaridad con los pobres, la justicia en las relaciones con
los demás, la ética profesional, el sentido de ciudadanía, la confianza en
Dios, la práctica religiosa.
o
Los valores que
hayamos puesto en práctica dirán si nuestra vida ha tenido un sentido o si –
en palabras de la parábola de hoy – hemos ocupado inútilmente la tierra.
ü
Dentro de este
contexto de rendición de cuentas, quisiera decir una palabra sobre el
Sacramento de la Reconciliación, llamado coloquialmente “confesión”:
o
Muchas personas
dicen, de manera pintoresca, “no sé de qué confesarme pues no he matado a
nadie, no he robado, no he sido secuestrador”
o
Sin embargo, si
nosotros aplicamos los exigentes procesos de calidad que conducen a la
certificación de una empresa o a la acreditación de un programa académico,
tendremos que reconocer que siempre es posible mejorar como miembros de
familia, como ciudadanos, como creyentes.
o
Pues bien, el
Sacramento de la Reconciliación – mejor conocido como Confesión – es la
oportunidad que nos ofrece la Iglesia para hacer un alto en el camino,
evaluar los resultados y hacer un plan de mejoramiento.
ü
Es hora de
terminar nuestra meditación dominical sobre la parábola de la higuera
estéril. Aprovechemos el tiempo de Cuaresma para hacer un corte de cuentas y
revisar nuestros indicadores de crecimiento personal. Y hagamos este proceso
dentro de un contexto de fe acercándonos al Sacramento de la Reconciliación.
jpelaez@javerianacali.edu.co |