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Noticias de la Provincia

Revista Mensual de la Provincia Colombiana
de la Compañía de Jesús

Abril, 2004


EDITORIAL

La cultura de la corrección fraterna

A los jesuitas nos parece normal que, durante la formación, el superior correspondiente se acerque a nosotros y nos haga caer en cuenta que ciertas actitudes o formas de comportamiento no corresponden a nuestra experiencia cristiana o a nuestro modo de proceder como jesuitas. Otra cosa es que dicha observación sea acogida, surta su efecto y produzca las transformaciones esperadas.

Sin embargo, una vez concluido el tiempo de la formación, perdemos esta disposición de escuchar lo que otros piensan sobre nuestra manera de proceder. Aún más, vamos adquiriendo una cierta convicción en torno a la corrección de nuestra manera de actuar y no es raro que nos blindemos ante cualquier comentario crítico que nos señale errores no conscientes o deficiencias personales con las cuales hemos pactado. Además, insensiblemente, esperamos y nos acostumbramos a la alabanza de quienes son nuestros amigos o beneficiarios de nuestro trabajo apostólico.

Además, frecuentemente, nuestro agudo sentido crítico nos permite captar limitaciones en la forma de proceder de nuestros compañeros y superiores. No es raro, no obstante, que estas observaciones críticas se hagan a otras personas, jesuitas o no, y no se hagan a la persona en cuestión.

No apenas por el espíritu de conversión permanente que debe vivir todo cristiano, sino por la dinámica de crecimiento espiritual que hemos de vivir como jesuitas en el seguimiento de Jesús, y en la búsqueda del Deus semper maior que nos propone San Ignacio en los Ejercicios, bien vale la pena buscar cómo hacer connatural a nuestra convivencia comunitaria, la cultura de la corrección fraterna, como una forma privilegiada de ayudarnos mutuamente al progreso humano y espiritual. La formación antigua había instituido en este horizonte el llamado “ejercicio de culpas”.

Vivir la cultura del principio evangélico de la corrección fraterna implica una honda transformación personal de doble vía. Por un lado, ganar una mirada comprensiva, amorosa, respetuosa y amigable del otro, y además ser capaces de superar una deficiente comprensión de la franqueza o la sinceridad, para expresar con respeto, y en el momento apropiado, nuestra apreciación sobre su comportamiento equivocado. Por otro lado, se requiere también la disposición de apertura para asumir o acoger con serena humildad, sencillez y libertad los comentarios que, en los otros, genera nuestra forma de ser o de actuar.

Semejante cultura es un ideal y quizás una utopía. Pero, podemos como religiosos eximirnos de crecer en madurez humana y espiritual? ¿Cómo avanzar en este camino? ¿Cómo ayudarnos mutuamente a descubrir los vacíos y los efectos no deseados de nuestra forma de ser? ¿En eso no tienen un papel irremplazable nuestros hermanos en la comunidad?


Gabriel Ignacio Rodríguez, S.J.
Provincial



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