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Noticias de la Provincia Revista Mensual de la Provincia Colombiana |
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EDITORIAL Es el momento de orar por la Iglesia Juan Pablo II nos ha dejado el inmenso legado de un amplio, impactante y denso pontificado. El sentimiento que nos acompaña en esta hora es el de la admiración por su testimonio de fidelidad y entrega, sin vacilaciones ni ambigüedades, hasta la muerte, en el servicio que el Señor colocó entre sus manos. Juan Pablo II deja a toda la humanidad la lección de una vida enteramente consagrada a servir a Jesucristo, a la expansión del Evangelio y al fortalecimiento de la Iglesia, a la defensa de la vida humana, de la paz en el mundo, de la justicia y del amor preferencial por los pobres. Nuestra actitud, en esta hora, como creyentes y como hombres enteramente consagrados al seguimiento del Señor en la Compañía de Jesús, no debe ser otra, tanto en privado como en público a través de la animación litúrgica, que la de la acción de gracias y la de la oración a Dios por Juan Pablo II, por la Iglesia en su totalidad y por el mundo entero que vuelve sus ojos hacia Roma, sea para acompañar las exequias del Papa o para esperar la elección de su sucesor. Durante un mes o más, todos los medios de comunicación ayudarán al mundo entero, y no sólo al mundo occidental, a concentrar su atención sobre los acontecimientos que se desarrollarán en la Iglesia Católica, y, en particular, en la Santa Sede. Bien vale la pena orar para que éste sea un momento eclesial de evangelización; para que la Iglesia dé ante el mundo, a través de todos sus miembros, un auténtico testimonio de espiritualidad, de unidad, de comunión, de solidaridad y de esperanza. Es también un momento de oración para pedir la acción del Espíritu Santo sobre cada uno de los miembros del Colegio Cardenalicio. Ellos tienen la delicada misión de discernir y elegir quién debe asumir la sucesión, en la Iglesia, del ministerio que adelantó el apóstol Pedro. Es el momento para colocar, ante el Señor, nuestros anhelos de tener un Pontífice capaz de conservar la unidad de la Iglesia, de alentar y liderar los procesos de evangelización que requiere el mundo actual, que es poseedor de una cultura en gran parte hedonista, consumista y ansiosa de avances tecnológicos, pero descuidada en la protección de la vida, la búsqueda de la justicia y de la paz e indiferente ante la suerte de los pobres. La Iglesia Católica, en el presente y en el futuro, tendrá que enfrentar desafíos inmensos para ser “sal y luz” de la tierra. Urge pues presentar al Señor, en la oración, los sueños y los anhelos que habitan nuestro corazón de creyentes y de hombres enviados en misión apostólica, en la Compañía de Jesús. Es la hora de revivir lo mejor de nuestros sentimientos de fe y esperanza, de sentido eclesial y de servicio a la “vera sposa de Cristo”, que es la Iglesia, y a quien la preside en nombre del Señor, el Santo Padre. San Ignacio quiso distinguir la Compañía por un servicio incondicional a la Iglesia jerárquica y, en particular, al Santo Padre. Estos sentimientos fueron tan hondos en Ignacio y sus primeros compañeros que determinaron su seguimiento del Señor. Aún más, conscientes de la importancia de este rasgo de nuestra vocación, se dispusieron, mediante “voto” solemne, a servir al Papa, en las misiones que éste quisiera confiarle a la Compañía y ello en una época no menos convulsionada que la nuestra, en horizontes ideo-religiosos.
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