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Noticias Mensuales Revista Mensual de la Provincia Colombiana |
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"¿Nuestro liderazgo lo mueve el amor y es ignaciano?" Mucho se ha dicho recientemente sobre el liderazgo al estilo de los Jesuitas. No repito aquí lo escrito por Chris Lowney en su conocida obra o por diversos autores. Quiero ofrecer consideraciones, a mi juicio, vitales para la reflexión, la oración o el examen. Me dirijo a todos los jesuitas sin excepción. Todos ejercemos algún tipo de liderazgo en nuestra acción apostólica en medio de los hombres y mujeres de hoy, aunque esto es particularmente cierto en el caso de quienes han recibido el encargo de ser Superiores, Ministros, Ecónomos, Directores o Subdirectores de Obra. Quien por misión ejerce un liderazgo en la Compañía tendrá que tomar decisiones que van a afectar a un grupo humano, sea éste una comunidad o un equipo de personas que integran la obra apostólica. Salvo en las Congregaciones Generales y en las Provinciales -que de por sí son situaciones excepcionales en la vida ordinaria de la Compañía y que están sometidas a una rigurosa reglamentación-, la toma de decisiones entre los jesuitas no se da por mayoría de votos. Superiores, Ministros, Ecónomos, Directores o subdirectores de Obra tienen la responsabilidad de tomar decisiones, habiendo escuchado el parecer de las consultas de casa, o de sus consejos en las obras apostólicas, y discerniendo siempre, en el Señor, la conveniencia de tales decisiones según “situaciones, lugares y personas”. Ese liderazgo, o gobierno, que se ejerce por misión apostólica, si quiere ser evangélico e ignaciano, debe ser portador de amor en su contenido y en su forma. Debe reflejar aprecio, valoración y estima por las personas que conforman el grupo humano que se lidera. Su horizonte fundamental tiene que ser el respeto, la consideración de la dignidad de cada persona y debe que ser orientado por el deseo de que cada uno crezca en la plenitud de sus posibilidades, sin que ello afecte el bien más universal. Ejercer un liderazgo evangélico e ignaciano no puede ser simplemente mandar o expresar reiterativamente la propia autoridad. Tampoco puede ser tomar decisiones autocráticamente, es decir, en solitario, esperando que los demás las acepten y ejecuten. Menos aún, elevar el tono de voz por encima de la voz de los demás, o expresarse irónicamente para acallar pareceres diversos. Un liderazgo movido por el amor destierra de sí gestos o palabras amenazantes, actitudes impositivas e intimidaciones. El liderazgo ignaciano y evangélico implica no apenas “oír” sino ante todo “escuchar”. La diferencia entre ambas actitudes reposa en el examen ponderado de las razones y pareceres de los miembros de un equipo de trabajo para el enriquecimiento de la toma de decisiones. La escucha demanda la capacidad de recibir la representación de nuevas consideraciones sobre una decisión. Sin embargo, no hay que equivocarse. Pensar que sólo se es escuchado cuando se toma una decisión que acoge mi punto de vista es un error. Un examen sobre el tipo de liderazgo que ejercemos, a la luz de las anteriores consideraciones, ayudará no poco a dar credibilidad a la Buena Noticia de Jesucristo que nos hemos propuesto comunicar con nuestra vida, palabras e instituciones.
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