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Sentir
y Cumplir Celebrar
la fiesta de Ignacio de Loyola, el 31 de julio, significa
reconocer la grandeza personal de quien, con sus actos y
palabras, enriqueció la modernidad occidental con una
herencia valiosa que sigue ofreciendo frutos de bienestar
espiritual y social. Evocar su nombre revela interés por
asumir su legado que no es otra cosa que un modo de proceder. El
modo de proceder ignaciano es un regalo del Espíritu a la
Iglesia. Por él, Ignacio quiso servir a Dios, de tal modo que
“su santa voluntad sintamos y en todo enteramente la
cumplamos”. Sentir
y cumplir son verbos inseparables en su vida. Ellos
configuran un modo de vivir. De un lado, Ignacio quiere
“sentir” cuál es la voluntad de Dios y para lograrlo auténticamente
busca la familiaridad con Dios, el ordenamiento de los
propios afectos hasta llegar a la indiferencia, el
conocimiento de Jesús, y el discernimiento de las mociones
del corazón, para acoger las del buen Espíritu. Por otro
lado, quiere “cumplir” la voluntad de Dios enteramente y
anima a poner los medios para ponerla en práctica, no de
cualquier manera, sino buscando y eligiendo los que “más”
y “mejor” la realizan. Este
modo de proceder es un don que se desea a todos: a jesuitas y
a laicos -hombres y mujeres-
no importa cuál sea su condición de vida, con el propósito
de continuar construyendo en la historia humana el Reino de
Dios, como lo hiciera Jesús. Sin
embargo, Ignacio hace a los jesuitas hace un llamado especial
que está bellamente expresado en su carta sobre la Perfección:
“mirad vuestra vocación cuál sea, y veréis que lo que en
otros no sería poco, lo será en vosotros”. En verdad, los
jesuitas -siendo llamados por vocación (don de Dios) y por
opción (libremente acogido) a seguir a Jesucristo en pobreza,
castidad y obediencia- hemos de vivir plenamente este modo de
proceder, no apenas de modo individual sino como comunidad
apostólica que, en y para el servicio de la Iglesia, realiza
múltiples ministerios y recibe de ella diversas misiones. Sea
en el caso de laicos -hombres o mujeres- o de jesuitas, el
modo de proceder ignaciano es una manera de hacer real, en la
historia presente, el modo de proceder de Jesús. De ahí el
énfasis que coloca Ignacio en pedir la gracia de conocer
internamente al Señor, para más amarlo y servirlo, y, aún,
para más imitarle. Sin duda, su propósito fue vivir a Jesús
“así nuevamente encarnado”. Desde
la vivencia personal de la encarnación, Ignacio enfrentó los
retos que su época presentaba a la fe y así lo plasmó en la
Fórmula del Instituto. No menos nos corresponde a quienes,
hoy, queremos vivir su espiritualidad. Tenemos los retos del
anuncio del Evangelio; los de la pastoral y el crecimiento en
la fe; los de la edificación de la Iglesia; los de la
justicia, la solidaridad y la reconciliación que de la fe
provienen; los de la unión de los desavenidos; los de la
educación de la juventud y los de la atención a los pobres y
excluidos de la sociedad. Ignacio no quiso acometerlos solo;
buscó compañeros. Hacer nuestro este modo de proceder es la
mejor manera de celebrar a San Ignacio.
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