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Noticias Mensuales

Revista Mensual de la Provincia Colombiana
de la Compañía de Jesús

Septiembre, 2005


EDITORIAL
 

¿Qué haría Cristo en mi lugar?

Esta pregunta guió la vida del P. Alberto Hurtado, SJ, jesuita chileno, fallecido prematuramente a sus 51 años,  el 18 de agosto de 1952.  Ella revela la pasión que le permitió contribuir a hacer de su país, un país mejor, más humano y más solidario. Su canonización  es una voz de aliento para nuestro trabajo en Colombia, país atravesado cotidianamente por el dolor de la violencia y los anhelos de desarrollo, justicia y paz.  

Alberto Hurtado fue ante todo un  creyente, un jesuita, un sacerdote y, sobre todo, un educador y un apóstol de todos los sectores sociales: jóvenes, obreros, intelectuales, pobres y alta sociedad. Su labor fue de tanta significación que más de medio siglo después de su muerte, su obra y sus escritos siguen siendo desafiantes y se extienden más allá de las fronteras de su país.  Alberto Hurtado nos enseñó: 

•    La reciedumbre de un jesuita entregado de lleno al seguimiento de Jesucristo, sin buscar su propia voluntad, su querer, amor e interés.

 •    La necesidad de construir la propia vida a través del servicio a los otros, incluso, hasta el desfallecimiento de las propias fuerzas, sin importar la hora, ni el día, ni el momento, puesto que todo instante es bueno para hacerse servidor. 

•    El testimonio de un hombre unido a Dios en todo momento; capaz de buscarlo en la intimidad de la oración a altas horas de la noche, como en las primeras horas de la mañana y de contemplarlo siempre presente en el mundo, especialmente en los excluidos, pudiendo afirmar sin matices que “el pobre es Cristo”. 

•    La persuasión de la imposibilidad ser cristiano en una sociedad donde hay pobreza, injusticia, o marginalidad, permaneciendo pasivos e indiferentes, sin desplegar una vigorosa reflexión y acción destinadas a remediar el sufrimiento de los pobres y los abandonados, porque su sufrimiento es el del Señor: Yo sostengo que cada pobre, cada vago, cada mendigo es Cristo en persona que carga su cruz”. 

•    La inseparable integración entre la defensa y el anuncio de la fe cristiana con la promoción de la justicia y el ejercicio de la solidaridad. 

•    La experiencia de la alegría en la identificación con la suerte de Jesús. Su conocida expresión “contento, Señor, contento…” fue frecuentemente pronunciada tras noches de muy breve descanso, de fatigas acumuladas y con la cruz de la incomprensión de amigos y, a veces, de superiores. 

Su testimonio nos cuestiona, nos desacomoda y nos abre los ojos y el corazón.  Una vez más, el Señor nos interpela y llama a sacudir nuestras inercias para dar más de nosotros mismos y abandonar nuestros intereses y gustos personales. No podemos celebrar su canonización y seguir como siempre. Como él, estamos convocados a vivir, de forma heroica, nuestro seguimiento del Señor y nuestra condición de ciudadanos solidarios con el dolor de quienes sufren el impacto de las múltiples violencias que nos afligen y con los ingentes esfuerzos para propiciar la paz y la reconciliación en Colombia.

 
Gabriel Ignacio Rodríguez, S.J.
Provincial



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