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¿Qué haría Cristo en mi lugar? Esta pregunta guió la vida del P. Alberto Hurtado, SJ, jesuita chileno, fallecido prematuramente a sus 51 años, el 18 de agosto de 1952. Ella revela la pasión que le permitió contribuir a hacer de su país, un país mejor, más humano y más solidario. Su canonización es una voz de aliento para nuestro trabajo en Colombia, país atravesado cotidianamente por el dolor de la violencia y los anhelos de desarrollo, justicia y paz. Alberto Hurtado fue ante todo un creyente, un jesuita, un sacerdote y, sobre todo, un educador y un apóstol de todos los sectores sociales: jóvenes, obreros, intelectuales, pobres y alta sociedad. Su labor fue de tanta significación que más de medio siglo después de su muerte, su obra y sus escritos siguen siendo desafiantes y se extienden más allá de las fronteras de su país. Alberto Hurtado nos enseñó: • La reciedumbre de un jesuita entregado de lleno al seguimiento de Jesucristo, sin buscar su propia voluntad, su querer, amor e interés. • La necesidad de construir la propia vida a través del servicio a los otros, incluso, hasta el desfallecimiento de las propias fuerzas, sin importar la hora, ni el día, ni el momento, puesto que todo instante es bueno para hacerse servidor. • El testimonio de un hombre unido a Dios en todo momento; capaz de buscarlo en la intimidad de la oración a altas horas de la noche, como en las primeras horas de la mañana y de contemplarlo siempre presente en el mundo, especialmente en los excluidos, pudiendo afirmar sin matices que “el pobre es Cristo”. • La persuasión de la imposibilidad ser cristiano en una sociedad donde hay pobreza, injusticia, o marginalidad, permaneciendo pasivos e indiferentes, sin desplegar una vigorosa reflexión y acción destinadas a remediar el sufrimiento de los pobres y los abandonados, porque su sufrimiento es el del Señor: “Yo sostengo que cada pobre, cada vago, cada mendigo es Cristo en persona que carga su cruz”. • La inseparable integración entre la defensa y el anuncio de la fe cristiana con la promoción de la justicia y el ejercicio de la solidaridad. • La experiencia de la alegría en la identificación con la suerte de Jesús. Su conocida expresión “contento, Señor, contento…” fue frecuentemente pronunciada tras noches de muy breve descanso, de fatigas acumuladas y con la cruz de la incomprensión de amigos y, a veces, de superiores. Su testimonio nos cuestiona, nos desacomoda y nos abre los ojos y el corazón. Una vez más, el Señor nos interpela y llama a sacudir nuestras inercias para dar más de nosotros mismos y abandonar nuestros intereses y gustos personales. No podemos celebrar su canonización y seguir como siempre. Como él, estamos convocados a vivir, de forma heroica, nuestro seguimiento del Señor y nuestra condición de ciudadanos solidarios con el dolor de quienes sufren el impacto de las múltiples violencias que nos afligen y con los ingentes esfuerzos para propiciar la paz y la reconciliación en Colombia.
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