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Noticias del Mes

 

Septiembre, 2005

 


In Memoriam

+P. Tomás Lombo Bonilla, S.J.

Nacimiento:  Ibagué, 17 de octubre de 1912.

Ingreso:  Santa Rosa, 17 de julio de 1944.

Votos del Bienio:Santa Rosa, 31 de julio de 1946.

Ordenación: Bogotá,  3 de diciembre de 1954.

Últimos Votos: Santa Rosa, 15 de agosto de 1970.

Muerte: Bogotá, 28 de septiembre de 2005.

 

TÍTULOS UNIVERSITARIOS

Abogado titulado. Universidad El Rosario. 1939.

 

ESTUDIOS EN LA COMPAÑÍA

Juniorado: Santa Rosa,  1946 - 1948.

Filosofía: Chapinero,  1948 - 1950.

Etapa Apostólica: Col. San José, Barranquilla, 1951.

Teología: Chapinero, 1952 -1955.

Tercera Probación: Santa Rosa, 1956.

 

OFICIOS

 1.  Ejercicios Espirituales. Casa de Jesús Redentor y Cristo Rey. Tandas en todo el país. 1957 - 1970.

 2.  Bogotá. Ayudante del Director de la Casa de EE. Cristo Rey. 1971-1972.

 3.  Bogotá. Residencia Canisio. Director Casa de EE. Cristo Rey. 1973 - 1977.

 4.  Bogotá. CIRE. Director Casa de EE. Cristo Rey.

     1977 - 1997.

 5.  Bogotá. Enfermería Chapinero. 1998 -2005.

  

Homilía en las exequias del Padre Tomás Lombo, S.J.

Por encargo del P. Hermann, Superior de nuestra comunidad, y en representación del Centro Ignaciano de Espiritualidad,  quiero decir con mucho cariño y sencillez unas palabras para despedir a nuestro querido Padre Tomás Lombo, a quien el Señor Jesús vino a buscar ayer por la mañana para llevarlo a compartir con él su gloria en el lugar que le había preparado en la Casa del Padre. 

Acabamos de escuchar las palabras de Pablo a los cristianos de Corinto: «somos compañeros de trabajo al servicio de Dios, y ustedes son un campo que Dios cultiva, una casa que Dios construye. Los hombres deben considerarnos como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se pide a un administrador es que sea fiel» (1 Cor 3, 9; 4, 1-2). Pienso que le gustará al Padre Tomás que yo les repita a ustedes en su nombre estas mismas palabras. Porque si pudiéramos expresar en dos frases lo que fue la vida del Padre, nada mejor que decir: un sencillo ministro del Evangelio que nunca quiso el aplauso y que se esforzó por desempeñar su ministerio con exquisita fidelidad a la misión que le confió Jesús. Esa fidelidad marcó toda su vida y como jesuita realizó cumplidamente, en la salud, en la enfermedad y en la muerte, aquella recomendación que nos dejó San Ignacio de Loyola en las Constituciones de la Compañía:

 

«Como en la vida toda, así también en la muerte, y mucho más, debe cada uno de la Compañía esforzarse y    procurar que Dios nuestro Señor sea en él glorificado y servido, y los prójimos edificados, a lo menos del ejemplo de su paciencia y fortaleza, con fe viva, esperanza y amor de los bienes eternos que nos mereció y adquirió Cristo nuestro Señor con los trabajos tan sin comparación alguna de su temporal vida y muerte…y antes de ser privado de su juicio el que está peligroso según el médico, tome los santos sacramentos todos, y se fortalezca para el tránsito de la temporal vida a la eterna con las armas que nos concede la divina liberalidad de Cristo nuestro Señor» [Constituciones, 595].

 

Conservaré siempre el recuerdo agradecido de la entrañable amistad que trabamos él y yo durante treinta y dos años, desde que recibimos juntos en 1973 la bella misión de cofundar el Centro Ignaciano de Espiritualidad de la Provincia, el CIRE, en esta misma casa. Fue así como compartimos una deliciosa familiaridad durante todos esos años, gracias a que él me brindó generosamente su afecto, su simpatía, su aprecio, su alegría, su buen humor. No recuerdo haber tenido una sola vez con él algún momento de diferencia o de disgusto. Siempre que nos encontrábamos me miraba con aquella sonrisa acogedora que es el signo más auténtico de las personas que viven en estrecha unión con el Señor Jesús. Nos comunicábamos con gran espontaneidad y muchas veces también nos confesábamos mutuamente. Aunque he de manifestar que yo dudaba de la validez de mis absoluciones, por no encontrar apenas materia para perdonar. Llegaba con frecuencia a  mi cuarto para compartir conmigo los chocolates y las deliciosas frutas que le regalaban: «mire lo que me trajo una señora que vino a confesarse», me decía; y como le encantaban las bromas y las celebraba con efusión, yo le solía decir: «Padre Lombo, dígale a su amiga que venga a confesarse cada ocho días». 

Hoy, todos los que lo conocimos y los que convivimos con él, venimos a despedirlo con el corazón adolorido por su ausencia sensible pero con la interna alegría y la certeza de pensar que ayer, al encontrarse cara a cara con Jesús, escuchó sus consoladoras palabras: «¡Muy bien, siervo bueno y fiel; ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar de la fiesta de tu señor!» (Mt 25, 21). Y en esta íntima celebración eucarística nos hemos congregado para dar gracias a Dios por la vida de este fiel administrador del Evangelio a quien el Señor enriqueció  con el don de la palabra y de una dedicación infatigable a su ministerio. Podríamos decir que, en cierto modo, en él se encarnó la Palabra del Señor, que la comunicó con el entusiasmo y la  unción propios de su personalidad, a través de los Ejercicios espirituales, centro de su dedicación apostólica, de la administración del sacramento de la reconciliación, de la conducción de innumerables grupos de oración; y así mismo a través de la sencillez de su agradable simpatía en las conversaciones de cada día. 

Aquel extraordinario ministro de la palabra enmudeció por fin un día, y durante ocho penosos años de inmensa dificultad para comunicarse, continuó “predicando sin palabras” al Señor, con el testimonio de su paciencia, de su alegría interior y de su constante fervor. Desde ayer ha venido asaltando mi memoria una preciosa oración del Cardenal Newman: «Déjame predicar tu nombre sin palabras», que quisiera leer en este momento, porque pienso que con este bello texto evocamos nítidamente la figura del Padre Tomás que nos fue dado  frecuentar en estos últimos años… (Ver texto en la página siguiente). 

 ¿No fue acaso esta esplendorosa manera como el Señor dotó de nuevo a su dócil y sufriente instrumento para que continuara predicándonos su nombre? 

La intimidad de esta celebración eucarística me invita a decir unas palabras finales de agradecimiento. Nos cuenta San Lucas que Jesús tuvo, junto con sus discípulos, un grupo de dedicadas mujeres que lo acompañaban por muchos pueblos y aldeas y les ayudaban con lo que tenían (Lc 8, 1-3). De una de ellas, María, la hermana de Marta y de Lázaro, hizo Jesús un hermoso elogio en la cena de Betania cuando María trajo un perfume de nardo puro muy costoso y perfumó sus pies: «esta mujer ha hecho una obra buena, se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura.  Les aseguro que en cualquier lugar del mundo donde se anuncie la buena noticia, se hablará también de lo que hizo esta mujer, y así será recordada» (Ver Mt 26, 1-13; Mc 14, 3-9; Jn 12, 1-8). Durante los ocho años de su enfermedad, Leonor, a ejemplo del buen samaritano,  consagró su vida a cuidar de quien desde muchos años antes había sido para ella un incomparable pastor. A ella le hemos expresado toda nuestra admiración y nuestra especial gratitud. Pero personalmente me atrevo a añadir que en adelante cada vez que conversemos del inolvidable Padre Tomás en nuestras conversaciones familiares, lo que hizo Leonor con él  también será recordado. Y juntamente quiero manifestar nuestra gratitud a los médicos y a las enfermeras y colaboradoras de la enfermería, que durante estos largos años cuidaron de él  y lo alimentaron con tanto esmero, paciencia y competencia; a los sacerdotes, religiosas y todas las personas que acompañaron su via crucis con su constante cariño y oración. 

Querido, Padre Tomás: Dios Padre que te concedió la vida, te acoja en su casa; Jesucristo que te demostró su amor entregando su vida por ti, te de la vida eterna; el Espíritu Santo que te movió con su unción durante tu vida, te colme ahora con la plenitud de su consolación.  Nuestra Señora, la Virgen Madre, a quien tanto quisiste y suplicaste, con su esposo San José, te haya acogido con su ternura maternal.  

«Clame Miguel, el poderoso príncipe:  

“¿Quién como tú, mi Dios, Jesús humilde?

Al pecado de los hombres descendiste y hoy el Padre te signa y te bendice”;

diga Gabriel, el que anunció a María:

“¡Exulta, el Santo vencedor es tu Mesías! Nadie podrá dar muerte a tu alegría”; proclame Rafael, el peregrino:  

“¡Glorifica conmigo a aquel que dijo:

Yo soy la luz del mundo y el camino!

¡Bendecidle, que el viaje está cumplido”.

 

Y todos los santos ángeles que fueron fieles guardianes de tu vida sobre la tierra, te hayan conducido gozosa-mente a la presencia del Señor.  Entra en el lugar de la paz y la alegría y que tu morada esté siempre con tu Dios. 

Amén.

 

(Lecturas: 1 Co 3, 5-9; 4, 1-5 [de un administrador se pide que sea fiel];  Salmo 122 [¡Qué alegría cuando me dijeron…!];  Jn 1, 45-51 [Felipe y Natanael])

 

Déjame predicar tu Nombre sin palabras

Jesús mío, ayúdame a esparcir tu fragancia donde quiera que vaya; inunda mi alma con tu espíritu y tu vida; penetra todo mi ser y toma de él posesión de tal manera que mi vida no sea en adelante sino una irradiación de la tuya. 

Quédate en mi corazón en una unión tan íntima, que las personas que tengan contacto conmigo, puedan sentir en mí tu presencia; y que al mirarme,  piensen en Ti.    

Quédate conmigo; así podré convertirme en luz para los otros. Esa luz, oh Jesús, vendrá toda de Ti; te serviré apenas de instrumento para que Tú ilumines a las personas a través de mí. 

Déjame alabarte en la forma que te es más agradable, llevando mi lámpara encendida para disipar las sombras en el camino de otras personas. 

Déjame predicar tu nombre sin palabras...con mi ejemplo, con tu fuerza de atracción y tu ternura, con la sobrenatural influencia de mis obras, con la fuerza incontenible del amor que mi corazón siente por Ti. 

Cardenal John Henry Newman

Siervo de Dios

 

CONDOLENCIAS

 

Bogotá, septiembre 29 de 2005

 

Reverendo Padre

GABRIEL IGNACIO RODRÍGUEZ

Provincial de la Compañía de Jesús en Colombia

La Ciudad

 

Reverendo Padre Rodríguez,

 

En estos momentos de profundo dolor por la pérdida del Padre Tomás Lombo, respetuosamente presento a usted mis sinceras condolencias y me uno a sus oraciones por el eterno descanso de su alma. 

Tuve el privilegio de contar con la amistad del Padre Tomás y comparto plenamente el vacío y la tristeza que su partida ha dejado en todos nosotros. De igual manera me siento afortunado de haber compartido así sea en una pequeña parte, la vida plena de comprensión, amor a Dios y respeto por sus semejantes que le caracterizaron. En un mundo que cada vez exige más fortaleza, el Padre Tomás nos dio ejemplo de vida. 

Le pido a Dios que al tener al Padre Tomás a su lado, por intermedio suyo siga escuchando nuestras súplicas.

 

Cordialmente,

 

Hernando Monroy Gutiérrez

 

* * *

 

Bogotá, 30 de septiembre de 2005

 

Reverendo Padre

Gabriel Ignacio Rodríguez T.

Bogotá, D.C.

 

Muy respetado Padre Provincial:

 

Hemos registrado, con profundo pesar, el fallecimiento del Padre Tomás Lombo Bonilla S.J. quien era seguramente el más antiguo de los egresados de este Colegio Mayor en el cual obtuvo los títulos de Bachiller en Filosofía y Letras y de Doctor en Jurisprudencia. Igualmente dictó la Cátedra de Lógica y sirvió al Claustro como Secretario Auxiliar. 

El Presidente de la República de la época, doctor Enrique Olaya Herrera, en su calidad de Patrono del Claustro, designó, mediante Decreto 386 del 2 de marzo de 1932, a Tomás Lombo como Colegial Mayor, distinguiéndolo así por sus altas calidades morales y de conducta, además de su excelente rendimiento académico. Nuestro inolvidable Rector Monseñor José Vicente Castro Silva fue su padrino en la solemne ceremonia de Consagración de Colegiales en la cual se le entregó la Cruz de Calatrava. 

Por su conducto, Padre Rodríguez, queremos compartir con todos los miembros de su Orden nuestro sentimiento de condolencia por este deceso que nos priva de un miembro muy apreciado de nuestra Comunidad Rosarista, de la cual había llegado a ser Decano.

 

Reciba nuestro más atento saludo,

 

Hans-Peter Knudsen Q.

Rector Universidad

Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario

 

* * *

 

Bogotá, 4 de octubre de 2005

 

M.R.P.

Gabriel Ignacio Rodríguez T.

Bogotá, D.C.

 

Estimado Padre Gabriel Ignacio:

 

La muerte del querido Padre Tomás Lombo Bonilla S.J. nos ha causado a todos un hondo pesar. Quiero por ello expresarle mis más sentidas condolencias y por su medio a toda la Provincia Religiosa. 

Lamento la pérdida que representa para la Compañía de Jesús la desaparición de un miembro tan destacado de ella y a la vez considero que el P. Tomás completó una vida llena de méritos en la obra de evangelización dentro de nuestra sociedad.

Por ello no quiero dejar pasar este este momento sin destacar los frutos de este gran sacerdote del Señor que ejerció su ministerio al servicio de las almas. En su ministerio de predicador de retiros fue grande el bien que hizo entre el clero, los religiosos y los laicos. Son muchos los que lo recuerdan con adminración por el provecho espiritual que recibieron. 

A la vez que le presento mi cordial saludo en el Señor y en el sentimiento de pesar por esta muerte, quiero reiterarme de V.R. servidor en Cristo incondicional.

 

Olavio López Duque. o.a.r.

Vicario de Religiosos de la Arquidiócesis

 

* * *

 

Homilía (Lc 7, 1-10) - Inicio del año curial

P. Peter-Hans Kolvenbach, S.J. Roma, Curia Generalicia,  12 septiembre 2005

 

En el evangelio que el Señor nos ofrece en este día de inicio del año de labores en la Curia General, parece que el evangelista de la misericordia de Cristo que es san Lucas nos comunica el camino de su fe, tan semejante al nuestro, ya que, como nosotros, Lucas no vio al Señor, y sin embargo creyó. Los personajes de este evangelio están todos en conflicto los unos con los otros, pero, como suele suceder, son las calamidades las que obligan a los seres humanos a olvidar las mutuas desavenencias y a unirse. Ahí está el militar de alto rango, representante de la fuerza de ocupación enemiga de la tierra santa que se pone de acuerdo con los judíos al tener que pedirles un servicio con respecto a Jesús, el cual no inspira sino un odio creciente entre los sacerdotes de su pueblo. Todo el acuerdo se logra por causa de un siervo moribundo del centurión romano. El joven vivirá, pero en ausencia de Jesús, quien, a su vez, está sin duda deseoso de encontrar al siervo y al jefe militar. Solo cuando este oficial romano se da cuenta de la disponibilidad de Jesús, se siente embargado de un sentimiento de estupor frente al misterio de quien afronta la vida y la muerte. “Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo… pero mándalo de palabra y mi criado quedará sano”.

Todavía hoy la Iglesia pone en nuestros labios las palabras del centurión porque, como nos recuerda Juan Pablo II, se trata de un estupor que debe invadir siempre a la Iglesia cuando se recoge a la celebración eucarística, misterio de la muerte de Cristo y de la vida del cristiano. Sin este estupor, no hay fe en Cristo. Este estupor también debe impregnar el trabajo de la Curia. Un trabajo que parece administración, gestión y dirección, pero que sirve al Reino de Dios animando y ayudando a los compañeros en todo el mundo para que ellos, a su vez, ayuden a tantos hombres y mujeres en el mundo para que encuentren a Aquel que es su vida para siempre. 

Aparece también en el evangelio de hoy la importancia de las mediaciones. Lejos de querer y poder encontrarse con Jesús cara a cara, el comandante romano cree en las mediaciones: mediación de los judíos ancianos, mediadores entre el Señor y el pagano, mediación de la sola palabra de Jesús que dice solamente una palabra y el siervo queda sano: una palabra de vida, suplicada por el centurión, transmitida por Israel, con el fin de que el moribundo viva. 

Cada uno en la Curia, cada uno en su propia responsabilidad, está llamado a ser mediador entre el Señor de la viña y todos sus hermanos que trabajan por la mayor gloria de Dios. 

Finalmente Jesús da una respuesta al estupor del jefe militar con su propio estupor por la admiración que le causa la fe de aquel hombre. Sin duda esa fe en la palabra de Jesús está marcada por su propia experiencia de oficial subalterno. El cree en la eficacia de su palabra cuando da una orden: es la vida para quien la obedece, el castigo para quien la rechaza. También nosotros reconocemos que la fecundidad de nuestro trabajo procede de una palabra de Vida del Señor: manda con una palabra tuya y tu siervo será capaz de servir con fruto en tu viña. 

Este acontecimiento, este misterio de la vida de Cristo, que Lucas nos transmite hoy, nos impulsa, en el inicio del año curial, a dejar que el Señor obre con su palabra de vida y a ser, con estupor, mediadores, servidores de su misión, de su misión pascual. Porque, en el fondo, todos los mencionados personajes del evangelio se atreven a creer que Dios es la única fuente de vida. Todos se atreven a creer que la muerte no tiene la última palabra. En nuestro diálogo y en nuestra correspondencia, en las noticias y en la actuación diaria, la muerte está allí presente y el hombre no es cómplice voluntario de su terrorismo y de su odio, de la crítica destructiva y del obrar suicida bajo cualquier punto de vista.  

El evangelio de hoy anuncia ya el mensaje pascual - tener la osadía de luchar contra todas las fuerzas de la muerte: es el mismo Resucitado quien, ausente de nuestra tierra, nos da la vida y la fuerza de creer en las mediaciones – el diálogo y su palabra – superando nuestras barreras religiosas y culturales, hasta el momento de darse a si mismo en el pan de Vida.

 

Señor de todo lo creado que has puesto bajo tu poder los años, los tiempos y los instantes: bendice con tu bondad la corona del nuevo año, conservando en la paz a tus servidores y a tu Compañía por intercesión de la Madre de Dios de quien la Iglesia celebra hoy la fiesta de su nombre. Señor: yo no soy digno, pero di una sola palabra de Vida y será la Pascua.

 

V Simposio sobre Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola

 

El problema del mal en la Primera Semana

 

Bogotá, 14 y 15 de octubre de 2005

 

Justificación

 

Cuando San Ignacio de Loyola quiso formular el objetivo último de los Ejercicios Espirituales que él mismo había experimentado como camino de liberación interior, describió así la propuesta: «quitar de sí todas las afecciones desordenadas y, después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina» (Ejercicios Espirituales 1). Esto significa que no es posible, desde este planteamiento, buscar y hallar la voluntad de Dios, sin eliminar el mal que bloquea la acción de Dios en la persona. Lo que conocemos como la ‘Primera Semana’, es un cuidadoso procedimiento para eliminar el mal y posibilitar la búsqueda de la voluntad de Dios. Pero qué significa el mal, o qué es lo que queremos eliminar, es el problema que queremos abordar en este V Simposio. 

Gilles Cusson, conocido especialista en la espiritualidad ignaciana, escribió un artículo titulado: “La integración del problema del mal (Primera semana)”. En él, destaca la complejidad que subyace al problema del mal en los Ejercicios Espirituales. Tratando de clarificar el tratamiento del mal que hace San Ignacio en la Primera Semana de los Ejercicios Espirituales, Cusson afirma lo siguiente: «Efectivamente, se trata tanto del mal físico u ontológico, que no presenta ninguna inmediata relación con la libertad humana, como del mal moral, que el hombre puede provocar dentro de todo el campo al que se extiende su propia libertad: hablamos, pues, del mal sufrido y del mal causado, siempre según la distinción que acabamos de indicar sumaria- mente. El mutuo parentesco entre ambas realidades no hay que situarlo a nivel de algún tipo de responsabilidad o culpabilidad, sino, como antes insinuábamos, al de una manifestación de nuestros límites, de nuestra pobreza, tanto en el ámbito universal, en el social y en el colectivo, como en el de cada persona singularmente tomada. Pero lo cierto es que llamamos MAL al conjunto de toda esa compleja realidad, prescindiendo, la mayoría de las veces, de cualquier valoración desde el ángulo de la responsabilidad: haya o no culpabilidad o sea cual sea                 su grado, el mal sufrido viene sumarse al mal causado, engrosando esta realidad obstáculo que bloquea el trayecto del hombre y retrasa o interrumpe la realización de un mundo cuya finalidad se revela, en la fe, completamente positiva. Y algunas de estas limitaciones, por su carácter más radical o irremediable por ejemplo, el progresivo deterioro de la vida, la vejez y la muerte llegan a constituir una efectiva negación del proyecto creador, centrado siempre en la vida». 

Necesitamos acercarnos al problema del mal desde diferentes ángulos; para ello, hemos invitado a especialistas en distintas disciplinas, que nos ofrecerán sus reflexiones para clarificar el problema del mal en la Primera Semana de los Ejercicios Espirituales.

 

Objetivo

Enriquecer la labor de laicos(as), sacerdotes, religiosos(as) y jesuitas que acompañan los Ejercicios de San Ignacio de Loyola, ofreciendo una profundización en el estudio  del problema del mal, tal como es tratado en la Primera Semana. Centro Ignaciano de Reflexión y Ejercicios CIRE, Bogotá.

Inversión:     Hasta el 9 de septiembre $90.000.      Desde el 10 de septiembre $100.000.

Convocan:

Pontificia Universidad Javeriana

Centro Pastoral Francisco Javier

Facultad de Teología

Centro Ignaciano de Reflexión y Ejercicios, CIRE

Informes e inscripciones:

Centro Ignaciano de Reflexión y Ejercicios, CIRE

Carrera 10 No. 65-48 Bogotá, D.C., Colombia

Teléfono: 640 50 11 Exts.: 527-528

E-mail: cire@cire.org.co    Página web:  www.cire.org.co

 

Canonización del P. Alberto Hurtado, S.J.

 

El P. Alberto Hurtado, S.J:

Un gran santo para la Compañía en América 

Tomado de «Noticias Venezuela, Compañía de Jesús Nº 446, 1º julio 2005. 

El anuncio de la canonización del      P. Alberto Hurtado el próximo 23 de octubre de 2005 es una gracia de tales proporciones para la Compañía, especialmente en América, que no podemos minimizar sin hacernos responsables de grave omisión ante el pueblo de Dios. A poco que se observe la personalidad del P. Hurtado, encontramos en él una generosa fuente de inspiración en la vivencia de su vocación, en la proyección del magis ignaciano, en la orientación aterrizada de su espiritualidad, en el horizonte social de su actividad, en su figura alentadora y en sus abundantes escritos, como para promover una renovación en nosotros mismos y nuestras comunidades, que alcance a todo el entorno apostólico de nuestras obras. Una gran santo de América, una especie de Pedro Claver para nuestros días, un modelo de jesuita para presentar a todos los públicos especialmente juveniles. El P. Hurtado murió de sólo 51 años (29 de Compañía) y se destacó con grandes trabajos en las principales áreas de acción de la Compañía, con influjo proporcional a su gran vida de fe.

Hoy contamos con este gran compañero glorificado a nivel de Iglesia y Dios nos está diciendo que utilicemos esta palanca con aquel entusiasmo que el mismo P. Hurtado ponía en las cosas.

Además de la humilde acción de gracias por su regalo, será preciso que su magisterio alimente nuestra lectura e ilumine nuestros retiros comunitarios, y que nos proveamos, entre otras iniciativas, de abundante material para su propagación en los diversos ambientes apostólicos.

 

Canonización del P. Alberto Hurtado, S.J.

 

El Padre Provincial de la Compañía de Jesús y la Comunidad Parroquial Padre Alberto Hurtado, S.J.

Invitan a la Eucaristía con motivo de su canonización.

 

Lugar: Templo Parroquial.  Tels.: 233 63 86 - 2 80 41 62

Diag. 1 Sur No. 7B-21 Este.   Barrio El Dorado

Hora: 10:00 a.m.

Día:     23 de octubre de 2005

 

A continuación Acto Cultural en el Colegio Fe y Alegría, Vitelma. (Muy cerca del templo)Día\: 23 de octubre de 2005 a la Eucaristía con motivo de su canonización."

 

 

   
 
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