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Las
Vocaciones a la Compañía:
Un asunto de amor y compromiso
con nuestro pueblo San Ignacio buscó y congregó compañeros para servir al Señor.
Podría decir, osadamente, que ésta fue una de las
características de su carisma: ayudar a otros a conocer el
llamado de Dios para seguir a su Hijo, asumiendo su voluntad,
incluso, con oblaciones de mayor estima y momento, al dejarlo
todo y seguirlo, viviendo la pobreza con Jesús pobre, la
castidad con Jesús enteramente dado a la expansión del Reino
y la obediencia con Jesús fiel a la voluntad de Dios-Padre. La “ayuda a otros”, fin de la Compañía, incluye, pues,
que hombres y mujeres perciban el llamado que Dios les hace a
vivir la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. Son muchos los factores que pueden influir en la dificultad
que experimentamos hoy para que este “don de Dios” sea
acogido.
Vivimos en una sociedad pagana, donde el religioso y el
sacerdote no tienen el prestigio de hace años; las familias
son menos numerosas y viven, en muchos casos, sin una fe firme
y con deterioros graves en su relación; la valorización de
la vocación laical en la Iglesia; la exigencia de una vida
celibataria en una sociedad erotizada y hedonista, etc. Pero la responsabilidad también puede ser nuestra en gran
parte.
Es necesario preguntarnos si nos hacemos visibles como
jesuitas, si nos acercamos a los jóvenes o si estamos
ocupados en nuestras oficinas; si damos testimonio de alegría,
de unidad y respeto mutuo entre jesuitas, entrega y pasión
apostólica; si irradiamos realización personal a través del
servicio a otros y compromiso con las causas que generan una
humanidad mejor y sosiegan el dolor de los que sufren.
En el surgimiento de nuevas vocaciones juega un gran
papel nuestra conversión y nuestra credibilidad. Es a través
de la irradiación personal de nuestro amor por Jesucristo y
el evangelio que otros pueden sentir la inquietud vocacional. No sólo jóvenes pueden
arrastrar a otros jóvenes a inquietarse vocacionalmente.
Todos podemos hacerlo:
tarea primera es la oración por las vocaciones; el testimonio
es el paso a seguir; un
anuncio del Evangelio que suscite compromiso y servicio es el
movimiento siguiente; la invitación al sacerdocio y la vida
religiosa de jóvenes con alto perfil humano y espiritual es
la labor final, en la que, como Ignacio a Javier, es necesario
demandar con términos actuales “¿de qué le sirve al
hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”.
Para dar paso a la respuesta libre, autónoma y
personal. Si entre la multitud de jóvenes a quienes servimos en
nuestras obras apostólicas, universidad, colegios,
parroquias, centros sociales, casas de ejercicios, no surgen
vocaciones, es necesario preguntarnos seriamente por nuestra
capacidad de Evangelizar.
Desde octubre 31, día de la fiesta del santo hermano jesuita,
Alonso Rodríguez, hasta diciembre 3, fecha del santo patrono
de las misiones en la Iglesia, Francisco Javier, vimos un período
de intensa consideración sobre las vocaciones a la Compañía.
En noviembre se anuncian cuántos entrarán al Noviciado el año
siguiente y se celebra la vida heroica y santa de los jesuitas
que nos precedieron: el 3, Ruper Mayer y los difuntos
jesuitas; el 5, todos los santos y beatos de la Compañía; el
13, Estanislao de Kostka, patrono de los novicios; el 14, José
Pignatelli; el 16, los mártires del Paraguay y el asesinato
de los jesuitas de la UCA, en El Salvador; el 26, Juan
Berchmans, patrono de los jesuitas en formación; y en
diciembre 1, Edmundo Campion y compañeros mártires. Es el momento de preguntarnos
¿Qué estoy haciendo yo por la promoción y la búsqueda de
vocaciones a la Compañía de Jesús?
¿Me acerco a los jóvenes para anunciarles el
Evangelio y en este horizonte plantearles si han pensado
alguna vez que Dios los llama a seguir el camino de Jesús, en
la vida religiosa, como jesuitas? ¿Promuevo en ellos el
sentido del compromiso cristiano y su compromiso de servicio a
otros, especialmente a los pobres y a los excluidos de nuestra
sociedad? ¿Hablo de este tema en mis homilías, en mis
escritos, en mis conferencias, en mis diversos ministerios? ¿Me
dejo conocer como jesuita? Ningún jesuita, o ningún laico, hombre o mujer, integrado a
nuestras obras apostólicas y portador en su corazón de la
espiritualidad ignaciana, puede desprenderse de semejante
desafío. Es ante todo un problema de responsabilidad con la
obra apostólica que tenemos entre manos, con el carisma que
el Espíritu del Señor ha regalado a la Iglesia en la Compañía
de Jesús, pero ante todo es una exigencia evangélica al
contemplar la situación que hoy vive el pueblo de Dios, como
lo hiciera y lo sintiera el mismo Jesús, quien, después
de recorrer pueblos y aldeas, al ver a la gente de su pueblo,
“sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y
abatidos, como ovejas que no tienen pastor”. Por eso
manifestó a sus discípulos que la cosecha era mucha y que
los trabajadores muy pocos y los invitó “a orar al dueño
de la viña para
que envíe obreros a su mies”. ¿Nuestro pueblo se encuentra en mejores condiciones hoy? ¿Nos
sentimos interpelados por los mismos sentimientos y actitudes
de Jesús frente a su pueblo?
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