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Noticias Mensuales

Revista Mensual de la Provincia Colombiana
de la Compañía de Jesús

Octubre, 2005


EDITORIAL
 

Las Vocaciones a la Compañía: Un asunto de amor y compromiso con nuestro pueblo

San Ignacio buscó y congregó compañeros para servir al Señor.  Podría decir, osadamente, que ésta fue una de las características de su carisma: ayudar a otros a conocer el llamado de Dios para seguir a su Hijo, asumiendo su voluntad, incluso, con oblaciones de mayor estima y momento, al dejarlo todo y seguirlo, viviendo la pobreza con Jesús pobre, la castidad con Jesús enteramente dado a la expansión del Reino y la obediencia con Jesús fiel a la voluntad de Dios-Padre.  

La “ayuda a otros”, fin de la Compañía, incluye, pues, que hombres y mujeres perciban el llamado que Dios les hace a vivir la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. 

Son muchos los factores que pueden influir en la dificultad que experimentamos hoy para que este “don de Dios” sea acogido.  Vivimos en una sociedad pagana, donde el religioso y el sacerdote no tienen el prestigio de hace años; las familias son menos numerosas y viven, en muchos casos, sin una fe firme y con deterioros graves en su relación; la valorización de la vocación laical en la Iglesia; la exigencia de una vida celibataria en una sociedad erotizada y hedonista, etc.  

Pero la responsabilidad también puede ser nuestra en gran parte. Es necesario preguntarnos si nos hacemos visibles como jesuitas, si nos acercamos a los jóvenes o si estamos ocupados en nuestras oficinas; si damos testimonio de alegría, de unidad y respeto mutuo entre jesuitas, entrega y pasión apostólica; si irradiamos realización personal a través del servicio a otros y compromiso con las causas que generan una humanidad mejor y sosiegan el dolor de los que sufren.  En el surgimiento de nuevas vocaciones juega un gran papel nuestra conversión y nuestra credibilidad. Es a través de la irradiación personal de nuestro amor por Jesucristo y el evangelio que otros pueden sentir la inquietud vocacional.   

No sólo jóvenes  pueden arrastrar a otros jóvenes a inquietarse vocacionalmente. Todos podemos hacerlo: tarea primera es la oración por las vocaciones; el testimonio es el paso a seguir;  un anuncio del Evangelio que suscite compromiso y servicio es el movimiento siguiente; la invitación al sacerdocio y la vida religiosa de jóvenes con alto perfil humano y espiritual es la labor final, en la que, como Ignacio a Javier, es necesario demandar con términos actuales “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”.  Para dar paso a la respuesta libre, autónoma y personal. 

Si entre la multitud de jóvenes a quienes servimos en nuestras obras apostólicas, universidad, colegios, parroquias, centros sociales, casas de ejercicios, no surgen vocaciones, es necesario preguntarnos seriamente por nuestra capacidad de Evangelizar.   

Desde octubre 31, día de la fiesta del santo hermano jesuita, Alonso Rodríguez, hasta diciembre 3, fecha del santo patrono de las misiones en la Iglesia, Francisco Javier, vimos un período de intensa consideración sobre las vocaciones a la Compañía. En noviembre se anuncian cuántos entrarán al Noviciado el año siguiente y se celebra la vida heroica y santa de los jesuitas que nos precedieron: el 3, Ruper Mayer y los difuntos jesuitas; el 5, todos los santos y beatos de la Compañía; el 13, Estanislao de Kostka, patrono de los novicios; el 14, José Pignatelli; el 16, los mártires del Paraguay y el asesinato de los jesuitas de la UCA, en El Salvador; el 26, Juan Berchmans, patrono de los jesuitas en formación; y en diciembre 1, Edmundo Campion y compañeros mártires.  

Es el momento de preguntarnos ¿Qué estoy haciendo yo por la promoción y la búsqueda de vocaciones a la Compañía de Jesús?  ¿Me acerco a los jóvenes para anunciarles el Evangelio y en este horizonte plantearles si han pensado alguna vez que Dios los llama a seguir el camino de Jesús, en la vida religiosa, como jesuitas? ¿Promuevo en ellos el sentido del compromiso cristiano y su compromiso de servicio a otros, especialmente a los pobres y a los excluidos de nuestra sociedad? ¿Hablo de este tema en mis homilías, en mis escritos, en mis conferencias, en mis diversos ministerios? ¿Me dejo conocer como jesuita? 

Ningún jesuita, o ningún laico, hombre o mujer, integrado a nuestras obras apostólicas y portador en su corazón de la espiritualidad ignaciana, puede desprenderse de semejante desafío. Es ante todo un problema de responsabilidad con la obra apostólica que tenemos entre manos, con el carisma que el Espíritu del Señor ha regalado a la Iglesia en la Compañía de Jesús, pero ante todo es una exigencia evangélica al contemplar la situación que hoy vive el pueblo de Dios, como lo hiciera y lo sintiera el mismo Jesús, quien, después de recorrer pueblos y aldeas, al ver a la gente de su pueblo, “sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor”. Por eso manifestó a sus discípulos que la cosecha era mucha y que los trabajadores muy pocos y los invitó “a orar al dueño de la viña  para que envíe obreros a su mies”.  

¿Nuestro pueblo se encuentra en mejores condiciones hoy? ¿Nos sentimos interpelados por los mismos sentimientos y actitudes de Jesús frente a su pueblo?

 
Gabriel Ignacio Rodríguez, S.J.
Provincial



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