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Noticias Mensuales Revista Mensual de la Provincia Colombiana |
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¿Cuál es el cimiento de nuestra opción? Nuestra vocación es comunicar, con testimonio y palabras, en público y en privado, que Dios se ha encarnado y que nos guía hacia la justicia fraterna y la vida en plenitud. Esa dinámica amorosa y salvífica la conduce el Espíritu del Señor. Él es quien, en la Iglesia, y por mediación de la Compañía, nos lleva de un lugar a otro, de una misión a otra, sin que dejen de faltar en ese servicio dificultades y luchas, al interior del propio corazón y en el contexto de la misión. Lo clave en nuestra vocación es encarnar el Evangelio, siguiendo a Jesús y, a su modo, siendo “buena noticia” para los hombres y mujeres de la tierra, ansiosos de sentido y de ganas de vivir, especialmente para los pobres, los desamparados, y los que, por razones diversas, perdieron la esperanza. Nuestra vocación es personal y su vivencia comunitaria. El Señor llama a cada uno por su nombre y nos integra al cuerpo de la Compañía. En ella somos responsables unos de otros. De la calidad de nuestra respuesta depende, en parte, la autenticidad de la entrega de los compañeros. Nos ayudamos unos a otros, conservando la “ecología espiritual y apostólica” que nutre el seguimiento radical de Jesús. Cada jesuita, no obstante, debe responder por su vocación: debe poner todo de sí; su respuesta no puede acomodarse a la mediocridad o al abandono que otros hagan de este camino. Cuando compañeros jesuitas se apartan de este camino sufrimos el impacto de su ausencia y en algunos la vocación puede vacilar. Sin duda, se trata de una purificación para cada uno de nosotros. Al igual que otrora, el Señor pregunta: “¿También vosotros queréis iros?” (Juan 6: 67b). En verdad, la salida temporal o definitiva de compañeros nos obliga a mirar los cimientos de nuestra opción. ¿Por qué y para qué empeñamos la vida de esta manera? ¿Nos mueve un amor exclusivo a Jesús y a su causa? ¿Anhelamos seguirlo y vivir como él, sirviendo a los prójimos, con especial solicitud por los pobres? Si el fundamento de lo que vivimos está en el Señor podremos con razón responder “¿a quién iremos Señor, si tú tienes palabras de vida eterna?”, aunque ello signifique cruz y negación de seductoras posibilidades que la vida y la cultura modernas nos ofrecen. Nuestra opción no surge del apego a una idea. Brota del amor a una persona; es decir, nace del afecto “loco” por Jesucristo, como fue el caso de Ignacio, gracias a una amistad nutrida en el día a día del encuentro con Él, por el diálogo mutuo suscitado en la oración personal, en la celebración Eucarística y en el servicio amable y abnegado a los demás. Sin tal complicidad cotidiana Él y sus preferencias, la vida religiosa pierde sentido. No somos jesuitas para buscar nuestro interés personal. Buscamos servir a Dios, sirviendo a otros, disponiéndonos a ser enviados, despojándonos de nosotros mismos y reduciéndonos a un cuerpo apostólico. A ojos del mundo estamos “perdiendo la vida”. Sin embargo, según el Señor, quien “pierde su vida, por mí y por el Evangelio, la encontrará” y, además, recibirá la inagotable consolación que Él concede a quienes lo siguen con perseverancia, dejando de lado tantas cosas que aparecen en la ruta de la vida “bajo apariencia de bien” pero que terminan alejándonos de la vocación que recibimos como don: reproducir en nosotros la causa, la imagen y la suerte del Señor. Gabriel Ignacio Rodríguez, S.J. | |||
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