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El amor a Jesús y a los pobres en Él Un jesuita es un hombre “en-amor-ado”. Es decir, movido por una pasión que brota de su corazón y que, de manera no siempre lógica, lo impulsa a dedicar su vida a buscar vivamente el objeto de su deseo o anhelo más profundo: seguir a Jesús pobre, casto y obediente y encarnar, como Él lo hiciera, el amor de Dios a la humanidad. En este sentido, el jesuita es un hombre de fe. De allí nace su fuerza y su capacidad para enfrentar todo tipo de misiones y adversidades, sean éstas personales o institucionales. Pero… ¿conocemos al Señor? No se ama lo que no se conoce. Por ello, en los Ejercicios pedimos la gracia del conocimiento interno del Señor, para más amarlo y seguirlo. Quizás, experimentamos es una “verdad sabida”, incluso “domesticada”, cuya memoria ha dejado de inquietarnos y cuestionarnos. Lo que no conocemos, no lo amamos, no podemos defenderlo, proponerlo, anunciarlo y menos encarnarlo. Nuestra vocación es de “en-amor-ados”. Sí. Enamorados de la “ayuda a otros”, de la mayor Gloria de Dios, del mayor servicio y de la construcción del Reinado de Dios en la historia de la humanidad para que cesen los conflictos que la dividen y el sinnúmero de perversiones y espejismos que la destruyen. Ser jesuita, entonces, es hacer una donación de sí mismo, de la propia persona; es una consagración de la propia vida a Dios y a la causa de Jesús. Se trata de un viaje sin retorno por el bien de otros y, en particular, de quienes sufren el impacto de las diversas formas exclusión en la convivencia humana. Jesús nos señaló con su vida y palabras que los pobres eran sus “vicarios” y sus hermanos privilegiados. El Evangelio está impregnado de tal preferencia amorosa y no excluyente de Jesús hacia los pobres, desvalidos, enfermos, excluidos, débiles y pequeños. Nuestra vocación es para “estar con el Señor”, para “trabajar como él”, para “tener sus mismos amigos”, para “tener sus mismos sentimientos” e, incluso, para “correr con su misma suerte”. Nuestra vocación no es de masas. Es de los que se quieren distinguir en el amor y en el servicio, y, en virtud de ello, piden la gracia de para hacer oblaciones de mayor estima y momento. No hay que extrañarse, pues, cuando algunos que han iniciado el camino con nosotros consideran que deben partir hacia otras perspectivas. O su personalidad no era este estilo de vida, o su amor primero por el seguimiento de Jesús en la Compañía, se desdibujó al permitir que otros sueños y amores ocuparan su mente y corazón. Toda partida pone a prueba nuestra fe y nuestra esperanza, y nos deja un vacío enorme, porque la Compañía es, en verdad, un grupo de hermanos y amigos en el Señor. Es necesario darnos con generosidad sin límites a la persona y a la causa de Jesús. No hay que temer: quien se da con generosidad, recibe mucho más de lo que ha dado. Caer en tierra, como la semilla, y dar la propia vida produce abundante fruto. Así lo hemos visto y lo seguimos viendo en tantísimos compañeros que hasta el final de sus días buscaron al Señor y supieron encontrarlo en las necesidades de todos, especialmente en los pobres, y supieron gastar su vida con generosidad para servirlos. Gabriel Ignacio Rodríguez, S.J. | |||
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