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Los invito a leer “Pertinentes del Magdalena Medio” escrito por Francisco de Roux, SJ, en el aparte titulado, “Matar por amor de Dios” en esta edición de NOTICIAS. Su narración es interpelante. ¿Ha fracasado nuestra evangelización? ¿Qué imagen de Dios hemos difundido o tolerado? Su conclusión, nos alerta sobre un peligro que nos asecha a todos: “Esta es la confusión de la conciencia en el límite del absurdo. La profundidad de nuestro propio drama. La oscuridad que nunca se ha enfrentado en serio en Colombia. Por eso hemos dejado pasar muchas cosas. Hemos ido más allá de lo que podía quedarnos de humanidad. Hemos dejado que lo más espantoso se justifique con lo que teníamos de más sagrado”. Esta reflexión surge del contexto de la inicua guerra que vivimos. Sin embargo, lo que deseo señalar es que, por diversas razones y situaciones, todos tenemos la posibilidad de vivir la confusión de la propia conciencia y de hacer mucho mal, auto-justificándonos. Es sobrecogedor percibir que la conciencia, el espacio más íntimo y propio de toda persona, puede perturbarse y perder los parámetros éticos y espirituales que le permiten encontrar y realizar el bien y, por tanto, la voluntad de Dios. La conciencia personal, ciertamente sagrada e inviolable, puede deformarse, confundirse, distorsionarse y por tanto, equivocarse, si permanentemente no la sometemos a la interpelación de los valores que provienen de la entraña del Evangelio: la defensa de la vida, la verdad, la justicia, el amor y el sentido comunitario, entre otros. Toda conciencia centrada en sí misma, sin referencia a los otros es una conciencia que convierte en leyes universales sus propios planteamientos y, por tanto, se absolutiza. San Ignacio, conciente de los engaños de la propia conciencia, a través de racionalizaciones, justificaciones y defensa de los propios intereses, señaló acertadamente que sólo tendremos crecimiento espiritual y, por tanto, ético (en el camino hacia Jesús y con él), en la medida en que nos veamos libres de nuestro propio amor, querer e interés. (EE, n. 189). Justamente, el discernimiento espiritual personal es para descubrir la voluntad de Dios, quitando los autoengaños a que puede verse sometida nuestra conciencia, no rara vez distorsionada en un contexto tan relativista como el actual. Por ello, el discernimiento no puede reducirse al auto-examen de las propias mociones para absolutizar luego sus conclusiones; necesita, por un lado, ser acompañado o sometido a la orientación de un maestro espiritual; y, por otro, necesita ser situado en el contexto de la comunidad en la cual vivo mi vocación humana y cristiana.
Según Ignacio, el discernimiento es auténtico mientras pueda
ser acogido y reconocido por la Iglesia; para el jesuita,
por la Compañía y, en ella, por quien tiene la
responsabilidad de enviarnos en misión. Es decir, el
discernimiento debe ser confirmado por instancias más
amplias que el estrecho marco de la propia conciencia. Ese
es el aporte de las instancias comunitarias que ayudan a
percibir cuál es el bien mayor, porque éste, mientras más
universal es más divino. Gabriel Ignacio Rodríguez, S.J. | |||
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