| Editorial | Noticias del Mes | Noticias Breves | Archivo | | |||
|
Noticias del Mes Octumbre, 2007 |
![]() |
||
|
In Memoriam +Eduardo Ramírez González, S.J. tc "+Eduardo Ramírez González, S.J." Nacimiento: Yolombó, Antioquia. 6 de octubre de 1917. Ingreso: Chapinero, 13 de marzo de 1933. Votos del Bienio: Chapinero, 19 de marzo de 1935. Ordenación: Bogotá, Igl. San Ignacio, 3 de diciembre de 1946. Ultimos Votos: Chapinero, 2 de febrero de 1951. Muerte: Bogotá, 14 de octubre de 2007.
ESTUDIOS EN LA COMPAÑIA Juniorado: Chapinero y Sta. Rosa, 1935 – 1937. Filosofía: Chapinero, 1937 – 1940. Etapa Apostólica: Apostólica y Col. Ortíz, Tunja, 1941 – 1943. Teología: Chapinero, PUJ, 1944 – 1947. Tercera Probación: Santa Rosa, 1948.
ESTUDIOS ESPECIALES 1. Bienio de Teología. PUG. Roma, 1949 - 1950.
OFICIOS 1. Bogotá, Profesor de Teología. Chapinero. 1950 – 1957; 1960 – 1961; 1967 – 1968. 2. Santa Rosa de Viterbo. Maestro de novicios. 1957 – 1960. 3. Bogotá. Vicerrector y luego Rector de Chapinero. 1960 – 1961. 4. Medellín. Viceprovincial y luego Provincial de la Prov. De Occidente. 1961 – 1966. 5. Barrancabermeja. Seminario. Espiritual y Profesor. 1969 – 1971. 6. Medellín. Vic. Parroquial Parroquia María Auxiliadora. 1972 – 1973. 7. Duitama. Vic. Parroquial Parroquia María Auxiliadora. 1974 –19 77; 1980. 8. Pasto. Vic. Parroquial Parroquia Xto. Rey. 1978 – 1979. 9. Belencito, Boyacá. Capellán. 1980. 10. Bogotá. Hospital San Ignacio. Capellán. 1981 – 1983. 11. Residencia Pedro Canisio. Prefecto de Iglesia. 1983 – 1990. 12. Residencia Pedro Canisio. Director Espiritual. 1991 -2007.
Homilía en las Exequias de Eduardo Ramírez S.J. José Ricardo Alvarez B., S.J., Octubre 15 de 2007. Quienes hoy nos reunimos, queremos continuar en esta la celebración de fe y esperanza lo que alegre y muy afectuosamente hemos venido celebrando con el P. Eduardo Ramírez desde hace una semana. El lunes pasado, con profunda emoción presidió la Eucaristía de sus 90 años de edad en la capilla de nuestra comunidad. Sus palabras, capaces de recoger tantos años de fidelidad y entrega a Dios, nos tocaron el corazón. Hace menos de un año, el pasado tres de diciembre con un grupo de personas muy similar, celebraba gozoso sus 60 años de sacerdocio con nosotros. En ambas ocasiones el ambiente festivo se continuó en el almuerzo especial con toda la Comunidad donde Alfonso Jaramillo, resumía en un soneto, la significación que tenía para nosotros, la vida de Eduardo Ramírez. Al día siguiente de la celebración de sus cumpleaños, al final de la tarde, luego de tomada la decisión compleja de la cirugía pendiente, celebré con él el sacramento de la Unción de los Enfermos; con gran devoción, del mismo modo que siempre lo pude ver, se ponía totalmente en las manos de Dios ante el evento de una intervención quirúrgica cuyo resultado esperábamos ayudaría en la calidad de vida. Pero que tenía riesgos. Luego, al día siguiente, cuando lo internamos en el hospital, se despidió pidiendo la bendición y ratificando su deseo de ponerse en manos de Dios, como lo había hecho toda su vida. Cuando en el día de ayer, sintió cercana la muerte, repite la oración de entrega y pide las oraciones de Víctor, que como Ministro de Casa lo había acompañado también en todos los eventos de salud que ocurrieron previos a su última hospitalización. Hoy despedimos a Eduardo, entregándolo al Señor, acompañando su gesto de entregarse a sí mismo durante toda su vida. Y lo hacemos, pidiendo la presencia de María, y de sus hermanos y hermanas. En el día de santa Teresa, su hermana carmelita María, y su hermana Anita, junto con Emilio, sacerdote jesuita también, encomendamos a Eduardo a la intercesión de sus hermanos jesuitas ya fallecidos, sus otros hermanos y la Compañía triunfante que en el Cielo lo aguardan. Lo despedimos en el mismo Templo donde fue nombrado Prefecto en 1983 y en el mismo lugar donde celebraba con nosotros hasta hace poco tiempo. Aquí vimos su fe y su esperanza; y en todas partes, la virtud y la exactitud en la observancia sin hacer alardes, sin criticar. Lo vimos como una persona que daba ejemplo calladamente, en todo, especialmente en su austeridad de vida y su vida espiritual. Su coherencia interior, su integridad se vio probada en todo sentido y arrojó las victorias que ahora admiramos. Fue muy claro en sus clases como profesor en teología moral. Y como acompañante espiritual, la tarea que más desempeñó en su vida, hizo siempre evidente su paz interior fruto de una profunda espiritualidad ignaciana. Eduardo pidió que su cuerpo fuera llevado al Mausoleo de la Compañía de Jesús en el cementerio Central. Allí hay una leyenda que expresa con claridad el afecto celebrativo que culmina esta misma liturgia. Eduardo había investigado el origen de la frase que está tallada en el mausoleo y que descubrió, era inspirada en la antífona evangélica de las primeras vísperas del oficio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. La antífona dice “a quienes en la vida unió un estrecho afecto ni en la muerte fueron separados”. Querido Eduardo: llevaremos tu cuerpo al mausoleo de la Compañía, como lo quisiste. La inscripción dice literalmente en latín: Quomodo se dilexerunt in vita, ita et in morte non sunt separati. Así es para nosotros esta tarde Eduardo; los jesuitas y todas las personas que te hemos conocido podemos decirlo: “ Asi como se amaron en vida, así también en la muerte no están separados.” Nosotros que te amamos en vida, sentiremos que la muerte no nos separa de ti que vives ahora en Dios, para siempre.
Entrevista inconclusa con mi Maestro Alberto Gutiérrez, S.J. Lo que más he lamentado es no haber terminado la entrevista que me concedió el Padre Eduardo Ramírez, una semana antes de irse con Dios. Me había comprometido a conseguir una grabadora para captar mejor la lección de mi maestro. La conseguí tarde y, en consecuencia, fallé como periodista y como historiador. Sin embargo, me quedan muchos recuerdos, como para una pequeña crónica alrededor de quien significó tanto para muchos y, en concreto, para mi. Empiezo por decir que fue mi profesor de teología moral y profesor de esos que “imprimen carácter”. Fue el Provincial que decidió mi vida cuando me dijo que podía ordenarme sacerdote. Fue el presbítero asistente de mi primera misa. Pasados los años fue mi compañero de apostolado, de comunidad, de elaboración de crucigramas y de distracción con las partidas de nuestro equipo de fútbol. Era de un humanismo y de una sencillez proverbiales, cualidades que siempre marcaron su personalidad profundamente religiosa y sacerdotal. EN LA TIERRA DE LA MARQUESA DE YOLOMBÓ Puede parecer frívolo, pero le pregunté una vez si había leído la obra de Tomás Carrasquilla. Me respondió que todo hijo de su tierra era, en algo, heredero de la Marquesa de Yolombó y que Don Tomás había sido uno de sus autores favoritos desde la primera infancia. De allí pasó a manifestarme cuanto amó a su terruño con la sencillez con que lo amamos quienes hemos heredado el ancestro pueblerino. Se sentía feliz, en el atardecer de su vida, de esa Yolombó, tradicional y pintoresca, donde sus padres, Don Emiliano y Doña Sixta Tulia, habían constituido una de las más bellas familias de que se puede ufanar la Patria colombiana. Le pregunté algo que quería escuchar de su boca aunque me lo sabía de memoria: ¿cómo explicar hoy que, de diez hijos, cinco hayan sido religiosos y una religiosa ? Con realismo sobrenatural y poético me respondió: nuestros padres creían firmemente en Dios y así nos educaron. Ninguno se hizo religioso por la fuerza; la vocación fue surgiendo espontánea… como la floración de nuestros cafetales. Vocación y cafetales… Me pareció tan sugerente que me atreví a insistir: ¿cual fue la formación recibida en el hogar? La de nuestros hogares: trabajo alegre, oración y compartir la vida de la casa y la mesa familiar. En la familia se hizo casi ritual el momento en que uno de nosotros pedía la bendición paterna y materna para seguir a Jesús en la vida religiosa en la Compañía: Jesús Emilio, Carlos Roberto, Emilio, Carlitos y yo, el tercero por orden de edad. Nuestra hermana María se hizo religiosa carmelita descalza con el nombre de Hermana Soledad. Los otros hermanos siguieron cada uno su profesión. POR LOS CAMINOS DE LA VIDA RELIGIOSA El Padre Eduardo fue lo que Dios quiso que fuera. Fiel en su silencioso trajinar. Oró como aprendió de Ignacio de Loyola, trabajó con amor a la Compañía y a sus hermanos, sirvió infatigablemente; y, cuando las debilidades inherentes a la edad y a la enfermedad mermaron sus fuerzas, se dedicó al estudio, al apostolado de la confesión y a practicar ese don de consejo que fue el regalo de Dios para todos los que, en algún momento, estuvimos cerca de su palabra y de su ejemplo. Le pregunté: de dónde ha sacado fuerzas para hacer tanto en el pasado y, sobre todo, ahora? Me dijo, sin dudar un instante: de Dios, de mis devociones favoritas, a María y a San Ignacio y de la educación de mi casa y de la Compañía que me hicieron capaz de no desfallecer ante la fatiga y el dolor. Ciertamente el P. Eduardo no se quejó nunca, estoy seguro, y su paso al cielo se verificó silenciosamente y acatando la voluntad de Dios. ¿Cual ha sido su mayor satisfacción en su vida de Jesuita? Tuve la osadía de preguntarle. Se trataba de una pregunta que, aunque lógica, sentía la obligación de hacerle a mi maestro. Me respondió: haber podido perseverar en la Compañía, con la gracia divina… y haber ayudado a muchos jesuitas en su formación y desde mi apostolado. Usted, Padre, ha sido superior provincial y local, profesor, operario en parroquias, confesor, y muchas cosas más. ¿se ha podido sentir realizado en tan variados campos? Debo decir modestamente que si. He sido realista sobre mis capacidades y lo mío se lo he confiado a la obediencia. Esta táctica nunca me ha fallado. Hoy, al volver los ojos hacia atrás, encuentro que he sido uno de tantos jesuitas que siguen su vocación procurando ser fiel a lo que Dios quiere. EN LA COMPAÑÍA DEL CIELO Quise preguntarle al P. Eduardo mucho más sobre su percepción de la Compañía, hoy, él que había sido maestro de novicios, superior y provincial. Eso se quedó esperando por no haber encontrado la ocasión de llevar a cabo la continuación del diálogo y porque Dios lo llamó cuando menos lo pensábamos. Pero hay un momento, quizás el último, en que, para mi, el P. Eduardo trazó para nosotros su testamento espiritual. En la misa que presidió con motivo de la celebración de sus 90 años de vida, plasmó su retrato espiritual: fidelidad a Dios y a la vocación, amor a María y a todos sus hermanos, modestia y humildad ante un imponente ciclo vital que se cerraba en el impetuoso silencio de una vocación vivida con la modestia propia de su carácter y la sobrenatural entrega a los más caros ideales que le mostraba la Compañía. Se fue con Dios sin quejarse de nadie y con la convicción del deber cumplido. Lejos quedaban los recuerdos de la Marquesa de Yolombó, de sus padres, hermanos, familiares y de sus alegrías ancestrales. En el cielo hubo tiernos encuentros con los suyos que lo precedieron. Los que fuimos su familia en la Compañía lo acompañamos agradecidos y llenos de sus enseñanzas. En el Reino de Dios nos encontraremos con él. Me comprometo a que para ese momento podré terminar la entrevista que, en este mundo, se me quedó inconclusa. Gracias, querido Maestro.
La Congregación General y nosotros Por ser de beneficio para todos los jesuitas de la Provincia publicamos este aparte de un artículo del P. Urbano Valero S.J., titulado “¿Qué se espera de un miembro de la próxima Congregación General?” Tomado de la Revista CIS XXXVII. 3. 2006 . Número 113, pags. 38-60. No es difícil esperar de quienes han recibido de la Compañía el encargo de tomar decisiones tan trascendentales para ella y sus miembros, como las que se toman en la Congregación General, que se comprometan a fondo, con decisión y generosidad, con el encargo recibido y con todo lo que su realización lleva consigo. Eso sería lo que, con diversos matices, entraría en el «querer» que se espera de ellos. «Querer», como se sabe, es un verbo central en el lenguaje y en la espiritualidad de San Ignacio, que hace referencia a la determinación de la voluntad de elegir o realizar algo, en la que destacan, como notas características, la firmeza de la determinación, pero, sobre todo, la integración e identificación del propio querer en y con el querer de Dios para uno mismo1 . En este orden de cosas, se espera de los congregados, ante todo, que quieran ponerse a buscar y descubrir lo que Dios quiere de y para la Compañía en este momento histórico; este querer, el de Dios, es el primordial y la regla de todo humano querer; y, cuanto más importantes son nuestras decisiones, más. Para poder lograrlo, tendrán que despojarse, en palabra ignacianas, «de su propio amor, querer, e interés» (EE [189]). Se espera, por tanto, que, de entrada, dejen de lado (o, al menos, en suspenso) su propio querer – sus deseos, sus preferencias particulares, sus propios proyectos y planes, por certeros y brillantes que sean –, para abrirse al querer de Dios, que es el que verdaderamente interesa a la Compañía, no el suyo, o éste solamente en tanto en cuanto coincide y se identifica con aquél. Esto requiere – y se espera de ellos - paciencia, olvido de sí mismos, renuncia a todo protagonismo; en una palabra, abnegación, para desaparecer y dejar que aparezca, sin mezclas ni impurezas, el querer y el plan de Dios, que es el verdadero protagonista del ser y del actuar de la Compañía. Se espera, en consecuencia, que renuncien con generosidad y decisión a manipular el querer de Dios, intentando de muchos modos, descubiertos o encubiertos, hacer «que allí venga Dios donde él quiere» (EE [154]). Personas moldeadas, como serán, en lo más nuclear de la espiritualidad ignaciana, darán garantía sobrada de que, aunque no sea fácil, así será. Se espera que, una vez hayan descubierto o, al menos, atisbado con suficiente verosimilitud, mediante las señales de confirmación que normalmente da el Espíritu, el querer de Dios, lo acojan con apertura de corazón, con magnanimidad y con decisión, superando, si hace falta, sorpresas, reservas, miedos y resistencias. El «querer» ignaciano – se ve en los Ejercicios y en las Constituciones - es un querer firme y consecuente, de «tercer binario» (EE [155]), que lleva a poner todos los medios para hacerlo efectivo. Sólo así podrán pedir y mandar a la Compañía, que lo acoja también ella y lo lleve a la vida. Estos «quereres» básicos llevan consigo otros, que exigen también generosidad y sacrificio. Llevan consigo ofrecer y dedicar «todas sus personas al trabajo» (EE [96]), sabiendo que el trabajo de una Congregación General en la Compañía, su realización y su desarrollo, es arduo y austero, y exige, aparte de intensa dedicación (de lectura de documentos, reflexión y oración sobre ellos), juntar el interés por aportar todo lo que se pueda a la tarea común con la apertura y flexibilidad necesarias para percibir y valorar puntos de vista ajenos y, a la vista de ellos, revisar y reajustar los propios. Nuevamente, un querer firme, pero, al mismo tiempo desinteresado, que obliga a poner en juego la abnegación del propio querer y una reserva crítica constante respecto de él, en aras del bien común de la Compañía, que se busca conjuntamente en la Congregación. A fuer de ignacianos, se puede esperar que el querer de los congregados de la próxima Congregación General vaya acompañado de la «intención recta», que un jesuita está apremiantemente llamado a tener siempre, pero especialmente en decisiones importantes, personales y corporativas, «siempre pretendiendo en ellas puramente el servir y complacer a la divina bondad por sí misma» (Cons [288]), teniendo delante, como orientación básica para acertar, «el mayor servicio divino y bien universal» [622], «sin otro algún interés» [813]2 . 1. Todo el proceso de los Ejercicios Espirituales, en medio de su enorme complejidad, se resuelve en «preparar y disponer el alma, para quitar de sí todas las afecciones desordenadas, y después de quitadas buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de la propia vida para la salud del alma» (EE. [1]). 2. Es sumamente saludable y orientador evocar en este contexto el principio básico contenido en el «Preámbulo para hacer elección», de los Ejercicios espirituales, ya que prácticamente todo cuanto se hace en la Congregación General es reducible a «elección» en el amplio sentido ignaciano del término, y en ese ambiente debe ser vivido y realizado: «En toda buena elección, en cuanto es de nuestra parte, el ojo de nuestra intención debe ser simple, solamente mirando para lo que soy creado, es a saber, para alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi ánima, … no ordenando ni trayendo el fin al medio, mas el medio al fin» (EE [169]).
| |||
| |
|||
| || © | inicio | mapa | contacto | quiénes somos | dónde estamos | qué hacemos | qué comunicamos | cómo ser jesuitas | ayuda | |||