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¿Qué imágenes mueven nuestro
corazón? La CG 35 nos ofrece la ocasión de asumir hoy con renovado impulso y fervor la misión para la que el Espíritu de Dios suscitó a la Compañía en la Iglesia. La cultura actual se mueve, y nos mueve, con la fuerza de la imagen. Algunas de ellas se incrustan en nuestra conciencia e influencian nuestros deseos, afectos, reflexiones y decisiones. Es así como, la CG 35 considera que: “En un mundo que abruma a la gente con una multiplicidad de sensaciones, ideas e imágenes, la Compañía busca mantener viva la llama de su inspiración original, de manera que ofrezca luz y calor a nuestros contemporáneos. Y lo hace transmitiendo un relato que ha soportado la prueba del tiempo, a pesar de las imperfecciones de sus miembros e incluso de todo el cuerpo, gracias a la continua bondad de Dios, que nunca ha permitido que el fuego se extinga” (CG 35, Decreto 2, n. 1). Como los primeros jesuitas, aunque de lugares diferentes, con diversidad de opiniones y a pesar de ser débiles, buscamos y ponemos en práctica, juntos, la voluntad de Dios, sintiendo que la fuente de nuestra unidad y experiencia es Jesucristo. Es decir, Aquel que es “la imagen única del Dios invisible, capaz de revelarse en todas partes, y en una exacerbada cultura de imágenes, El es la única imagen que nos une” (CG 35, d. 2, n 2). Contemplando esa imagen, con profunda gratitud y afecto, especialmente la de Cristo puesto en cruz, un jesuita sabe quién es y a qué está llamado. Nuestra identidad surge de sentirse puestos con el Hijo, compartiendo su suerte al servicio de su misión. Esa imagen nos convoca, une y envía para ayudar a otros, situándonos en el corazón del mundo, moviéndonos a una peregrinación interior, y ayudándonos a ser libres de los engaños de los afectos desordenados (CG 35, d. 3 y 4). En este camino, nos vamos encontrando con las flaquezas personales o grupales y ello nos suele desalentar, hasta el extremo de tener la tentación de claudicar. Más fuerte que nuestra debilidad, sin embargo, es el fiel llamado del Señor a la renovación interior y a perseverar en su servicio sobre toda crisis, tentación, debilidad, duda o interrogante. Tal es la experiencia que vivimos en el paso de la 1ª a la 2ª semana de los EE. Tomamos conciencia de poseer no pocos impedimentos, pero simultáneamente, de ser amados, perdonados y llamados por la misericordia divina a servir al Señor y a su causa evangélica realizando no pocas ofrendas de mayor estima y momento. Aceptar tal invitación -no apenas por un tiempo sino toda la vida, en un mundo lleno de imágenes y opciones cambiantes- sólo es posible si nos posee una honda gratitud y un íntimo afecto por quien ha dado su vida por mí y por muchos, para la vida del mundo. Sólo un amor agradecido nos mueve a compartir la suerte del Señor, a pesar de nuestros “impedimentos”, siempre que la Compañía nos quiera acoger para su servicio. Preguntarnos ante la imagen del crucificado, máxima expresión de amor agápico, qué estoy haciendo y qué puedo hacer por Cristo, nos ayudará a renovar la gratitud, la mística, la pasión por el servicio y la fidelidad.
Gabriel
Ignacio Rodríguez, S.J. | |||
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