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EDITORIAL
Esperanza discreta y valiente Este año la celebración del 31 de Julio, Fiesta de San Ignacio, en Bogotá, fue sacerdotal. Estuvo centrada en la Ordenación de Misael Kuan por Monseñor Daniel Caro, nuestro querido Obispo de Soacha. La alegría serena de esta celebración preparada bellamente por los estudiantes de teología, enmarcada en la austeridad amable de nuestra parroquia de Villa Javier, acompañada de familiares, amigos y vecinos, dejó en todos un sentimiento predominante de paz y de unión en el Espíritu. Al prolongar en el silencio de la oración las impresiones profundas de esta celebración, emerge la conciencia del “nosotros” que nos constituye como grupo: unidos en la experiencia personal de Dios, para un servicio sin condiciones a los demás, desde el sacerdocio peculiar de Jesucristo, en la Iglesia, para llevar juntos, como grupo de presbíteros y hermanos jesuitas una misión: contribuir a hacer posible desde la humilde fuerza de la fe, la manifestación del amor de Dios, que nos lleva a la solidaridad, la compasión, la justicia, la lucha por la dignidad humana y el cuidado de la creación. Esa identidad nuestra tenemos que vivirla juntos en Colombia, en esta nación y con esta gente donde Dios nos quiso, mientras la misma disponibilidad jesuítica no nos llame a otra sociedad y otras tierras. Colombia vive un momento de cambio en la dirección del Estado que ha hecho crecer ilusiones por los mensajes y la constitución del gabinete ministerial del nuevo gobierno. Nosotros, desde nuestra identidad propia, somos parte de este pueblo, de su drama, su dolor, sus sueños, su cultura, sus instituciones, de esta Colombia. El momento nos invita con toda seriedad y entrega a participar en una esperanza discreta y valiente. Esperanza porque es el momento de impulsar los hechos públicos que propician la unión, las propuestas de tierra y equidad para los campesinos, la justicia y la verdad con las víctimas, la planeación económica centrada en el empleo, el respeto a la independencia y el rigor de la rama judicial y de todas las instituciones, la superación del aislamiento diplomático con nuestros vecinos, la retoma del proceso de paz con las condiciones que ha enseñado la historia. Esperanza discreta porque nosotros, comprometidos en libertad con la verdad, no podemos dejar de ver la magnitud del cinismo que, con excepciones, ha prevalecido en la clase dirigente de Colombia empeñada en mantener el poder político y económico – sin “ver los elefantes”– sin resolver los problemas profundamente críticos de corrupción, violencia y pobreza ante un pueblo generoso, en una tierra rica. Esperanza valiente porque es nuestra obligación contribuir, como líderes espirituales y educadores, a que los propósitos que se han dicho en palabras y se han concretado en nombramientos no se queden en buenas intenciones; cuando un grupo de personas capaces han aceptado los cargos en los ministerios de hacienda, agricultura, justicia, relaciones exteriores, educación, Planeación Nacional y Vicepresidencia. Varios de ellos exalumnos jesuitas o compañeros de camino en jornadas por la ética y la convivencia. Esta esperanza discreta y valiente desde nuestro lugar en la Iglesia se fortalece con la llegada de Monseñor Rubén Salazar, Presidente de la Conferencia Episcopal, a ocupar la sede de la Arquidiócesis de la Capital. Él llega a profundizar y consolidar, dentro de la Iglesia y en nuestras responsabilidades públicas como católicos, la obra de Monseñor Pedro Rubiano, a quien agradecemos la confianza paternal que nos prodigó como Arzobispo de Bogotá y Cardenal.
Francisco de Roux, S.J. | |||
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