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El
sábado 24 de Noviembre mientras me dirigía a la Iglesia de San Pedro
Claver, en Cartagena, a celebrar una Eucaristía, casi no puedo ingresar
a la plaza del mismo nombre, pues este espacio público estaba reservado,
claro que con el permiso de la Alcaldía, a la exclusiva circulación de
los invitados a una Boda de una de las familias dueñas de este país.
Acababa de bajar de las faldas de la Popa. Aquí estaban de regreso de
los albergues, cientos de familias damnificadas por el invierno.
Volvían a sus barrancos derrumbados y a sus casas medio destruidas. El
hambre de sus hijos, al menos se pudo calmar por unos días, por la
solidaridad que en esta ocasión fue oportuna. Que contraste entre este
desfile de indigentes y olvidados de la tierra y los que se preparaban
para disfrutar del Banquete de Bodas más costoso, en la historia
colombiana.
Al
iniciar la Misa pude divisar una marcha de danzantes, con atuendos de
mil colores. Eran los grupos culturales escogidos para amenizar la
fiesta. Terminé la Misa y aún seguían pasando los artistas. Unos amigos
en el atrio de la Iglesia me señalaron las carpas levantadas a lo largo
de todo el Baluarte de San Ignacio. Escandalizados contaban los millones
de pesos invertidos para mantener con aire acondicionado el espacio
reservado para el confort de los invitados. El sólo cheque para un hotel
de cinco estrellas, donde algunos se hospedaron, fue de 1.250.000
dólares. Aquí no se contaban ni los vestidos diseñados para tal “gala”,
ni las comparsas vistosas, ni los licores brindados. Sumando y sumando
este gasto resultó más abultado que el invertido en la Conferencia
Mundial de Turismo.
No
hay derecho para permitir tanto derroche. Una ciudad con más de 300.000
indigentes, con tantos niños desnutridos y tantas necesidades básicas
insatisfechas, no puede tolerar tanto despilfarro. Me duele mi ciudad,
me duele en el alma tanta desigualdad.
¿Quienes son los responsables de este escándalo, de este pecado social?
¿Serán las ganancias del mercado? ¿La ausencia de justicia y
solidaridad? ¿La complicidad de las autoridades? ¿La acumulación o la
falta de humanidad?
Aquel pasaje bíblico del rico Epulón y el pobre Lázaro, se sigue
repitiendo ante nuestros ojos. Aquel abismo entre el seno de Abraham y
el infierno, ya se realiza en esta tierra. Qué dolor que esta escena
escatológica tenga ya lugar en Cartagena.
Con
los gastos de esta fiesta se podría cubrir el déficit de vivienda que
dejó esta ola invernal. Todos los indigentes de Cartagena habrían tenido
lo suficiente para calmar su hambre por varias semanas.
No
es justo que se protagonice tanto escándalo, tal abuso del poder
económico, al mostrar públicamente ese derroche de dinero. Allí se
encuentra un germen explosivo de esa violencia que nos aterra o del
“terrorismo” que se quiere combatir con otro tipo de “terrorismo”. ¿Por
qué no se callan más bien estos gestos despreciativos de la miseria y
del dolor de muchos? ¿Por qué no se comparte lo que se desperdicia
aparatosamente, con tantos hambrientos hijos del pueblo?
Cartagena ha heredado una noble herencia de heroísmo y son los más
pobres entre los pobres quienes soportan ese lacerante sufrimiento del
abandono, el hambre y la miseria. Este dolor merece el mayor respeto.
Bodas como ésta son una bofetada contra ellos.
efraldana@yahoo.com
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