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¿Por qué los
colombianos somos tan violentos? ¿Por qué, históricamente nos hemos
enfrascado en guerras interminables? ¿Por qué esa sevicia, esa atrocidad
con la cual despedazamos los cuerpos de nuestros hermanos? Estas
preguntas se vuelven tan acuciantes al mirar el rostro demacrado y
depresivo de Ingrid Betancourt y las figuras macilentas de otros
cautivos de las FARC. Pero además tenemos las víctimas de las masacres y
asesinatos de los paramilitares. Han aparecido unas 2.000 tumbas
comunes, atestadas de cuerpos mutilados. Lo doloroso de este
descubrimiento es que ya desde el tiempo de los llamados “bandoleros”,
con “Sangre Negra” y el “Capitán Ceniza”, entre otros, se conocían los
“cortes de franela” y luego el uso de la moto sierra. ¿A qué se bebe
tanta morbosidad contra el cuerpo humano, por parte de la violencia
colombiana?
Achacarle la causa a la
injusticia social, por tanta hambre y pobreza no es una respuesta total.
Pensemos que países más pobres que Colombia y donde se violan los
derechos humanos, como Haití, Iran, por decir algunos, no presentan tal
grado de violencia encarnizada como la Colombiana. Responsabilizar a los
caribes de nuestro talante guerrero, tampoco es justo. Existen otros
pueblos caribes, regados por todas esas bellas islas bañadas por el mar
de ese mismo nombre y en ellas nunca se refleja ese dolor lacerante de
la guerra fraticida. Tampoco nos satisface imputarle la causa a los
aventureros españoles que nos conquistaron. De verdad fueron desalmados,
crueles y sangrientos, pero toda la América hispana resultaría con el
mismo estigma violento de los colombianos. Por otra parte tampoco es
correcto igualar la violencia de los grupos étnicos africanos con la que
desarrollaron en Colombia los cimarrones, especialmente de los
“palenques”. Todo lo contrario. En su mayoría los afrodescendientes, por
su vitalismo, por su alegría gestual y contagiosa, han sido pacíficos y
en ellos ha prosperado más bien la “No-violencia activa”, de acuerdo a
esa resistencia llamada: “cimarronaje del alma”.
Otros psicólogos han
analizado el miedo como factor que engendraría violencia. Es cierto que
este fenómeno produce descontrol de la voluntad, que inhibe, paraliza y
muchas veces produce violencia. Quizás nuestra historia colombiana ha
sido contada con mentiras, exageraciones, con muchos tabúes, reforzados
por exageraciones de la formación moral desde la niñez, pero esto
constituye sólo una partecita de nuestra tragedia. Muy ligada a esta
explicación está la existencia de un “Complejo de Edipo Social” que
Gabriel García Márquez intuyó en el guión cinematográfico de Edipo Rey.
Se trata de ese odio mortal del hijo contra el padre, que socialmente se
vive en los pueblos, que al cortarse el cordón umbilical que los ligaba
al país colonial, en sus primeros pasos como naciones independientes,
como ha sido el caso del África, genera una violencia contra la figura
paterna, identificada con la autoridad colonial que los subyugó. Mucha
de la violencia de las “comunas” de Medellín podría tener esta
explicación. Muchos pandilleros alcanzaban a decir que padre podría ser
“cualquier hijuetantas”.
Pasamos a otro factor
que está ligado al machismo del pueblo colombiano. Se ha demostrado que
las culturas patriarcales, por ser sedentarias y ávidas de la posesión
de la tierra han engendrado las grandes guerras tribales. Pensamos que
en nuestro país prima el matriarcado, aunque a veces se comporta como el
patriarcado.
Por último no podemos
dejar pasar el influjo ambiental como generador de violencia.
Precisamente en los sitios agrestes colombianos como serían las comunas
de Medellín, las colinas bogotanas, la popa y los cerros de Cartagena,
han sido espacios donde pululan los pandilleros.
Igualmente en Colombia
hay bondad, ternura, solidaridad, acompañamiento cercano a los
vulnerables, deseo de justicia y misericordia.
efraldana@yahoo.com
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