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Durante los días 9, 10
y 11 de noviembre la arquidiócesis de Cartagena, en cabeza de Mons.
Jorge Enrique Jiménez, desarrolló su tercera Asamblea arquidiocesana. El
lugar escogido es el auditorio de la universidad de san Buenaventura.
Será un momento especial de revisión y planeación, con participación
eminentemente laical, del plan decenal, que fue esbozado desde el año
pasado.
Asistimos a un momento
crucial del mundo y de la Iglesia y especialmente de Colombia. No
exageramos al constatar que se busca ardientemente un plan alternativo
de desarrollo en el mundo, más allá de una globalización económica,
donde priman las leyes del mercado, de la competencia y del bienestar de
unos pocos. Es necesario encontrar caminos para lograr una sociedad más
abierta, democrática y equitativa. Para enumerar sólo algunos datos, en
Colombia el PIB per capita, en los dos últimos años, aumentó en un 20% y
la deuda externa en los tres años pasados se triplicó llegando a los $
l0 billones. Ni se diga lo que nos dicen las cifras sobre Cartagena en
materia de pobreza, miseria, déficit de vivienda, contaminación
ambiental, desempleo, corrupción, aumento de violencia, inseguridad,
deterioro general, a pesar de reconocer los esfuerzos de la
administración Distrital en su lucha contra el hambre, la
gobernabilidad, la autoconstrucción de vivienda y el macroproyecto de la
“Perimetral”.
La Iglesia tiene una
palabra importante ante la situación anterior. Ya sabemos que la
solución no viene de las planeaciones realizadas por técnicos sino por
una conjunción de elementos participativos sociales, económicos,
políticos y religiosos. Con diagnósticos donde han de tomar parte las
mismas comunidades. Un ejemplo lo ha ido estableciendo el PNUD con su
Proyecto “Desarrollo y paz, con activos de ciudadanía”, aquí también
entran en juego las metas del milenio. Pero el actor principal es el ser
humano, con su historia, sus sueños, sus ideas, experiencias, y
participación activa, para que la solución sea sostenible. Este hombre
de carne y hueso, con su cultura, su religiosidad, su manera como
relacionarse con el trascendente, es también el protagonista principal
de la Asamblea Arquidiocesana.
En los distintos
rostros de la Iglesia: misionera, apostólica, comunitaria, queremos
hacer exaltar el rostro inculturado. Entendemos por Inculturación la
encarnación de la Evangelización en cada cultura, respetando su visión
del mundo y de la vida, utilizando sus símbolos o signos para hacer
inteligible la Buena Noticia del Reino. Aquí tenemos que comprender como
los afrocaribeños somos vitalistas, con gran aprecio por el cuerpo,
cargados de alegría y esperanza en medio de los sufrimientos, a la vez
lúdicos, irreverentes, “mamadores de gallo” o de humor a flor de piel.
Llevamos principalmente una tradición oral. Tenemos una expresión
religiosa doméstica y comunicada especialmente a través del arte. Somos
gritones y usamos los colores fuertes y la música que retumba en los
picots.
Hay que contar con todo
esto para utilizar adecuadamente los sacramentos, especialmente la
Eucaristía, que debe ser alegre, festiva, hasta con tambores y danzas
para expresar su alegría pascual. Y en los ritos funerarios, en la
herencia afro, entender que para ellos es una búsqueda de incorporación
a los ancestros y aprovechar esto para infundir la esperanza de
resurrección. En fin todos los sacramentos y las celebraciones nos deben
llevar a despertar la vida en plenitud. A rescatar su dignidad y
suscitar la unión, la comunidad, esa solidaridad sin la cual es
imposible ningún desarrollo. Para enfrentar al Neoliberalismo, con su
carga injusta para los más vulnerables, hay que trabajar con la cultura,
la espiritualidad y los niños.
efraldana@yahoo.com
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