IMAGINARIOS AFROCARIBEÑOS



LA MADRE


P. Efraín Aldana S.J.


13 de mayo de 2007

 


La Madre es el rostro materno de Dios. De ella aprendimos a disfrutar de las caricias, de la ternura, de las cosas bellas y gratas de la vida. Nos enseñó a orar, a perdonar, a servir desinteresadamente. Fue la protectora de nuestra existencia desde que éramos niños frágiles y gritones. 

Hoy la psicología y la bioenergética tienen mucho que enseñarles a todas las madres, desde los primeros días de la gestación. La estimulación temprana con ruidos, vibraciones y colores, comienzan a ayudar a la sana conformación de los niños y niñas, desde el mismo seno materno. Luego viene esa educación afectiva, psicológica, física, social y espiritual de los primeros años. Aquí aprendemos a ser libres, veraces, transparentes, solidarios, espirituales sin dejar de pisar la tierra. Y esta educación no puede ser individualista sino socializada. Es importante la relación con los otros.

Hoy, cuando en Colombia la existencia humana sigue tan amenazada, las madres ocupan un lugar prioritario en la escala de las urgencias sociales. Pensamos que un primer paso para el acierto del papel de una  Madre es atender la llamada violencia intrafamiliar. Todo lo que expusimos al principio, que fomenta el autoestima, se le está negando a muchísimos de nuestros niños colombianos. Unas veces falta la figura paterna y el cansancio del doble papel de madre y padre, deja a la mujer agotada por el trabajo  o por la tensión que engendra el doble compromiso. La rigidez y la flexibilidad, la ternura y la rudeza que van templando un carácter es difícil que emanen de una sola persona, en la riqueza bipolar que tiene el género.

Por otra parte nadie da de lo que no tiene o ha recibido. En un hogar donde los padres tampoco han recibido afecto y donde el respeto a la persona en la pareja deja mucho que desear, es imposible o casi milagroso que se fomente el cariño y el autoestima. En una investigación que hicimos en las faldas de la Popa sobre “el menor trabajador”, nos tocó en una ocasión celebrarles el cumpleaños a un grupo de esos niños. Recuerdo  que uno de ellos, de apellido Gulfo, tenía la cara encendida de fiebre y al terminar la celebración, después de partir el ponqué, se le desapareció la enfermedad.

Como esta enfermedad de la violencia no solo invade a la familia sino a toda la sociedad y somos  testigos de muchos intentos de paz fracasados. Creemos que cuando se habla de: “Verdad, Justicia y Reparación”, está faltando otro elemento importante: La transformación humana. Se trata de contar con hombres y mujeres nuevas. Es como nacer de nuevo, con el alma transparente, insobornable, sensible ante cualquier injusticia, de resistencia interior, solidaria y misericordiosa. Aquí el papel de las madres es irreemplazable. Lo han demostrado en “las madres de la plaza de Mayo”, las madres de los retenidos por las FARC, en Miraflores y hoy las “Candelarias” de Medellín, las “Abrazadas” del Oriente Antioqueño.

Quiero reconocer todo el valor humano, la resistencia interior, la capacidad de dar protección a hijos y nietos, la alegría en medio de dolores y angustias, la fortaleza ante los desprecios y discriminaciones que reciben las mujeres de los barrios populares que he conocido en mi vida. Me han enseñado a reconocer la grandeza de la vida y a superar, con dignidad, los momentos de abatimiento y de sombras.

efraldana@yahoo.com

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