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La Madre es el
rostro materno de Dios. De ella aprendimos a disfrutar de las caricias,
de la ternura, de las cosas bellas y gratas de la vida. Nos enseñó a
orar, a perdonar, a servir desinteresadamente. Fue la protectora de
nuestra existencia desde que éramos niños frágiles y gritones.
Hoy la
psicología y la bioenergética tienen mucho que enseñarles a todas las
madres, desde los primeros días de la gestación. La estimulación
temprana con ruidos, vibraciones y colores, comienzan a ayudar a la sana
conformación de los niños y niñas, desde el mismo seno materno. Luego
viene esa educación afectiva, psicológica, física, social y espiritual
de los primeros años. Aquí aprendemos a ser libres, veraces,
transparentes, solidarios, espirituales sin dejar de pisar la tierra. Y
esta educación no puede ser individualista sino socializada. Es
importante la relación con los otros.
Hoy, cuando en
Colombia la existencia humana sigue tan amenazada, las madres ocupan un
lugar prioritario en la escala de las urgencias sociales. Pensamos que
un primer paso para el acierto del papel de una Madre es atender la
llamada violencia intrafamiliar. Todo lo que expusimos al principio, que
fomenta el autoestima, se le está negando a muchísimos de nuestros niños
colombianos. Unas veces falta la figura paterna y el cansancio del doble
papel de madre y padre, deja a la mujer agotada por el trabajo o por la
tensión que engendra el doble compromiso. La rigidez y la flexibilidad,
la ternura y la rudeza que van templando un carácter es difícil que
emanen de una sola persona, en la riqueza bipolar que tiene el género.
Por otra parte
nadie da de lo que no tiene o ha recibido. En un hogar donde los padres
tampoco han recibido afecto y donde el respeto a la persona en la pareja
deja mucho que desear, es imposible o casi milagroso que se fomente el
cariño y el autoestima. En una investigación que hicimos en las faldas
de la Popa sobre “el menor trabajador”, nos tocó en una ocasión
celebrarles el cumpleaños a un grupo de esos niños. Recuerdo que uno de
ellos, de apellido Gulfo, tenía la cara encendida de fiebre y al
terminar la celebración, después de partir el ponqué, se le desapareció
la enfermedad.
Como esta
enfermedad de la violencia no solo invade a la familia sino a toda la
sociedad y somos testigos de muchos intentos de paz fracasados. Creemos
que cuando se habla de: “Verdad, Justicia y Reparación”, está faltando
otro elemento importante: La transformación humana. Se trata de contar
con hombres y mujeres nuevas. Es como nacer de nuevo, con el alma
transparente, insobornable, sensible ante cualquier injusticia, de
resistencia interior, solidaria y misericordiosa. Aquí el papel de las
madres es irreemplazable. Lo han demostrado en “las madres de la plaza
de Mayo”, las madres de los retenidos por las FARC, en Miraflores y hoy
las “Candelarias” de Medellín, las “Abrazadas” del Oriente Antioqueño.
Quiero reconocer
todo el valor humano, la resistencia interior, la capacidad de dar
protección a hijos y nietos, la alegría en medio de dolores y angustias,
la fortaleza ante los desprecios y discriminaciones que reciben las
mujeres de los barrios populares que he conocido en mi vida. Me han
enseñado a reconocer la grandeza de la vida y a superar, con dignidad,
los momentos de abatimiento y de sombras.
efraldana@yahoo.com
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