|
|
Celebrar la Semana Santa es recordar y actualizar la pasión, muerte y
resurrección de Jesús. En otras palabras es reflexionar no solo sobre
esa Pascua que realizó Jesús sino, cómo en el día de hoy seguimos
padeciendo un víacrucis, pero también vivimos la esperanza de
resurrección.
Cada
época de la historia ha enfatizado un aspecto de la Semana Santa. En la
edad Media la pasión y crucifixión de Jesucristo fueron claves. En la
modernidad se siente un desplazamiento hacia la esperanza pascual. Ya no
se enfatiza el Viernes sino la Vigilia Pascual. También se trata de
visiones del mundo y de la vida, donde entra en juego la inculturación.
Para situarnos nada más que en Colombia, no es lo mismo una Semana Santa
en Medellín que en Cartagena. La herencia afrocaribe de la costa nos
hace vitalista y poco nos identificamos con el viernes de sufrimiento y
muerte. Desde hace treinta años, cuando iniciamos la realización de un
víacrucis a lo vivo, en la parroquia de Santa Rita, por las faldas de la
Popa, solo nos acompañaban unas decenas de personas. Hoy las cosas no
han cambiado, tenemos soldados romanos, cireneo y santas mujeres y a la
vez actualizamos ese drama, con las escenas y personajes de la pasión
actual. Y nada. No pasan de 100 personas. Todo lo contrario de la
presencia multitudinaria del Domingo de Ramos y de la Vigilia Pascual.
En
el mundo como en Colombia se viven momentos de mucha crueldad. La vida
humana sigue siendo arrollada por el poder de las tinieblas. Siempre ha
sido así. El terror de los crímenes siniestros del tiempo de los
bárbaros, siguió en la edad Media y hoy retumban los misiles y la
violencia destructiva. También, antes como hoy, el amor sacrificado, la
esperanza de un mundo nuevo, ha resplandecido en el universo. Hoy puede
haber más hambre y más dolor, pero a la vez existe más amor. Más calor
humano, mayor solidaridad.
No
vamos hacia el final de la historia, como una hecatombe destructiva. Es
todo lo contrario. Marchamos hacia la realización plena de la vida, en
medio de un mundo roto por la codicia humana. La última palabra no la
tienen la destrucción y la muerte sino el avance constructivo y la vida.
Las
apariencias engañan porque el bien no hace ruido. La violencia, el
dolor, las enfermedades frenan el desarrollo pleno de la vida. Pero, a
la vez, las fuerzas energéticas que abrazan al cosmos irradian el
resplandor invencible de la verdad, de la paz, la armonía y la unión
ascendente de la vida. Todo se va transformando, pero nunca destruyendo.
Los sufrimientos, los vacíos y las heridas del alma sólo sirven para
afianzar más la convergencia luminosa del universo y de la vida.
En
cierta ocasión una niña corrió donde su padre a contarle sus penas: El
novio la había dejado, en el colegio había perdido un examen y se moría
del dolor de estómago. El padre, le hizo probar un rico pastel y le
preguntó si le había gustado. Ella encantada, hasta olvidó sus dolores.
Luego la llevó a la cocina y le dijo que se tomara un huevo crudo, y la
niña fue incapaz de tragarlo. Enseguida le entregó un vaso lleno de
aceite y otro de vinagre. La joven los rechazó de inmediato. Por último
le pasó un plato con harina y lo mismo. La pobre niña no le encontraba
ningún atractivo, ninguna gracia. Su papá le hizo caer en la cuenta de
que los elementos aislados de la vida, en su dureza y efectos dolorosos
e hirientes, cuando se unen armónicamente, con la dosis adecuada
producen una obra llena de buen sabor, de dulzura, y gozo. Dios es un
gran panadero. No tengamos miedo, la misma Semana Santa nos recuerda que
la pasión dolorosa de la vida tiene un final de gozo y resurrección.
Termina en una bella torta de mil sabores y colores.
efraldana@yahoo.com
| |