|
|
Hace
45 años recibí humildemente el llamado de Dios para ser “jesuita” y por
tanto religioso, misionero y sacerdote. Cuando pasan los años uno se
considera muy indigno de la “misión” y a la vez cada vez más agradecido,
en mi caso, por otras dos razones: Haber nacido en Cartagena y haber
vivido, desde antes de ordenarme, en barrios populares, aprendiendo de
esa sabiduría de la gente.
Como
he regresado a mi tierra, después de haber trabajado en otras ciudades
de Colombia y en algunas del exterior, quiero compartir una experiencia
que tuve hace pocos días. Había terminado la “misa dominical” en la Sede
que tiene el Centro de Cultura Afrocaribe. Entré a darle la comunión a
la Sra Anita, inválida, quien me ha enseñado con sus luchas y dolores a
ir descifrando algunos misterios de la vida. De allí pasé a la casa de
enfrente y recibí el mayor impacto en mi vida de acompañamiento a los
pobres. No había paredes, solo plásticos deshechos y el techo tenía la
misma consistencia. Un niñito desnudo y discapacitado estaba tirado en
el suelo y la ropa mojada, se apreciaba esparcida en pilas pequeñas por
todo el piso. Pero quien me llevaba me dijo: “No, Padre, mi casa es aquí
al lado”. De inmediato pasé al otro cuarto. Qué cuadro tan doloroso. El
corazón se me achicó más. Seguían los mismos tipos de protección de
plásticos y telas rasgadas y semidestruidas. En esta otra casa ya no era
un niño sino el padre de familia: hecho un espectro humano y la ropa
húmeda y los residuos de los cuerpos de animales caseros esparcían
malos olores. Seguían casas y casas en la misma situación.
¿Qué
ha pasado? ¿De dónde salieron tantos fantasmas, por dentro y más allá de
las murallas? Para algunos hablar de esto es peligroso, por aquello del
turismo. Como si Cartagena no fuera de todos. Se olvidan que las llagas
escondidas duelen, por mucho que se escondan y ocultas se siguen
corrompiendo. Tarde o temprano la realidad llega a conocerse.
Podemos hablar que cuando llega el narcotráfico encuentra a una ciudad
ya invadida por el cáncer de la corrupción politiquera, la
discriminación, la ineficacia en la gestión pública, la ausencia de
práctica ciudadana, desempleo, hambre, crecimiento del rebusque, salud
pública en cero, ausencia de planeación urbana. La Ciudad opulenta
tampoco es de los cartageneros. La droga, los picots, las peleas entre
grupos pandilleros es como una autodefensa, de tratar de reencontrar un
reconocimiento, porque la autoestima se la han pisoteado. No creemos que
los mismos datos alarmantes de más de 2.000 adolescentes embarazadas y
otro tanto de niños y niñas prostituidas nos haga llegar al pesimismo o
al “sálvese quien pueda”. Hay otros datos alarmantes como el hecho de
que sólo se construyeron 31 viviendas de las 1547 proyectadas para el
2006, una malla vial 58% destruida y un Transcaribe paralizado y
duplicado en su costo. La razón de la resistencia ante tanto infortunio
se lo debemos a lo que llamamos “cimarronaje del alma”. Me explico.
Al
día siguiente de la presentación en RCN del programa del Pirry me reuní
con más de 40 mujeres y un solo hombre, en esa Sede que tenemos en las
faldas de la Popa. Allí en la zona donde se rodó gran parte del
documental. Muchos rostros curtidos por tragedias, abandono y desengaño.
Pero todos cantaban y reían. En un momento les pedí que contaran sus
triunfos de la vida. Momentos de silencio. De pronto brotaron los
recuerdos felices, los momentos en que le ganaron a los poderes
siniestros. Resultaron muchas bellas historias de solidaridad y
heroísmo. Se iluminaron las caras y brotaron los nombres de amigos y de
hechos positivos.
efraldana@yahoo.com
| |