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En medio de este caos
externo debemos mirar hacia el fondo de nosotros mismos, para
encontrarle salidas a nuestro propio laberinto. Esta será una de las
mejores contribuciones a la paz.
En el fondo de todo ser
humano palpita una mezcla efervescente de vacíos y plenitudes, aciertos
y descalabros, hastíos y satisfacciones, triunfos y fracasos. El cuidado
del alma cuenta con todo esto. Ella habla a los anhelos que sentimos y a
los síntomas que nos enloquecen. Nos mantiene en la esperanza de aquello
que nos seduce y siempre se nos escapa. Su meta es encontrarle sentido
a la existencia, aceptarla amorosamente y sentirla vinculada con los
otros, con la naturaleza, entretejida en los afanes de cada día.
Todo esto reclama el
desafío de conectarnos profundamente con la vida, con todos esos seres
que se cruzan en nuestra historia, con todos esos hermanos y hermanas,
comunidades y realidades vivientes que reclaman nuestra presencia desde
el corazón
Dicho esto podremos
entender que la depresión es sólo una nube sombría que debemos dejar
pasar. Lo mismo podremos decir de los fracasos, las pérdidas, las
desilusiones, los sentimientos de culpa. Estas pasividades del alma no
deben estar reñidas con la vida espiritual que ha de buscar siempre
nuestro ser interior. Cuando las atendemos con serenidad y valor impiden
que el espíritu se lance hacia el perfeccionismo utópico o al pesimismo
aplastante.
Las grandes obras de la
humanidad han surgido tras los momentos de fracasos, desengaños o
depresión. Recordemos la “Novena Sinfonía” de un Bethoven ya sordo, “Los
Girasoles” de Van Gogh demente y al borde del suicidio, “El Quijote” de
un Cervantes encarcelado y la misma gloria del Jesús Resucitado tuvo que
pasar por la agonía del huerto y la ignominia de la Cruz. En nuestra
historia colombiana tenemos el “Nocturno” de Silva, los “Cien años de
Soledad”, “El Coronel no tiene quien le escriba” de García Márquez, las
mejores obras de Obregón y las acuarelas sombrías de Hernando Lemaitre.
No hay de otra, cuando
viene el nubarrón hay que acurrucarse como un niño hasta que pase. En
las noches sombrías hay que esperar la luz del amanecer. Eso sí, debemos
abrazar esas experiencias con amor, con los ojos puestos en las brasas
humeantes esperando la chispa repentina que prenda de nuevo el fuego.
Este “Cuidado del alma”
es alquimia, peregrinaje y aventura. Es un camino lleno de altibajos,
de laberintos y callejones. El alma crece y se vuelve más profunda
gracias a las vivencias de las complicaciones, las barreras, las caídas,
los fracasos, los sin sentidos. Cuando llega la angustia y la depresión,
ese abismo que sentimos nos acerca a la profundidad inabarcable de
Dios.
Las tristezas del alma,
las angustias y depresiones van siendo superadas con la armonía
interior. Ayudan mucho los ejercicios de relajación, los pensamientos
positivos, el diálogo afectivo, la música, el silencio de la oración.
Bueno, nuestra barca de la vida, al estilo de Tristán, va remontando
las aguas sin remo ni timón, abriendo camino con la música de su arpa.
También sabemos que
cuando el organismo produce “endorfinas” se consigue un estado
placentero que ayuda a superar las tristezas del alma. Pero no podemos
olvidar que el ser humano es un todo. Somos a la vez materia, mente,
aliento, corazón y centro profundo. Somos energía que necesita estar en
armonía interior y con todo el cosmos.
efraldana@yahoo.com
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