IMAGINARIOS AFROCARIBEÑOS


 

DESPIERTA JUAN

P. Efraín Aldana S.J.

30 de noviembre de 2005

 


Juan puede ser cualquiera de nosotros. Juan es aquel que vive sin saber que vive, sin ser conciente. Se despierta, pasa el día, se duerme y vuelve al día siguiente a levantarse. El mundo es pesado, monótono, oscuro, lleno tan sólo de las sombras y de las cargas que nos abruman. Como lo dice el Dr. Carvajal.

Juan, alcanzó a ver tras la ventana el sol que despuntaba en el nuevo día. Sintió que los rayos eran brillantes, que le iluminaban el cuarto, su cuerpo también percibió el calor que lo lanzó de la cama. Nunca había detectado la bondad, la belleza de un nuevo día.. Al rato ya estaba en la ducha. El agua estaba fresca y reconfortante. La alegría de ese contacto lo hizo cantar. No estaba soñando, estaba bien despierto y un gozo especial lo animó a seguirse duchando y cargando de una energía que lo iba llenando de lucidez y de alegría. Dio gracias por esa lluvia matinal sobre su cuerpo.

Eran la siete de la mañana cuando se sentó a la mesa a tomar el desayuno. Comenzaron a pasar por su mente las llamadas que tenía que hacer por teléfono, las citas que debía cumplir, los pagos que habían quedado pendientes. De pronto se sintió tranquilo y sólo pensó en el momento presente. El sentido del olfato se hizo más agudo y se dio cuenta del aroma delicioso del café. Le llegó el olor del pan, del queso, de los huevos revueltos. Sintió que el desayuno era muy rico. Lo disfrutó sin prisa. Esta vez no iba a tener las agrieras de antes.

Cuando ya iba, camino al trabajo, montado en un vehículo, miraba las olas del mar, los alcatraces blancos y serenos anclados en las rocas de la orilla y se dejaba acariciar por la tibia brisa de la mañana. Miró al cielo y agradeció por tanta belleza.

Juan alcanzó a llegar a su oficina, como lo hacía todos los días. Llegó alegre y sonriente, saludó a sus colaboradores y preguntó quién había colocado ese arreglo floral tan lindo sobre su escritorio; no se había dado cuenta que Rosita, su secretaria, cada tres días lo colocaba con gran cariño. A la mitad de la mañana resolvió llamar a su mujer. Cuando ella, Mary, recibió la llamada gritó: -“Mijo, ¿qué te ha pasado, en qué hospital estás?” Era la primera vez que la llamaba durante el día. Juan, ahora, confundido y avergonzado, sólo alcanzó a decirle: -“Querida Mary, te quería decir que te quiero mucho, que me haces mucha falta”.

Ya por la tarde regresó Juan a su casa. Nunca se había detenido para admirar lo bello que estaba el jardín. Las flores aparecían como sonriéndole. Saludo a su señora con un beso y abrazó a los niños. Pudo darse cuenta al sentarse a la mesa para la cena que tenía una familia admirable. La comida estaba deliciosa y le agradeció a Mary por los detalles culinarios. Sus hijos estaban risueños, aunque todavía no terminaban de estudiar y tendrían tiempo hasta de ver un poco televisión. Carlos, el menor, era un genio para el computador. Juan se sintió feliz. Juan había comenzado a estar despierto. Su gozo, el vivir el “ahora”, la conciencia de la realidad eran síntomas de esa experiencia.

“Si ustedes sufren, están dormidos”. ¿Quieren un signo de que están dormidos? Aquí lo tienen: ustedes sufren. El sufrimiento es un signo de que ustedes no están en contacto con la verdad. El sufrimiento se les da para que se puedan abrir los ojos a la verdad, para que puedan comprender que en alguna parte hay falsedad. El sufrimiento se produce cuando ustedes se estrellan con la realidad. Hay sufrimientos cuando sus falsedades se estrellan con la verdad. De otra manera no lo hay. Juan disfrutó de la felicidad cuando despertó, cuando se dejó invadir por la verdad del mundo que lo rodeaba: su casa, su familia, el trabajo, sus encuentros cotidianos.-

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