IMAGINARIOS AFROCARIBEÑOS



DÍA DE LA MADRE

P. Efraín Aldana S.J.


9 de mayo de 2008

 

Este año tenemos la coincidencia de haberse unido el día de la Madre con Pentecostés. Un signo muy diciente de que la Madre es luz, consuelo, ternura, dulzura, gozo, abrigo, protección, sensibilidad inspiradora, esperanza y fortaleza en nuestro caminar bajo las estrellas y a la vez  anticipo del cielo soñado mas allá de todos los horizontes.

El influjo de la madre lo llevamos siempre en el alma y se perpetúa más allá de la muerte. No podemos ser idealistas y sabemos que no solo recibimos una herencia positiva de ella. Lo bueno o lo malo de nuestro carácter o perfil allí tiene su raíz. Pero aun lo distorsionado en la historia de cada uno va recibiendo otros abonos, otros vientos. Hay otras madres que nos nutren en la vida. Comenzando por la tierra, ancestralmente signo maternal.  De ella recibimos los frutos nutritivos de la vida y nos arrastra al trabajo transformador y creativo y a la vez nos ofrece el abrigo de sus árboles frondosos, la frescura de sus manantiales de agua y la belleza arrolladora de su naturaleza multicolor, con mil formas y texturas.

En la historia de la humanidad ha jugado un papel irremplazable en la lucha por la justicia, por la defensa de la vida y como consecuencia de esto es indispensable en la conquista de la Paz. En el Antiguo Testamento tenemos el ejemplo admirable de la Madre de los Macabeos, quien viendo morir a sus siete hijos, decía al final: “No se como aparecieron ustedes en mis entrañas; no fui yo quien les dio la vida y el aliento, ni quien organizó su cuerpo. Es el creador del mundo, que hizo todas las cosas, quien forma al hombre desde el primer momento. El, en su misericordia, les devolverá la vida y el aliento, pues ustedes, por las leyes de Dios, no piensan en ustedes mismos”.

En el Nuevo Testamento resalta, indudablemente la figura de Maria, Madre forjada por el Espíritu Santo para afrontar con ternura y fortaleza la misión de ser Madre de Jesús de Nazareth, quien aprendió de ella la compasión, la fidelidad, la capacidad heroica de amar hasta la muerte. Su hijo, aun siendo el hijo de Dios se sometió a las leyes humanas y aprendió de los grandes testimonios.

En la vida moderna no podemos olvidar las madres de la plaza de Mayo en Argentina  quienes con el pañuelo blanco en la cabeza y el ardor materno en el corazón han luchado año tras año por rescatar a los desaparecidos durante la represión de la dictadura militar.

En Colombia son muchos los ejemplos. Las madres de los secuestrados en Miraflores, quienes remontaron el Caguán, se tomaron la Plaza de Bolívar, la del 20 de Julio, la Defensoria del Pueblo y consiguieron la liberación de soldaos secuestrados por la Farc. Las madres de victimas de los Montes de María, las Candelarias de Medellín, defensoras de la dignidad de las victimas de la violencia, quienes hace poco recibieron el premio Nacional de Paz, las “abrazadas” del Oriente Antioqueño. Hoy, el liderazgo para encontrar un intercambio humanitario que libere a secuestrados está en manos de las madres o esposas de ellos.

Cuando se descubrieron las ruinas de Pompeya, sepultada en una erupción del Vesubio, se encontraron petrificadas por la lava estatuas de madres lanzadas sobre los cuerpos de sus hijos, para protegerlos. Y nunca puedo olvidar aquella mujer de un barrio popular de Cúcuta que mantuvo por días y días el cuerpo agonizante de su hijito, ardido de fiebre e imposibilitado de ser acostado en cualquier cama porque su piel no lo resistía. En esa posición, sin poder dormir, protegió los últimos instantes de su vida mortal.

efraldana@yahoo.com

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