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Este
año tenemos la coincidencia de haberse unido el día de la Madre con
Pentecostés. Un signo muy diciente de que la Madre es luz, consuelo,
ternura, dulzura, gozo, abrigo, protección, sensibilidad inspiradora,
esperanza y fortaleza en nuestro caminar bajo las estrellas y a la vez
anticipo del cielo soñado mas allá de todos los horizontes.
El
influjo de la madre lo llevamos siempre en el alma y se perpetúa más
allá de la muerte. No podemos ser idealistas y sabemos que no solo
recibimos una herencia positiva de ella. Lo bueno o lo malo de nuestro
carácter o perfil allí tiene su raíz. Pero aun lo distorsionado en la
historia de cada uno va recibiendo otros abonos, otros vientos. Hay
otras madres que nos nutren en la vida. Comenzando por la tierra,
ancestralmente signo maternal. De ella recibimos los frutos nutritivos
de la vida y nos arrastra al trabajo transformador y creativo y a la vez
nos ofrece el abrigo de sus árboles frondosos, la frescura de sus
manantiales de agua y la belleza arrolladora de su naturaleza
multicolor, con mil formas y texturas.
En la
historia de la humanidad ha jugado un papel irremplazable en la lucha
por la justicia, por la defensa de la vida y como consecuencia de esto
es indispensable en la conquista de la Paz. En el Antiguo Testamento
tenemos el ejemplo admirable de la Madre de los Macabeos, quien viendo
morir a sus siete hijos, decía al final: “No se como aparecieron
ustedes en mis entrañas; no fui yo quien les dio la vida y el aliento,
ni quien organizó su cuerpo. Es el creador del mundo, que hizo todas las
cosas, quien forma al hombre desde el primer momento. El, en su
misericordia, les devolverá la vida y el aliento, pues ustedes, por las
leyes de Dios, no piensan en ustedes mismos”.
En el
Nuevo Testamento resalta, indudablemente la figura de Maria, Madre
forjada por el Espíritu Santo para afrontar con ternura y fortaleza la
misión de ser Madre de Jesús de Nazareth, quien aprendió de ella la
compasión, la fidelidad, la capacidad heroica de amar hasta la muerte.
Su hijo, aun siendo el hijo de Dios se sometió a las leyes humanas y
aprendió de los grandes testimonios.
En la
vida moderna no podemos olvidar las madres de la plaza de Mayo en
Argentina quienes con el pañuelo blanco en la cabeza y el ardor materno
en el corazón han luchado año tras año por rescatar a los desaparecidos
durante la represión de la dictadura militar.
En
Colombia son muchos los ejemplos. Las madres de los secuestrados en
Miraflores, quienes remontaron el Caguán, se tomaron la Plaza de
Bolívar, la del 20 de Julio, la Defensoria del Pueblo y consiguieron la
liberación de soldaos secuestrados por la Farc. Las madres de victimas
de los Montes de María, las Candelarias de Medellín, defensoras de la
dignidad de las victimas de la violencia, quienes hace poco recibieron
el premio Nacional de Paz, las “abrazadas” del Oriente Antioqueño. Hoy,
el liderazgo para encontrar un intercambio humanitario que libere a
secuestrados está en manos de las madres o esposas de ellos.
Cuando
se descubrieron las ruinas de Pompeya, sepultada en una erupción del
Vesubio, se encontraron petrificadas por la lava estatuas de madres
lanzadas sobre los cuerpos de sus hijos, para protegerlos. Y nunca puedo
olvidar aquella mujer de un barrio popular de Cúcuta que mantuvo por
días y días el cuerpo agonizante de su hijito, ardido de fiebre e
imposibilitado de ser acostado en cualquier cama porque su piel no lo
resistía. En esa posición, sin poder dormir, protegió los últimos
instantes de su vida mortal.
efraldana@yahoo.com
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