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Regresando en las
últimas horas de la tarde a mi parroquia de Santa Rita, pasé por la zona
de la Tenaza, entre el mar y la muralla. Me llené de alegría y
admiración. Encontré un grupo grande de niños con sus padres elevando
barriletes o cometas. El cielo aparecía cubierto por trazos multicolores
y de formas artísticas, llenas de seducción para los niños y también
para los adultos.
En ese momento me llegó
el recuerdo de aquella tarde del mes de agosto, cuando mi padre tuvo que
salir corriendo cargando mi cuerpo de niño, para salvarme de un ataque
de asma. La brisa húmeda del mar siempre me ha producido este mal
alérgico.
En fin, este episodio
mezcla de belleza y de recuerdo doloroso, me hizo reflexionar sobre el
misterio de la vida. La realidad del espíritu me invadió el corazón: El
nos levanta de la tierra, nos eleva de las pasiones rastreras de la
existencia. Es signo de la forma de actuar de ese Espíritu que requiere
de nosotros liviandad, disponibilidad, docilidad a la llamada de Dios.
El resultado de esta
disposición es la muralla multicolor que aparece con los barriletes
flotando arriba, por el cielo. Pero también es necesario que sean
varios. Uno solo no es tan bello, ni llama la atención. Mostrando la
belleza de lo comunitario.
También recordemos que
para que permanezcan elevados necesitan del cordel, sostenido desde la
tierra. Esto es claro indicio de que cuando actúa el Espíritu no nos
hace remontar en las alturas sin contacto con la realidad terrena.
En cierta ocasión un
Rey, sabio y generoso realizó un concurso con los niños. A todos los que
iban acudiendo para competir les entregó tiras de madera y pedazos de
cartón de varios colores. El desafío era construir el “barrilete” más
hermoso y el que alcanzara elevarse más alto. Bueno y comenzaron la
tarea cientos y cientos de niños. Hubo muchos que amparados por sus
padres compraron astillas de bambú, muy livianas, y papeles de seda
transparentes de múltiples colores. Otros, tuvieron la habilidad de
cambiar los listones pesados de madera por otros que fueran de
consistencia balsa o de poco peso y los cartones de colores fueron
cambiados por celofanes o papeles transparentes, livianos, de bellos
colores. Hubo un solo niño que prefirió someter las tiritas de madera
al fuego y luego alisarlas para que perdieran peso y a los cartones los
introdujo en tanques de agua y posteriormente les dio golpes y más
golpes hasta que se pusieran suaves y maleables sin perder su color. Ya
con esta materia prima se dedicó a confeccionar su “barrilete”. Esta fue
la acción más demorada pero la que llamó la atención.
Cuando el día final del
concurso se elevaron las “cometas” hacia el cielo la que más soportaba
el calor del sol y la humedad de la brisa era aquella que había sufrido
el rigor del fuego sobre la madera y el agua sobre el papel. Además bien
se supo quienes habían pagado dineros por fuera o efectuado negocio con
el material recibido. La creatividad sencilla y ardua del último niño
había triunfado.
Lo que más puede darnos
idea de la acción del Espíritu es el viento y para aprovecharlo debemos
aprender las lecciones del “barrilete”. Por algo son los preferidos de
los niños y nos invitan a ser ligeros de equipaje, a despojarnos de
tantos lastres de la vida. Pero también nos llaman a saber trabajar con
el ardor y la constancia del fuego, la resistencia a los golpes y
dejarnos entrapar por la mansedumbre de todo lo que nos llega como el
agua de la fuente.
efraldana@yahoo.com
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