IMAGINARIOS AFROCARIBEÑOS


 

EL BARRILETE

P. Efraín Aldana S.J.

27 de agosto de 2006

 


Regresando en las últimas horas de la tarde a mi parroquia de Santa Rita, pasé por la zona de la Tenaza, entre el mar y la muralla. Me llené de alegría y admiración. Encontré un grupo grande de niños con sus padres elevando barriletes o cometas. El cielo aparecía cubierto por trazos multicolores y de formas artísticas, llenas de seducción para los niños y también para los adultos.

En ese momento me llegó el recuerdo de aquella tarde del mes de agosto, cuando mi padre tuvo que salir corriendo cargando mi cuerpo de niño, para salvarme de un ataque de asma. La brisa húmeda del mar siempre me ha producido este mal alérgico.

En fin, este episodio mezcla de belleza y de recuerdo doloroso, me hizo reflexionar sobre  el misterio de la vida. La realidad del espíritu me invadió el corazón: El nos levanta de la tierra, nos eleva de las pasiones rastreras de la existencia. Es signo de la forma de actuar de ese Espíritu que requiere de nosotros liviandad, disponibilidad, docilidad a la llamada de Dios.

El resultado de esta disposición es la muralla multicolor que aparece con los barriletes flotando arriba, por el cielo. Pero también es necesario que sean varios. Uno solo no es tan bello, ni llama la atención. Mostrando la belleza de lo comunitario.

También recordemos que para que permanezcan elevados necesitan del cordel, sostenido desde la tierra. Esto es claro indicio de que cuando actúa el Espíritu no nos hace remontar en las alturas sin contacto con la realidad terrena.

En cierta ocasión un Rey, sabio y generoso realizó un concurso con los niños. A todos los que iban acudiendo para competir les entregó tiras de madera  y pedazos de cartón de varios colores. El desafío era construir el “barrilete” más hermoso y el que alcanzara elevarse más alto. Bueno y comenzaron la tarea cientos y cientos de niños. Hubo muchos que amparados por sus padres compraron  astillas de bambú, muy livianas, y papeles de seda transparentes de múltiples colores. Otros, tuvieron la habilidad de cambiar los listones pesados de madera por otros que fueran de consistencia balsa o  de poco peso y los cartones de colores fueron cambiados por celofanes o papeles transparentes, livianos, de bellos colores. Hubo un solo niño que prefirió someter las tiritas de  madera al fuego y luego alisarlas para que perdieran peso y a los cartones los introdujo en tanques de agua y posteriormente les dio golpes y  más golpes hasta que se pusieran suaves y maleables sin perder su color. Ya con esta materia prima se dedicó a confeccionar su “barrilete”. Esta fue la acción más demorada pero la que llamó  la atención.

Cuando el día final del concurso se elevaron las “cometas” hacia el cielo la que más soportaba el calor del sol y la humedad de la brisa era aquella que había sufrido el rigor del fuego sobre la madera y el agua sobre el papel. Además bien se supo quienes habían pagado dineros por fuera o efectuado negocio con el material recibido. La creatividad sencilla y ardua del último niño había triunfado.

Lo que más puede darnos idea de la acción del Espíritu es el viento y para aprovecharlo  debemos aprender  las lecciones del “barrilete”. Por algo son los preferidos de los niños y nos invitan a ser ligeros de equipaje, a despojarnos de tantos lastres de la vida. Pero también nos llaman a saber trabajar con el ardor y la constancia del fuego, la resistencia a los golpes y dejarnos entrapar por la mansedumbre de todo lo que nos llega como el agua de la fuente.

efraldana@yahoo.com

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