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Hay momentos de silencio
y momentos para hablar, como existen los de alegría o de dolor. Tiempo
de plantar y tiempo de arrancar. También es cierto que el silencio es
más elocuente que las palabras. La experiencia nos va enseñando todo lo
anterior. Principalmente Jesús nos demostró ante Pilatos la eficacia del
silencio. Estaba al borde de la muerte. Se jugaba la vida. Prefirió
callar, antes que definir o tratar de explicar que era la verdad.
Esta sabiduría empleada
por el hombre que llegó a penetrar el corazón de tantos con su palabra
vibrante y subyugante, que convencía y convertía, nos debe estremecer
para penetrar un poco en el valor y el misterio del silencio.
Recordemos que en todo lo
creado prevalece el silencio. La inmensidad del cosmos brilla por su
silencio. Si nos colocamos en el centro del mar o del desierto, la mayor
parte del tiempo reinará ese silencio. Cuando pasamos a la vida, si
sumamos el silencio de las noches, a los silencios de la soledad, de la
reflexión, de la oración, nos podremos dar cuenta que necesitamos
ocuparnos la mayor parte del tiempo en él.
Es mucha la palabrería
inútil que sale de nuestros labios. Si sacudimos el álbum de las
palabras proferidas, para quedarnos con lo esencial, es muy poco lo que
queda. Cada sentencia, cada idea, cada palabra, debe estar precedida por
un largo silencio. La palabra pronunciada es como el agua que cae sobre
la tierra: no se puede rescatar. Nos podremos arrepentir de lo dicho,
pero nunca de los silencios.
El silencio armoniza,
decanta, pacifica, nos ilumina, nos hace pacientes, profundos y
transparentes en el alma. Por ejemplo, están los místicos cristianos y
los de las grandes religiones orientales. San Juan de la cruz
inmortalizó aquella "noche oscura del alma". Santa Teresita, "la
infancia espiritual". Eckart, la nube del no saber. Los budistas, con el
"satori". En todos resplandece el silencio de la nada. Como decía Santa
Teresa, "así como Dios nos creó de la nada, tenemos que estar vueltos
nada para que El pueda crear con nosotros".
Existía una isla
maravillosa, donde todos los campaneros del mundo habían llevado lo
mejor de sus obras de arte. Allí pudieron reunirse las campanas de
todos los tamaños y aleaciones, con los timbres más armoniosos. Resultó
que la isla fue sepultada por el mar. Existía la tradición que en una
playa cercana podía escucharse el concierto más hermoso producido por
esas antiguas campanas sepultadas. Un hombre curioso se acercó a esa
playa y nada que escuchaba. Volvió repetidas veces con el mismo
resultado negativo. Estaba a punto de perder toda esperanza, cuando un
día, en el silencio de la mañana divisó la cara sonriente de otro
hombre que sí la detectaba. Animado por ese testimonio, volvió y volvió,
hasta que el sonido de las campanas se escuchó. El concierto resucitó.
El anterior relato nos
demuestra como el silencio paciente hace el milagro. Es necesario que
el testimonio de otro, nos anime en nuestra búsqueda. El silencio es a
la vez una búsqueda, una apertura a los demás y al infinito. Es sintonía
con uno mismo y con la vida. Nos enseña a descubrir dónde estamos, a
encontrar las palabras y las acciones más acertadas. Es creación. Camino
de gozo, de paz y plenitud.
El silencio de María fue
más fecundo que todas las palabras de Platón o Aristóteles. La sentada
del Zen busca ese silencio interior que recrea la vida. Nacimos y
morimos en un silencio creador, que precede al grito de la vida
efraldana@yahoo.com
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