IMAGINARIOS AFROCARIBEÑOS



EL SILENCIO


P. Efraín Aldana S.J.


28 de mayo de 2007

 


Hay momentos de silencio y momentos para hablar, como existen los de alegría o de dolor. Tiempo de plantar y tiempo de arrancar. También es cierto que el silencio es más elocuente que las palabras. La experiencia nos va enseñando todo lo anterior. Principalmente Jesús nos demostró ante Pilatos la eficacia del silencio. Estaba al borde de la muerte. Se jugaba la vida. Prefirió callar, antes que definir o tratar de explicar que era la verdad.

Esta sabiduría empleada por el hombre que llegó a penetrar el corazón de tantos con su palabra vibrante y subyugante, que convencía y convertía, nos debe estremecer para  penetrar un poco en el valor y el misterio del silencio.

Recordemos que en todo lo creado prevalece el silencio. La inmensidad del cosmos brilla por su silencio. Si nos colocamos en el centro del mar o del desierto, la mayor parte del tiempo reinará ese silencio. Cuando pasamos a la vida, si sumamos el silencio de las noches,  a los silencios de la soledad, de la reflexión, de la oración, nos podremos dar cuenta que necesitamos ocuparnos la mayor parte del tiempo en él.

Es mucha la palabrería inútil que sale de nuestros labios. Si sacudimos el álbum de las palabras proferidas, para quedarnos con lo esencial, es muy poco lo que queda. Cada sentencia, cada idea, cada palabra, debe estar precedida por un largo silencio. La palabra pronunciada es como el agua que cae sobre la tierra: no se puede rescatar. Nos podremos arrepentir de lo dicho, pero nunca de los silencios.

El silencio armoniza, decanta, pacifica, nos ilumina, nos hace pacientes, profundos y transparentes en el alma. Por ejemplo, están  los místicos cristianos y los de las grandes religiones orientales. San Juan de la cruz inmortalizó aquella "noche oscura del alma". Santa Teresita, "la infancia espiritual". Eckart, la nube del no saber. Los budistas, con el "satori".  En todos resplandece el silencio de la nada. Como decía Santa Teresa, "así como Dios nos creó de la nada,  tenemos que estar vueltos nada para que El pueda crear con nosotros".

Existía una isla maravillosa, donde todos los campaneros del mundo habían llevado lo mejor de sus obras de arte. Allí  pudieron reunirse las campanas de todos los tamaños y aleaciones, con los timbres más armoniosos. Resultó que la isla fue sepultada por el mar. Existía la tradición que en una playa cercana podía escucharse el concierto más hermoso producido por esas antiguas campanas sepultadas. Un hombre curioso se acercó a esa playa y nada que escuchaba. Volvió repetidas veces con el mismo resultado negativo. Estaba a punto de perder toda esperanza, cuando un día, en el silencio de la mañana  divisó la cara sonriente de otro hombre que sí la detectaba. Animado por ese testimonio, volvió y volvió, hasta que el sonido de las campanas se escuchó. El concierto resucitó.

El anterior relato nos demuestra como el silencio paciente hace el milagro. Es necesario  que el testimonio de otro, nos anime en nuestra búsqueda. El silencio es a la vez una búsqueda, una apertura a los demás y al infinito. Es sintonía con uno mismo y con la vida. Nos enseña a descubrir dónde estamos, a encontrar las palabras y las acciones más acertadas. Es creación. Camino de gozo, de paz y plenitud. 

El silencio de María fue más fecundo que todas las palabras de Platón o Aristóteles. La sentada del Zen  busca ese silencio interior que recrea la vida. Nacimos y morimos en un silencio creador, que precede al grito de la vida

efraldana@yahoo.com

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