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Entendemos por “sufrimiento” todo dolor espiritual o material, toda
herida psicológica no sanada, todo fracaso, todos aquellos sin-sentidos
que nos desgarran el alma.
Dios
no nos creó para sufrir. Jesús instauró el Principio de su predicación
salvífica en una lucha contra el mal, lo demoníaco, que no es otra cosa
que aquello que está en desarmonía. Buscó la unidad, la energía
equilibrada y armónica. Irradió la Luz para disipar las oscuridades o
sombras de la vida. Jesús sufrió por culpa del hombre y su poder
codicioso y arrogante, el abandono, el fracaso y el dolor, hasta el
extremo de la cruz. El misterio de esta aceptación la encontramos en
estas bellas frases de Teilhard de Chardin, en el prólogo de su libro
“La Energía espiritual del Sufrimiento”: “Oh, Margarita, hermana mía,
mientras yo entregado a las fuerzas positivas del universo, recorría
mares y continentes, apasionadamente atento a ver salir todos los
matices de la tierra, tú, inmóvil, tendida en una cama, ibas
metamorfoseando silenciosamente en luz, en lo más profundo de ti misma
las sombras más terribles del Mundo. Dime, delante del Creador ¿cuál de
nosotros dos habrá escogido la mejor parte?”
Desde esta aceptación amorosa, Jesús en la cruz pudo convertirla en esa
energía silenciosa que vence la maldad del mundo.
El
sacrificio o el sufrimiento no pueden tener un valor en sí mismos.
Entendido así se convierte en una peligrosa perversión del sentido de la
cruz. La verdadera concepción de éste debe ser: hacia el progreso por el
esfuerzo, por la superación o crecimiento. Es curioso que el signo de la
+, también significa más.
Somos unidad de materia y espíritu. Somos una sola energía que va siendo
más armónica y convergente, dejando a un lado el desperdicio entrópico
de lo irrecuperable.
En
la vida de la Iglesia, desafortunadamente hemos tenido largos períodos
de la falsa comprensión de este significado santo del dolor. Por culpa
del maniqueísmo, que separaba lo material de lo espiritual, como algo
malo y demoníaco, el mismo cuerpo debía purificarse con cilicios y
disciplinas.
Desde antes de mi ordenación sacerdotal, viviendo junto al pueblo
pobre, he podido ir descifrando su inmenso contenido humano y divino.
Allí he tenido esa escuela que me ha enseñado como preñar de sentido a
todo dolor físico, moral, psicológico o espiritual.
Hay
que ver como mi gente del barrio sigue alegre, llena de buen humor y de
esperanza. En medios sus tambores y sus danzas, sus cuerpos expresan la
libertad que tantos poderes intentan sofocar. Pero también con ellos
está su espíritu lleno de resistencia cimarrona.
Para
obtener este estado transformador del sufrimiento es necesario perdonar,
no irritarse, tener paciencia, confianza en el corazón, pensar
positivamente y sobretodo amar sin reservas.
Tengo actualmente varios amigos del alma, quienes tendidos en sus lechos
resisten amorosamente esta arremetida del sufrimiento. Tengo la certeza
de que están transfigurando en luz sus tinieblas, las mías y las del
mundo entero. Es la metamorfosis luminosa que engendra el sufrimiento.
Precisamente aquellos amigos que recuerdo por alegría contagiosa han
sido los más sufridos que he conocido. Alfredo Vargas, Tere la de Pablo
VI, Toño Calle, por sólo decir algunos.
Lo
que se oponga al sufrimiento no va a ser la alegría o el gozo. Hay
sufrimientos que no causan tristeza. De estos estoy hablando. Llegar a
asimilar este “misterio” es el desafío más grande de la vida.
efraldana@yahoo.com
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