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Jesús subió al Padre
para completar la obra salvífica realizada desde la cruz y la
resurrección. Luego al enviar el Espíritu Santo sigue extendiendo sobre
el mundo esa acción transformadora y plenificante de la vida.
Sólo comencé a penetrar
la comprensión de este Misterio santo por la explicación que recibí de
Anita, mujer enferma que apenas puede caminar apoyada en su bastón,
pobre, sola, pasando hambre, pero siempre sonriente. Una vez les
pregunté a varias señoras que se reunían en las faldas de la Popa de
Cartagena, qué quería decir “salvarse”. Anita respondió: “Resulta que
yo era boquisucia, malgeniada, dura de corazón y cuando alguien se me
acercaba me sentía agredida, me llenaba de odio y parecía que el diablo
me visitaba. Ahora es todo lo contrario; experimento una gran felicidad
al ver que alguien llega donde mí, veo a esa persona como
resplandeciente. Ese cambio se lo debo al crecimiento de una semillita
que un Padre, muy querido, sembró en mi alma y el arbolito ha ido
creciendo hasta ser frondoso y bello. Los pajaritos se posan en sus
ramas y los que se me acercan encuentran sombra y una amable acogida”.
Este relato me resume lo que es la Ascensión del ser humano.
Existe una savia divina
que nos va haciendo ascender en la existencia. Esta energía interior
equivale al esfuerzo humano como médula sagrada del universo. Pero este
esfuerzo no es un mérito propio sino gratuidad del Padre que
amorosamente nos atrae. Se trata de ir cumpliendo ese desafío de
destruir tanto el mal físico como el moral para que triunfe el amor y
la vida plena resplandezca. Muchas veces puede aparecer el dolor, el
sufrimiento y hay que aprender a transformarlo con la fuerza espiritual
y con la técnica científica.
El ascenso en un mundo
tan complejo se torna cada vez menos vertical y transparente. Este
progreso ascendente se carga de contratiempos, dificultades y altibajos.
Como diría Teilhard de Chardin “porque no hay cumbres sin abismos y
cualquier energía es igualmente capaz para el bien o para el mal, Todo
cuanto se hace, sufre o peca. La verdad con respecto a nuestra actitud
en este mundo es que estamos allí crucificados”.
Podemos decir que la
“ascensión” es esa superación personal, comunitaria y cósmica que va en
continua convergencia hacia la plenitud de la vida. Ha de ir pasando
por sombras y luces, triunfos y fracasos, errores y aciertos,
lágrimas y sonrisas, que nos van haciendo más humildes y a la vez más
llenos de esperanza en el sentido positivo del actuar humano.
Debemos en este
compromiso hacia más-ser trabajar por extraer del mundo todo lo que el
Mundo puede contener de verdad y de energía. La vida se convierte así no
sólo en un camino ascendente sino en una fiesta, que debemos saber
disfrutar con alegría.
Para poder ascender en
la vida es necesaria la solidaridad. Es un proceso no individualista
sino comunitario; debemos entrar en comunión con los demás y con el
universo entero. También se precisa la paciencia, pues no se trata de
una actividad industrializada sino semejante al crecimiento de los
árboles. ¿Qué pasaría si queriendo acelerar el crecimiento natural de
una plantica la halamos? Además, todo lo que va sucediendo en esta
maravilla de la evolución silenciosa de la vida es totalmente gratuito.
No nos corresponde ninguna exigencia.
Los árboles crecen
llenos de nudos y de heridas. La savia, el sol, el agua y los vientos se
van encargando de sanarlos por dentro y por fuera. También nos toca
humildemente dejarnos sanar. Necesitamos comprensión, mucha misericordia
con nosotros mismos, con los demás y con el cosmos que nos mantiene en
su seno. Todo debe ser un proceso lleno de ternura y adoración.-
efraldana@yahoo.com
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