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La creatividad es un valor
humano muy precioso y divino. Es lo que más nos acerca a la acción de
Dios: crear. Santa Teresa decía que “así como Dios nos creó de la nada,
tenemos que estar vueltos “nada” para poder “crear”. Sin embargo
creemos que esa aseveración se refiere más al despojo y a la humildad y
no tanto a las condiciones socioeconómicas. Al contrario, necesitamos un
cierto nivel de satisfacción corporal, psíquica y espiritual para poder
producir. Somos energía y si no la cargamos no funciona.
También es necesario un
estado interior de gozo, de satisfacción personal o autoestima para que
se desencadene nuestra fuerza creadora. Para esa sensación de gozo es
necesaria la relajación, la ausencia de tensiones, la alegría de la
vida, el optimismo y especialmente la armonía. Vivir en el agite, en la
angustia de la sobrevivencia o bajo tensiones internas y externas no es
apropiado para un ambiente de creatividad. Los grandes artistas del
Renacimiento necesitaron de mecenas generosos que los apoyaron. Con
hambre y sin techo, con urgencias económicas o psicológicas no podemos
dar rienda suelta a la inventiva.
La creatividad nos hace
libres y a la vez siendo libres nos volvemos creativos. A través de la
cultura se han producido grandes liberaciones. La gesta liberadora de la
Biblia, representada en la marcha del pueblo judío, desde la esclavitud
de Egipto hasta la Tierra Prometida se mantuvo con la memoria de grandes
himnos que alentaban el camino libertario. Por las noches el pueblo los
escuchaba. Entre ellos pueden resaltarse el Himno de Moisés, el de
Judith, y el de Débora. Más cercano a nosotros tenemos la marcha de los
zapatistas, desde las selvas de Chiapas hasta el zócalo de México.
Mediante signos y cantos recordaban los sufrimientos padecidos, el
olvido a que fue sometido por parte del gobierno y sus derechos
silenciados.
La creatividad mantiene viva
la memoria cultural de los pueblos destacando la vivencia de lo
cotidiano y la celebración de los eventos destacados en su historia. No
solo rescata las raíces sino que alimenta el crecimiento del árbol
cultural. Esta creatividad echa mano de lo gestual, de lo simbólico para
construir imaginarios colectivos. En este sentido lo colectivo ha de
tornarse en participación ciudadana, en apropiarse de lo público, de la
calle, de la ciudad, para crear solidaridades que vayan abriendo un
mundo nuevo, donde quepamos todos, con equidad y justicia.
La creatividad aporta caminos
de paz, oxigenando la vida y sanando la sociedad rota y asfixiada.
Cuando aparecen nuevos espacios y oportunidades comenzamos a rescatar la
esperanza.
La creatividad necesita del
amor y a la vez lo suscita. Cuando uno haya sido tocado por esa emoción
primaria del amor, la imaginación se enardece, las imágenes brotan, los
sueños nacen permanentemente y la vida se embellece por los colores y
espacios que aparecen en el horizonte. Comienzan a desaparecer los
miedos y nos sentimos cargados de energía. Aquí se encuentra un punto
clave de la creatividad: la fuerza energética, chispa divina que nos
asemeja al creador. Toda ella es como un surtidor que se difunde en
armoniosa cadencia. La energía es armonía, es arte creador que revela
toda la dinámica amorosa que llevamos en el alma.
Como vemos, la creatividad
diluye los miedos, aumenta la autoestima y el gozo existencial. Es
conveniente apoyarnos en la lúdica para superar los miedos y aumentar la
creatividad. Cuando jugamos no nos aterra equivocarnos, no sentimos la
amenaza del castigo. Si alguien comete un error se recibe entre risas y
festejos.
La creatividad disipa los
males de este mundo, llenándonos de esperanza y felicidad.
efraldana@yahoo.com
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