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Hemos sido creados para
ser felices. No hay lógica que algo creado con amor, para cumplir una
misión tan importante: ser cocreador y transformador del mundo, tenga
una finalidad autodestructiva y de dolor. El sufrimiento es causado por
una desarmonía, engendrada por el mismo hombre.
Este tema de la
felicidad ha sido tocado en la literatura, la música, la psicología, la
teología. Es tan importante para la vida como el amor y la paz. Además
tiene con ellas una relación muy estrecha. Es muy significativo que los
cantores y poetas y el mismo Evangelio de Jesús lo presenten como una
tensión que invita a la esperanza. “Canto alegre del que espera un nuevo
día”…. “Felices los que sufren, porque ellos han de recibir el
consuelo”( Mt 5.4). Recordemos que los momentos más felices de nuestra
vida siempre estuvieron precedidos por el vacío, la amargura o el dolor.
Precisamente, porque como la paz y el amor es una conquista y un don que
se manifiesta como luz tras la tormenta.
Conseguimos la
felicidad cumpliendo la voluntad de Dios. El problema está en saber
encontrar ese camino. Este proceso llamado “discernimiento” tiene pasos
claves que nos dan luz para poder acertar. Un punto de arranque es la
transparencia de nuestro ser que se va consiguiendo con una permanente
vigilancia de la vida interior. Si no nos hacemos trampa, si nos jugamos
limpio, comenzaremos a ser felices. Como el camino es largo, tenemos que
ser ligeros de equipaje, contentarnos con poco, pero sabiendo saborear
las cosas pequeñas, los detalles sencillos de la vida. Disfrutar el Hoy,
sin ansiedades por el futuro ni nostalgias por el pasado. Además,
debemos sentirnos útiles en lo que hacemos. No se trata de ser
efectivos sino fecundos, lo cual no se consigue con brillos externos,
sino con la paciencia, la constancia, con ese silencio escondido del
servicio desinteresado.
Este “discernimiento”
nunca nos debe llevar a los extremos, a ser tan pobres y sacrificados
que aún atentamos contra la salud. Tampoco llegar al extremo en el
exceso en el tener y en el disfrute. Aquí Confucio, Aristóteles, Buda,
Ghandi y Jesucristo nos enseñaron mucho. Confucio era el defensor de la
sinceridad de los propósitos, de la reciprocidad, de la benevolencia y
del amor. Era el hombre que defendía la adquisición del bienestar o
felicidad, mediante la práctica de las virtudes familiares y cívicas.
Aristóteles, afirmaba que la persecución del bien, que es la felicidad,
nacía del equilibrio entre el intelecto y el elemento animal, entre la
razón y la materia. Luego Buda defendió que para vencer el sufrimiento
humano hay que superar las pasiones e irse superando permanentemente
hasta el Nirvana. La Buena Noticia del Reino, en Jesús, va a consistir
en la llegada de ese Reino de Amor o Misericordia que trae el gozo
profundo del alma, para quien es humilde, despojado de encumbramientos y
dócil a la acción del Espíritu. En esta docilidad, como dirá San Ignacio
de Loyola, ha de primar el “Tanto cuanto” o equilibrio de tanto disponer
de un bien, en cuanto lo necesitemos. Creemos también que la Filosofía
de Ghandi, con la No-violencia activa, es la renuncia al extremo de la
violencia, pero guardando un equilibrio interior que lo lleve a atacar
la consciencia del victimario.
En esta búsqueda la paz
debe ser nuestra compañera. Todo aquello que nos produce desasosiego no
es de Dios y por lo tanto no nos conduce a la verdadera felicidad. En
este campo los problemas son inmensitos, pues el inconsciente nos hace
la mala jugada y nos puede mantener en la incertidumbre. Es preciso
mantener una armonía interior, aquí el cuerpo humano juega un papel
importante para evitar todo stress.
efraldana@yahoo.com
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