IMAGINARIOS AFROCARIBEÑOS



LA MUERTE


P. Efraín Aldana S.J.


14 de agosto de 2007

 


Recuerdo que en los días de mi niñez le tenía un miedo espantoso a la muerte. Cuando divisaba a lo lejos un coche mortuorio, que en esos tiempos era tirado por caballos, daba una vuelta bien grande para no pasar delante de él. Hoy, de sacerdote, me cruzo con ella diariamente. Pero siempre guardando distancia, “Bueno”, me digo, “es el otro quien se muere”.

La muerte es un “misterio” tan grande como la vida. Es negación absoluta de ella. La manera como la asumamos va a influir en el sentido que le demos a la vida. La naturaleza entera lleva la impronta de esta realidad ambivalente. No existe “primavera” sin “otoño” y cada “ocaso” prenuncia una “alborada”. Si el sol se oculta en las noches, vuelve a brillar en los amaneceres. Si el grano de trigo  muere bajo tierra, resucita, lleno de vida en una nueva espiga.

Morir, es el acto mas libre que podemos realizar. Es el encuentro definitivo con el creador de la vida o un retorno a la fuente de ella. Por ser incomprensible e inabarcable este momento, solo podemos acercarnos a esta realidad que quema y que a la vez nos conecta al infinito por los epítetos  llenos de humor. Así a la muerte la llamamos “la pelona”, “Estirar la pata”, “colgar los guayos”, “ponerse la pijama de palo”, “pasar a mejor vida”, son sinónimos de morir.

Los místicos la incorporan existencialmente como un encuentro de amor. Teilhard de Chardin  consideró que con la muerte decantábamos lo mejor de nosotros mismos. Es el cedazo que resume y acrisola lo más valioso de la existencia. Un amigo me dijo un día antes de morir, todavía lleno de vida y de ilusiones: “ya tengo ganas de irme a darme ese abrazo de amor con Dios”. El teólogo Karl Rahner defendía que “tras la muerte seguiremos teniendo una relación pancósmica con todo lo creado”. De alguna manera hemos de seguir relacionados con esas huellas de amor que dejamos sobre la tierra. Además somos parte de una misma energía divina que rebasa el límite de la muerte.

Cuando Sidharta, antes de convertirse en Buda, salió de su palacio, donde vivía feliz y protegido de todos los males, se encontró con un hombre que lo llevaban a enterrar y percibió por vez primera el sufrimiento humano. Antes de su iluminación, buscó las formas de superar los sufrimientos, mediante la superación de todo tipo de deseo. En el fondo es morir al apego humano. Jesús de Nazareth también enseñó a luchar contra todo tipo de males mediante la humildad, el desapego y el amor misericordioso. “Había que morir al pecado para resucitar a la vida”. La vida se hacía más fuerte que la muerte, por la fuerza del amor.

Existe una narración oriental  en la cual una viuda, muy desolada por la muerte de su único hijo, se dirigió a Buda y le pidió encarecidamente que le devolviera a su hijo con vida. Buda le contesto que lograría su gran deseo si era capaz de traerle tres granos de trigo de tres hogares, donde no hayan pasado por ese sufrimiento de la muerte de un ser querido. De inmediato la viuda fue de casa en casa. En una le decían: “Tan solo hace dos días que murió nuestro padre”. En otra parte: “Ya hace como un mes que mataron a nuestro hermano, pero lo sentimos como si hubiese sido ayer”. Al fin cansada de buscar, la mujer regreso donde el Maestro y le dijo: “Ni siquiera he conseguido un grano pero ya estoy resignada y tranquila pues me he dado cuenta que a todos le sucede. Segundo, que hay dolores superiores al mío y tercero, las personas, pasado un tiempo, vuelven a su vida normal”.

En el caso de la viuda de Naim que nos cuenta el evangelio, la respuesta de Jesús fue resucitarle al hijo. La fuerza del amor misericordioso que es actuada por el Espíritu no solo tras la muerte física sino en el proceso de la vida nos va resucitando de todas nuestras muertes. Producto de la fe.

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