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La
falta de amor en el universo con los demás y con cada uno, está
produciendo la enfermedad cósmica y personal. Vivimos en un mundo roto:
Un ambiente lleno de polución, bajo un calentamiento constante, en una
sociedad averiada por el egoísmo y con personas que parecen no tener
alma, por la codicia destructiva que abrigan en el corazón. Teilhard de
Chardin había dicho “Después de conquistar el espacio, los vientos los
mares y la gravedad, conquistaremos -en el nombre de Dios- las energías
del amor y ese día, por segunda vez en la historia habremos descubierto
el fuego”
Lo
grave de lo expresado por este profeta actual consiste en que ese fuego
no ha sido de amor constructor sino de guerra destructiva. En esto
consiste la enfermedad actual. Cuando hay afecto se levanta como una
burbuja protectora que defiende al hombre desde la niñez. El amor
también sana de inmediato. Recuerdo aquella fiesta de cumpleaños que
celebrábamos con los menores trabajadores de las faldas de la Popa de
Cartagena. Un niño de apellido Gulfo tenía una fiebre muy alta. Al final
de la partida de la torta, de los cantos de “feliz cumpleaños” y de los
aplausos, quedó totalmente sano.
Además, la energía del amor es contagiosa. En otra ocasión visitábamos a
una cieguita, con las piernas amputadas, quien vivía en un cuartito
pequeño y miserable. Pero Teresa vivía sonriente, siempre alegre,
contando bellas historias. A la salida de esa visita, Chave, otra señora
del barrio me decía: “Mire, Padre Pacho, yo llegué con tristeza y hasta
con dolor de cabeza, pero he salido alegre y llena de esperanza”.
Podemos decir que la enfermedad es la ausencia de esa armonía entre la
mente, el corazón y el espíritu. El cuerpo sano sabe armonizar su
materialidad, su psique, su alma y el entorno. Hay un adagio chino que
dice que nos enfermamos por lo que pensamos, lo que comemos y lo que
heredamos. Podríamos añadirle también por lo que sentimos y aspiramos
del ambiente.
En
resumen, la buena salud no es un estado sino un proceso que busca el
equilibrio para defenderse de las toxinas que le llegan desde fuera a la
mente y al corazón. A la vez hay que mantener la armonía en el
metabolismo, el cual tiene que ver con la digestión, con los estados del
ánimo, a fin de que se expulsen las tensiones y se sostenga el gozo y
la paz.
Para lograr esa armonía saludable de las células, en su funcionamiento,
la medicina “ayurvédica”, como sabiduría de la vida o ciencia de la vida
y de la longevidad, nos habla de las “doshas”: Vata, Pita y Kapha, que
equivalen a la división de cerebrotónico, praxotónico y agapetónico. Los
vatas son las personas delgadas, frías, activas, rápidas que gustan de
lo dulce y lo salado. Los Pitas son los agudos, corpulentos, algo
fuertes, que prefieren el sabor amargo y por último los Kapha son los
gruesos, amables, lentos, calmados, que prefieren el picante. Hay que
tender al equilibrio de los tres. Además armonizarse con las situaciones
mentales que eviten la ira, la droga, la falta de voluntad y activen el
perdón, la creatividad, la satisfacción, la solidaridad, el silencio u
oración.
Como consecuencia una comida equilibrada debe contener los sabores:
Dulce, salado, amargo, astringente y picante y los colores variados:
rojo, blanco, amarillo y azul, principalmente. Debemos, además ir
combinando los cuatro elementos del universo: agua, aire, fuego y la
tierra. Los efectos del primero son tranquilidad, paz y limpieza. Los
del segundo son la suavidad y la inflación que a la vez puede ser
peligrosa, el fuego que da energía y la tierra que convoca al trabajo.
efraldana@yahoo.com
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