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Necesitamos aceptarnos. Esto equivale a no oponernos
a la vida, a perdonarnos y perdonar o comprender a las personas que nos
han herido. Para esto se requiere vivir en contacto con nuestro mundo
interior que permanece sobre el tiempo. Así viviremos en la alegría y el
gozo de un “ahora”, en el presente conciente que nos mantiene
despiertos.
En lo anterior puede resumirse la esencia de la paz y
de la felicidad: Vivir el hoy, despertarnos de nuestra ceguera
existencial, estar agradecidos con la vida, mediante la aceptación del
ser que somos interiormente y a la vez tomar contacto con nuestro cuerpo
físico, para palpar en él la grandeza de la vida. De esta manera los
miedos, los sentimientos de culpa, los resentimientos, los celos, las
angustias, las inseguridades, ansiedades y deseos de venganza o de odio
se disipan. Esto no elimina la asimilación del dolor físico, de la
soledad y de la misma muerte física.
En este proceso de superación personal y de
armonización, de sanación interior y consecución del gozo de la vida, es
importante liberarnos del poder de la mente, y a la vez mirar a nuestro
ser y al universo como un regalo hermoso y desafiante, para amarlo y
seguirlo transformando con la alegría del que se siente humildemente
cocreador, Es el estilo de aquel que se deja llevar de nuevo al “paraiso”,
del que fue expulsado por no querer despertar y dejarse seducir por
aquello que causa un gozo fugaz y engañoso.
Debemos considerar a la mente sólo como un
instrumento; utilizarla tanto cuanto ayude a la aceptación y comprensión
de lo que es importante y clave para cada momento de la vida. A la vez
debemos sentirnos incorporados a un todo que todo lo envuelve, que todo
lo traspasa, que nos hace fluir, entregar las ansias de dominio
personal, sin dejar de ser lo que somos. Muchas veces nos mantenemos
como bloques de hielo, al estilo del iceberg, con los filos agresivos,
como defendiéndonos de los otros. Y solo se nos pide volvernos agua,
para ser asumidos en aquello sobre lo que flotábamos
Ese ejemplo de disolvernos en el agua nos hará
entender mejor la nueva visión de nuestra dimensión humana, que nos
asimila en lo divino. Es aceptar una muerte que nos resucita. Es dejar
expandir esa energía vital o espiritual, para perdernos en el “todo”. De
esta manera el saber vivir equivale al “saber morir”. Decía Locano,
filósofo romano “que los dioses nos habían ocultado la felicidad de la
muerte, para que pudiéramos soportar la vida”.
Cuando nos dejamos llevar por esta opción de vida,
gozamos con la alegría de los demás, con la belleza de la naturaleza,
con la belleza de la música y la danza, con la belleza del cuerpo y su
mediación armónica y gozosa. Nos volvemos de esa manera globalizadores
de la solidaridad, del encanto y la riqueza de la energía que portamos.
Aprendemos a gustar de la cultura autóctona y de la cultura universal.
Aprendemos a percibir más el fulgor de los colores y la grandeza de la
amistad.
Saber vivir es estar despiertos, presentes en el
“hoy”, abiertos a la trascendencia y gozosos de nuestro ser. Es el
aprendizaje constante de sabernos portadores de luz, a pesar de nuestras
sombras; de sentirnos vivos, resucitados a pesar de nuestras muertes; de
sentirnos sanados de nuestras heridas; llenos de alegría aunque existan
motivos de tristeza y portadores de una grandeza, en medio de nuestro
barro. Es saber cantar en la mañana y en la noche con los instrumentos
del alma.-
efraldana@yahoo.com
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