|
|
Del 3 al 10 de
Septiembre celebramos la Semana por la Paz. Esta vez tiene el lema de:
Justicia Social y Reconciliación. Ya sabemos hasta donde ha caído en
nuestro país la Justicia Social. Vivimos en una tierra empobrecida, a
pesar de tener tanta riqueza física y humana. Amartya Sen, premio Nóbel
de economía, definía la pobreza como limitación en la libertad de
acción, por el recorte en el desarrollo de las habilidades. En una
palabra por la ausencia de oportunidades. Ni qué decir sobre la
vivienda, con un déficit de casi 2 millones de unidades, y del estado
deplorable de la salud, con el llamado “paseo de la muerte”. Para no
seguir llenándonos de pesimismos sólo daremos el dato de que $ 3
billones de pesos colombianos se quedan anualmente en manos de los
corruptos. El narcotráfico ha calado en los corazones codiciosos y
sumado a la falta de respeto por la dignidad de la vida ha sembrado el
horror de la violencia.
Esta violencia es un
fenómeno muy complejo, causada por la ausencia del Estado, la
discriminación, factores ambientales y étnicos, la corrupción y aún
aspectos psicológicos, pero principalmente por esta injusticia social.
Además, cuando ella ha dejado heridas en el corazón de las personas por
las muertes, las desapariciones, los secuestros y las torturas, es
importante trabajarle a la “reconciliación”. Ella constituye una nueva
relación donde puedan articularse la verdad y la misericordia, la
justicia y la reparación.
Esta “reconciliación”
no representa un mero abrazo de “perdón y olvido”. Se busca una forma
distinta de perdón, bajo una forma distinta de recordar, no como olvido
sino como construcción del futuro. Tenemos el caso de lo que sucedió en
Argentina tras la amnistía concedida a quienes habían cometido
atrocidades durante la dictadura militar. Por ejemplo, una de las madres
de la Plaza de Mayo decía: “Nosotras perdonamos, pero digamos a quién
para poderlo perdonar. Yo quiero saber quién mato a mi hijo para poderlo
perdonar, porque no puedo perdonar en abstracto, quiero saber a quien
estoy perdonando”.
Impresiona el
comportamiento de Nelson Mandela, quien estuvo 27 años en prisión, 8
totalmente solo e incomunicado en una isla. Sus palabras nunca reflejan
odio, resentimiento, ni venganza. Acciones como estas exaltan la
dignidad del hombre y suscitan la solidaridad.
Es importante desarmar
las palabras, que envenenan el alma y se requiere que no se olvide, para
que resplandezca la verdad, la justicia y se conceda un aprendizaje para
no volver a cometer los mismos errores. En Sudáfrica, en varias
audiencias publicas, se recogían los testimonios vivos de quienes se
consideraban culpables y allí mismo estaban presente las victimas, los
abogados y los mediadores internacionales.
El perdón es así:
dinámica invisible pero real que sólo mira al pasado para aprender de
las heridas sufridas o de las que infringimos a los otros, acepta el hoy
pero no de una manera pasiva sino mirando solidaria y confiadamente al
futuro, iluminado siempre por la dignidad de la vida.
Esta pequeña reflexión
puede ayudar a entender los errores cometidos por el decreto de
“Justicia y Paz”. En este proceso la víctima no es interlocutora
legítima: no puede tener acceso directo a la clarificación de los
hechos. En el caso de Sudáfrica eran las víctimas y no el Estado quienes
conferían el perdón. En Argentina, como explicamos, los familiares de
las víctimas solicitaban conocer el rostro de los victimarios para saber
a quién perdonar. En Colombia muchos están interesados en evitar la
extradición. Otros retornan clandestinamente a las armas. A la vez, el
tiempo de acopio de pruebas es demasiado corto y en la “reparación” la
restitución de tierras a las víctimas y la incautación de bienes a los
victimarios ha sido inoperante.
efraldana@yahoo.com
| |