I. FUNDACIÓN
Cándido de Dalmases, S.J.

1. Origen remoto de la Compañía de Jesús

Hay que buscarlo en el firme propósito de Íñigo de reunir compañeros que participasen de su ideal de 'servir a Dios y ayudar a las almas'.  En Barcelona (1524-1526) se le juntaron Juan de Arteaga, Lope de Cáceres y Calixto de Sa, que le siguieron a Alcalá, en donde se les añadió el francés Jean de Reynalde.  Ninguno de ellos le acompañó a París, pero Íñigo siguió  manteniendo con ellos correspondencia epistolar.  En París decidieron seguir a Íñigo tres estudiantes, a quienes había dado los Ejercicios, aunque después optaron por tomar otros caminos.  Más suerte tuvo con los nueve estudiantes que definitivamente formaron con él aquel grupo de "amigos en el Señor", con los cuales fundó la Compañía de Jesús.  Eran los saboyanos Pedro  Fabro y Claude Jay, los castellanos Diego Laínez, Nicolás de Bobadilla y Alfonso Salmerón, el navarro Francisco Javier, los franceses Jean Codure y Paschase Broèt y el portugués Simão Rodrigues.  Todos ellos hicieron los Ejercicios y pronunciaron el voto de Montmartre, por el que se comprometían a vivir en pobreza y hacer una peregrinación a Jerusalén.  Si no les fuese posible embarcarse en un año, se presentarían al papa, como Vicario de Cristo, para que dispusiese de ellos como lo juzgara conveniente.

Ignacio y sus primeros biógrafos relacionaron en algún modo la fundación de la Compañía de Jesús con las experiencias de Íñigo en Manresa, en especial con la llamada "eximia ilustración" y con los ejercicios del Reino de Cristo y de dos Banderas.  No se puede saber con exactitud lo que vio Íñigo en Manresa sobre su futuro.  Descartando la hipótesis de una premonición de la Compañía de Jesús, que no se ve apoyada por las fuentes más fidedignas, cabe decir que empezó a ver las cosas de un modo distinto.  Sintió que no debía continuar en su plan individualista de buscar la santidad, sino de aplicarse a procurar el bien de las almas con otros que participasen del mismo ideal.  Durante todo el período de sus estudios (1524-1537) se le ve incierto sobre su futuro.  Su intención, y la de sus compañeros, era realizar la peregrinación a Jerusalén y dejar para cuando se encontrasen allí la decisión de quedarse o regresar a Italia.  La peregrinación resultó imposible a causa de la tensión entre Venecia y los turcos, que hacía inviable la navegación por el Mediterráneo.  Entre tanto, mientras esperaban todavía embarcarse, determinaron que recibiesen en Venecia las órdenes sagradas en junio de 1537 aquéllos que no las tenían.

2. Deliberaciones

Reunidos todos en Vicenza, decidieron repartirse por varias ciudades del norte de Italia para ejercer el ministerio sacerdotal y ver si algún estudiante quería juntarse con ellos.  Se iban estrechando cada vez más los lazos que los unían.  Antes de separarse deliberaron sobre qué tenían que responder a quien les preguntase quiénes eran.  Dado que no tenían otra cabeza ni superior que a Jesucristo, pensaron tomar el nombre de Aquél que los había congregado, y llamarse Compañía de Jesús.  Ser compañeros de Jesús era el ideal que los animaba.  Jerónimo Nadal dice que Ignacio se dejaba llevar a donde le conducía el Espíritu sin adelantarse a sus mociones, y que el Espíritu le guiaba suavemente hacia donde él no sabía.  No tenían entonces intención de fundar una nueva orden religiosa. 

3.  Decisión

Frustrada la peregrinación, Ignacio y sus compañeros cumplieron la cláusula del voto, por la que se habían obligado a ponerse a disposición del Papa.  No pudiendo ir a la tierra de Jesús, se pondrían a las órdenes de su representante en le tierra.  Durante su viaje a Roma en noviembre de 1537, Ignacio recibió muchas ilustraciones divinas y, entre otras, oyó una voz interior que le decía: "Yo os seré propicio en Roma".  Encontrándose en la capilla de La Storta, a pocos kilómetros de Roma, tuvo una visión trinitaria, en la que se le presentó el Padre, y Jesús con la cruz a cuestas.  El Padre dijo a Jesús: "Yo que quiero que tomes a éste por servidor tuyo".  Y Jesús, a su vez, volviéndose hacia Ignacio, le dijo: "Yo quiero que tú nos sirvas".  De estas ilustraciones sacó la convicción de que Dios les protegería en las adversidades que encontrasen en Roma.  Al "ser puesto con Jesús", le quedó impreso en el ánimo este Santísimo Nombre.  De aquí que, al fundar la Compañía, no quisiese que llevase otro nombre que el de Jesús.

De mayo a junio de 1539, reunidos los compañeros con Ignacio en Roma, deliberaron sobre su futuro.  Su primera cuestión fue si debía mantenerse aquella unión del grupo formado en París, o dispersarse; la decisión unánime fue que debía mantenerse la unión que Dios había comenzado.  El segundo punto era si debían prestar obediencia a uno de ellos, elegido como superior.  Durante varios días dedicados a la oración y a la deliberación, examinaron los pros y los contras.  Las dificultades eran que el nombre de vida religiosa no sonaba bien en aquellos tiempos, y había peligro de que el Papa les obligase a abrazar la regla de una orden religiosa existente.  Prevalecieron las razones en favor sobre las contrarias y, en consecuencia, decidieron elegir un superior entre ellos.  Ello equivalía a la fundación de una nueva orden religiosa.  Tras determinar otros puntos, pusieron fin a sus deliberaciones el 24 de junio de 1539.

4.  Pasos hacia la fundación

Mientras los compañeros se dispersaban por varias ciudades, enviados por el Papa, Ignacio redactó la Fórmula del Instituto que, en sus cinco capítulos contenía los puntos esenciales de la nueva orden: su fin, sus votos, comprendido el de especial obediencia al Papa, la admisión de los novicios, la formación y sustento de los escolares, la composición del Constituciones, la renuncia al derecho de propiedad y rentas fijas, el rezo del Oficio divino en privado, el uso de penitencias, dejadas a la discreción de cada uno, etc.  A fines de junio o principios de julio de 1539, el cardenal Gaspare Contarini presentó la Fórmula al Papa, quien la sometió al juicio del dominico Tommaso Badia, Maestro del Sacro Palacio Apostólico.  Éste la retuvo un par de meses, tras los cuales escribió que los cinco capítulos eran buenos y santos.  Ignacio envió al joven Antonio de Araoz a Tívoli, donde estaba por aquellos días el Papa, para entregarle los cinco capítulos, con el informe favorable de Badia.  El cardenal Contarini leyó la Fórmula añadiendo: "El Espíritu de Dios está aquí".  Sucedía esto el 3 de septiembre de 1539.  Aquel mismo día el cardenal se apresuró a comunicar la feliz nueva a Ignacio, mediante una carta.

No todos los obstáculos estaban vencidos.  El Papa encargó que se redactase el breve o bula, confiando el asunto al cardenal Girolamo Ghinucci.  Ésta encontró algunas dificultades.  La exclusión del coro y del canto del oficio divino le parecía una innovación que podía ser interpretada como una concesión a los reformadores, críticos de la Iglesia por estas prácticas tradicionales.  El cuarto voto de especial obediencia al Papa le parecía superfluo.

Para salir de aquella situación, el Papa trasladó el asunto al cuidado del cardenal Bartolomèo Guidiccioni.  Por de pronto, su oposición fue aún mayor que la de Ghinucci, porque Guidiccioni no sólo ponía reparos al proyecto que se presentaban, sino que se mostró contrario al hecho mismo de que se fundase una nueva orden religiosa.  En sus escritos se había mostrado partidario de que se observasen en este punto las prescripciones de los concilios Lateranense IV (1215) y Lugdunense (1274) que prohibían la creación de órdenes nuevas.  Cuando Ignacio y los compañeros que se encontraban en Roma fueron a visitar al cardenal, éste no disimuló su disgusto, diciendo que, si leía los cinco capítulos era solamente para cumplir el encargo que le había dado el Papa.

Viendo el sesgo que tomaban las cosas, Ignacio acudió a sus medios habituales: la oración y el recurso a los medios humanos.  Prometió que él y los suyos ofrecerían 3.000 misas en honor de la Santísima Trinidad para obtener aquella gracia.  Escribió, además, mensajes a personas influyentes de varias ciudades, donde habían empezado a trabajar sus compañeros.  Éstas cumplieron el deseo de Ignacio, y enviaron a Roma cartas de recomendación.  Por fin, Guidiccioni se ablandó y acabó por alabar el proyecto de la Compañía de Jesús, al sugerir una solución que facilitó su aprobación:  que se limitase a sesenta el número de los admitidos a la profesión.

 

5.  Realización

Paulo III aceptó el proyecto del cardenal y emitió (27 de septiembre de 1540) desde el Palacio Venecia en Roma la bula Regimini militantis Ecclesiae, con la que quedaba solemnemente aprobada la Compañía de Jesús; en la misma bula se incluyó, con ligeros retoques, la Fórmula del Instituto.  Con la bula Iniunctum nobis (14 de marzo de 1544), el mismo Papa volvió a aprobar la Compañía de Jesús, mientras que quitaba la restricción sobre el número de profesos.

 

FUENTES: FontNar 1-4.  Bröet 451-457.  Nadal 5:884s, 906s.

 

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C. de Dalmases (X)

 

 

 


 

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