VISION GENERAL DE LA HISTORIA DE LA COMPAÑIA DE JESUS EN COLOMBIA ORIGENES DE LA PROVINCIA
 

Alberto Gutiérrez, S.J.



Mientras el avión no modificó las vías de comunicación entre el Viejo y el Nuevo Mundo, la única posibilidad de los viajes transatlánticos era el barco y de allí la importancia estratégica de los puertos como puntos de llegada y de partida. En camino hacia Suramérica, la preeminencia la tenían Cartagena de Indias sobre el Atlántico y Panamá, al otro lado del istmo, sobre el Pacífico. Para ir a Quito, Guayaquil y el Perú, desde Europa, esa era la ruta por el norte.

 

Desde la Navidad de 1567, en Cartagena se empezaron a ver y a escuchar unos clérigos vestidos de negro, y no blancos como los dominicos, ni color café como los franciscanos; habían llegado en barcos españoles, vivían austeramente y dedicaban una gran parte del tiempo de su justo descanso, después del largo viaje, a predicar y confesar. Lo de Cartagena, se repitió en Panamá. Los interesantes sacerdotes así llegados decían pertenecer a la Compañía de Jesús y que su Orden había sido fundada por el Padre Ignacio de Loyola, muerto santamente en Roma, hacía solo 11 años.

 

Si se les preguntaba quien había aprobado su original modo de vida, distinto del de las Ordenes conocidas, sobre todo franciscanos y dominicos, respondían que Paulo III en 1540 y que Julio III lo había confirmado en 1550. Cuando los cartageneros y los panameños se habían aficionado a los ministerios de los jesuitas, estos eran llamados a seguir su camino hacia el sur, animados por las cartas de sus superiores, sobre todo de su General, el Padre Francisco de Borja.

 

En 1568, los jesuitas fundaron la Provincia del Perú y, cuatro años después, la de México. Eran las primeras de la parte hispana de América, obedeciendo con ello, sin duda, a la manera como se desarrolló la colonización del continente, pasada la fase insular antillana. La primera organización del Nuevo Mundo hispano se realizó alrededor de las zonas de las grandes culturas indígenas, la maya-azteca al norte y la incaica al sur. Desde allí se iría irradiando en todos los sentidos, uno de los cuales, sin duda de los más importantes, el medio cultural de los chibchas, en lo que hoy es el centro-oriente de Colombia.

 

Con el suministro generoso de personal jesuítico por parte de las Provincias europeas, y sobre todo de las españolas, pronto las americanas empezaron a extender su influjo: la de México hacia Centroamérica, Cuba y Filipinas, la del Perú hacia Quito, por el norte, Charcas o La Plata, por el este, y Tucumán y Chile, por el sur.

 

 

EXPEDICIONES DE SONDEO HACIA EL NUEVO REINO DE GRANADA

 

 

Al santo General Borja lo sucedió, en 1577, el belga Everardo Mercuriano y, a éste, en 1581, el italiano Claudio Aquaviva cuyo largo generalato de 34 años fue decisivo para el desarrollo de la Compañía en América. Los jesuitas del Perú fundaron, en Quito, Colegio de la Compañía en 1586 y ocho años después les fue confiado el Seminario de San Luis; desde allí, comenzaron una labor misional entre los indígenas del Marañón, del Napo y de vastas zonas del norte de la región de Quito y del sur del Nuevo Reino de Granada.

 

En marzo de 1590, tres jesuitas de Lima, los Padres Francisco de Victoria y Antonio Linero y el Hermano coadjutor Juan Martínez, fueron invitados por el recién nombrado presidente del Nuevo Reino, don Antonio González, para formar parte de la comitiva que lo acompañaría hasta su capital, con la ulterior finalidad de ver la posibilidad de establecer la Compañía en Santafé de Bogotá. En octubre del mismo año, y ya en Santafé, se les unió el P. Antonio Martínez quien venia enviado por el Provincial del Perú como superior del grupo, lo que permite pensar en la seriedad de los propósitos de alguna fundación. No obstante la buena acogida de los santafereños a los jesuitas, el Padre General no juzgó prudente extender el influjo apostólico de la Provincia peruana, escasa de personal para tantas obras como tenía y tan lejanas algunas del centro de gobierno que naturalmente era Lima.

 

Así que el primer intento no produjo los efectos soñados, aunque si el de dar a conocer la Compañía en Santafé, lo que sería importante pocos años después. En 1599, se produjo un segundo intento, pero esta vez desde la Nueva España: el recién nombrado arzobispo para Santafé, don Bartolomé Loboguerrero, quien a la sazón se desempeñaba como inquisidor general de la arquidiócesis de México, pidió al Provincial de la Compañía, P. Esteban Páez, dos sacerdotes que lo acompañaran en el viaje hasta su sede. Después de demoras y obvias dificultades internas de las comunidades de donde se debían sacar los dos destinados, fueron escogidos para la misión dos jóvenes sacerdotes, Alonso Medrano de 33 años y Francisco de Figueroa de 26, ambos en sus comienzos apostólicos en América y de quienes la Provincia mexicana esperaba mucho. El viaje por mar fue terrible y, según el testimonio del propio arzobispo, solo por intercesión del P. Ignacio lograron salvarse de la tempestad.

 

La llegada a Santafé con monseñor Loboguerrero y los meses que siguieron de fecundo apostolado, fueron la ocasión para que la sociedad santafereña, con el propio arzobispo y el gobernador, don Francisco Sande, a la cabeza, pidieran casa y colegio de la Compañía. El arzobispo quería, además, que fueran jesuitas los encargados de su seminario. El futuro no podía ser más promisorio, pero las dificultades parecían insolubles: primero, no había personal para ello; segundo, existía el veto a nuevas obras por parte del General Aquaviva, no por capricho, sino por las comprensibles limitaciones de efectivos jesuíticos para tantas obras que les pedían en el mundo; y, tercero, la corte española había prohibido el establecimiento de nuevas comunidades religiosas en un medio, como el del Nuevo Reino, que se juzgaba ya saturado de misioneros de las órdenes mendicantes: franciscanos, dominicos y agustinos.

 

La única solución con visos de éxito consistía en enviar procuradores a Roma y Madrid para que presentaran los argumentos en pro del establecimiento de la Compañía en el Nuevo Reino y lo negociaran en Roma, con el P. General, y, en Madrid, con los organismos pertinentes del Consejo de Indias. No obstante que no tenían la delegación de su provincial mexicano para ello, todos juzgaron que los lógicos enviados debían ser Medrano y Figueroa. Nada de raro tiene que los documentos que se enviaron a la Curia generalicia y a la Corte recarguen los tintes oscuros del proceso evangelizador con el fin de conmover la conciencia de quienes tenían que analizar la petición e inclinarlos a las solicitadas fundaciones.

 

 

LA VICEPROVINCIA INDEPENDIENTE

 

 

La Congregación provincial de Lima, celebrada en el 1600, dio su visto bueno al establecimiento definitivo de la Compañía en el Nuevo Reino con una entidad independiente y con el carácter que le diera el General. Aunque ya para 1604 se dio permiso para fundar casa de la Compañía en Cartagena y Santafé, Aquaviva se demoró hasta 1605 para decidir que fuera una Viceprovincia independiente y que se conformara con las casas y misiones de la región de Quito y con las de Panamá, misión de Portobelo, Santafé de Bogotá y Cartagena.. Las gestiones de Medrano y Figueroa en Roma y Madrid, a las que se añadió la muy oportuna y autorizada intervención del P. Diego de Torres Bollo, habían dado su fruto, así los dos primeros no hayan podido regresar a América a continuar lo que habían iniciado con tan buen suceso. Seguramente a las lamentaciones por la ausencia de dos jesuitas prometedores y tan meritorios en la gestión de la nueva Viceprovincia se debieron unir las de la Provincia de México que no habían perdido las esperanzas de recuperar dos apóstoles tan jóvenes y comprometidos con la misión americana.

 

Según la costumbre de la época, el P. General enviaba un grupo de jesuitas que le habían pedido ser destinados a la misión para que, bajo la dirección de un superior mayor y unos superiores locales, establecieran la Compañía con carácter legal: a Cartagena llegaron, en el año citado de 1604, los “doce apóstoles” fundadores bajo la autoridad del P. Torres, uno de los grandes de la Compañía en América, y que había recibido el nombramiento de Viceprovincial del Nuevo Reino y Quito.

 

Una vez conocido el terreno y el interés que se tenía por la presencia de jesuitas dedicados a los ministerios que les son propios y, en concreto, la educación y las misiones, el pequeño núcleo de sacerdotes y hermanos comenzó, entre 1604 y 1605 Colegios en Cartagena y en Santafé. Como ya estaba anunciado desde mucho antes, el arzobispo Loboguerrero, por voluntad suya y por mandato del Rey, abrió el seminario, lo puso bajo la advocación de su patrono, San Bartolomé, y lo confió a los jesuitas.

 

El primer Rector del Colegio de la Compañía en Santafé fue el P. Martín de Funes, importante y discutida personalidad que fue nombrado procurador del Perú y de la joven Viceprovincia del Nuevo Reino y Quito ante la 6ª Congregación General, celebrada en Roma en 1608. Teólogo de profesión, había enseñado en Austria y en Italia; en Santafé prestó grandes servicios en la primera organización física del Colegio y en la de los estudios; desgraciadamente en su bien intencionada gestión, sobre todo orientada a establecer un sistema más apropiado para la formación de un clero apto para la misión entre los indígenas, lo hizo caer en desgracia con el General que se opuso al secretismo de Funes al tratar el asunto con el Papa Paulo V. Aquaviva le ordenó alejarse de Roma y le prohibió regresar a Santafé y, en general, a las Indias.

 

Colaboraron en los primeros años del Colegio, a cuyas clases asistían seminaristas y laicos de San Bartolomé, los Padres Bartolomé de Rojas, el segundo rector, Juan Bautista Coluccini, el constructor de la Iglesia de San Ignacio de Santafé, y José Dadey, humanista y profesor de teología; en el Colegio Seminario, inicialmente, solo dos jesuitas se encargaban de la organización y vida espiritual de los colegiales, un sacerdote y un hermano.

 

Desde el comienzo, a las cátedras de latinidad, de artes y de moral, se añadieron las de lenguas indígenas, y en primer lugar, la chibcha para responder a la opción hecha por los primeros jesuitas del Nuevo Reino de evangelizar y culturizar a los indígenas en su propia lengua. El asunto no era sencillo y más de un jesuita escribió al P. General que se trata de la lengua “más difícil que hayan conocido”. Aquaviva siempre animó a sus súbditos del Nuevo Reino para que no desfallecieran, recordándoles que era un asunto de la mayor gloria de Dios.

 

En 1607, en Roma se decidió que se hiciera efectiva la fundación de la Provincia del Paraguay y que el P. Diego de Torres fuera el primer provincial. Con dolor de la Viceprovincia, que se capta en las cartas al General de aquellos años, se dio el paso, no ciertamente fácil, de cambiar superior; por fortuna, el sustituto fue el P. Gonzalo de Lyra, quien, no solo fue acertado en la dirección de sus hermanos, sino que supo orientar los esfuerzos apostólicos de todos hacia la constitución de la Provincia del Nuevo Reino; con miras a la Congregación de procuradores de 1610 el P. Lyra presidió la congregación de la Viceprovincia para nombrar a quien la debía representar en Roma y llevara los “postulados” al P. General. Uno de ellos fue que la Viceprovincia se convirtiera en Provincia y que su provincial tuviera los mismos derechos que el de México y Perú. El procurador elegido fue el P. Luis de Santillán y el sustituto el P. Juan Antonio de Santander.

 

 

LA FUNDACION DE LA PROVINCIA DEL NUEVO REINO DE GRANADA

 

 

Los superiores de Lima, apenas creada la Viceprovincia del Nuevo Reino, manifestaron al P. General que era un error de graves consecuencias para el gobierno y para las misiones entre los maynas desligar a Quito y sus obras de la Provincia peruana. Aquaviva cedió a la instancia, pero dejó la puerta abierta para cuando se estudiara mejor el caso; en consecuencia, pidió una detallada descripción de las regiones interesadas y, sobre todo, un juicio sobre lo más indicado para el gobierno. Como se ha anotado más arriba, se reunió la Congregación de la Viceprovincia en Cartagena y en ella se definieron una serie de postulados para el General que permitieran definir, con su aprobación, el plan apostólico de los jesuitas para los próximos años. Como era de esperarse, se pidió que Quito y sus obras formaran jesuíticamente parte del Nuevo Reino con lo que la Provincia que se solicitaba sería una división madura con colegios, seminarios, misiones entre indígenas y los demás apostolados de la Compañía.

 

El P. General no cedió en lo de Quito, pero si concedió, en abril de 1611, que el Nuevo Reino fuera Provincia, así comenzara con modestos recursos que, según pudo comprobar Aquaviva por los informes de la Congregación, eran suplidos por un celo a toda prueba y por una generosidad de las Provincias europeas que fue factor decisivo para la puesta en marcha de un plan apostólico variado y de vasto alcance. El ya conocido P. Lyra fue nombrado primer Provincial, con las mismas atribuciones que el de Perú y el de México y con la consigna de organizar las casas de formación de los jóvenes jesuitas, de procurar la fundación de los colegios ya incoados en Santafé y Cartagena y de fortalecer el trabajo misional entre los indígenas y los esclavos negros.

 

La flamante Provincia respondió a la confianza que en ella depositó el P. Aquaviva de una manera inesperada y hasta pródiga ya que, según el General, “aun se echaban de menos algunas cosas como para poder decir que la división había llegado a estar plenamente madura”. El entusiasmo por la fundación fue el estímulo para superar las dificultades iniciales: debido a la reintegración de Quito a la Provincia del Perú, la del Nuevo Reino se quedaba sin noviciado, por lo cual el P. Lyra, con autorización de Roma, lo abrió en Santafé, bajo la dirección del P. Sebastián Morillo, con tres novicios y con grandes esperanzas vocacionales. Tantas, que, para 1613, eran 18 lo que motivó el traslado del noviciado a Tunja ya que la casa de Santafé resultaba del todo insuficiente. Con ello, la hidalga Tunja que, con tanto cariño e insistencia, había solicitado la presencia de la Compañía, la lograba con el noviciado y con un colegio.

 

 

VOCACIÓN EDUCATIVA DE LA PROVINCIA

 

 

La vocación definidamente educativa de la Provincia cristalizó en una serie de obras educativas que bien pronto caracterizaron, en gran parte, la presencia jesuítica en el Nuevo Reino. Primero fueron los colegios de Cartagena y Santafé en 1604 y, luego, el no muy definido colegio de Panamá en 1607. Después vendrán, sucesivamente: Tunja (1613), Honda (1620), Pamplona (1625), Mérida de Venezuela (1628), Popayán (1640) y Mompós (1643).

 

Con variantes no esenciales, por entonces, un Colegio de la Compañía era una institución de enseñanza básica que se iniciaba con los estudios de latinidad (gramática, sintaxis, composición), los que suponían alrededor una serie de actividades que se encaminaban a la formación lo más integral posible de las personas: lectura, escritura y contar, lección de memoria, composición, canto, formación religiosa y moral, participación en la congregación mariana y en sus actos de piedad y apostolado. De alguna manera, eran colegios-seminarios en el sentido que allí se preparaban laicos selectos, de entre los cuales surgían los clérigos para las diócesis, no muy numerosas por entonces en el Nuevo Reino, que generalmente carecían de un seminario como el prescrito por el recientemente celebrado Concilio de Trento.

 

Capítulo aparte merece el Colegio de Santafé, no solo por la cantidad y calidad de sus egresados, sino porque, desde el principio fue objeto de especial cuidado, en su organización, contenidos académicos cada vez más amplios y en profesorado, con el fin, expresado muy tempranamente, de que pudiera dar títulos, es decir, de que fuera universidad.

 

 

LA OPCIÓN MISIONAL ENTRE LOS INDIGENAS

 

 

Desde la llegada de los Padres Medrano y Figueroa a Santafé, los jesuitas optaron prioritariamente por el apostolado directo con los habitantes naturales de América, es decir, las tribus aborígenes. Sin dudarlo un momento, se propusieron dos como condiciones indispensables para que ello fuera posible y eficaz: el aprendizaje de las lenguas indígenas y la reducción de los grupos familiares a poblados para superar el ancestral aislamiento. La decisión en materia lingüística no era de sencillo cumplimiento, habida cuenta de que las culturas chibchas propias de la región intermedia entre los mayas y los incas, es decir desde la actual Nicaragua hasta el Ecuador, tenían una enorme variedad de dialectos sin que fueran iguales los que se hablaban en Bacatá (Bogotá) y en Hunsa (Tunja). Por eso, desde muy temprano se vio la necesidad de fundar dos escuelas de lenguas, una para los misioneros de Santafé y otra para los de Tunja.

 

Hoy sigue admirando la rapidez y eficacia con que se abrieron esas escuelas, se compusieron y publicaron gramáticas y diccionarios y se difundieron formularios para la catequesis y las confesiones. Casi se puede decir que el saber una o varias lenguas indígenas se convirtió en condición para ser misionero jesuita en América y en motivo de atracción para los indígenas que veían que aquellos hombres, no solo no les venían a quitar lo suyo, sino que querían ser como ellos y vivir con ellos.

 

Las primeras doctrinas jesuíticas entre los muiscas o chibchas del altiplano oriental andino del Nuevo Reino fueron las de Fontibón y Cajicá en la Sabana de Bogotá, atendidas por los Padres del Colegio de Santafé. En el norte, pronto prosperó la doctrina de Duitama. Con la venida de nuevos jesuitas de Europa y el aumento del noviciado de Tunja, el Provincial pudo empezar a extender la mirada más lejos, hacia zonas en las que erraban grupos indígenas privados de todo contacto con la predicación evangélica y, por tanto, sin catequizar ni bautizar; o hacia tribus que, habiendo recibido el bautismo, por falta de un adecuado seguimiento pastoral, vivían en una confusa mezcla de cristianismo e idolatría.

 

Las misiones de la Compañía en el oriente del Nuevo Reino, los llanos de los grandes ríos de la Orinoquía, se iniciaron en la época del arzobispo Femando Arias de Ugarte, ilustre neogranadino que honró la sede santafereña y que, a pesar de su corto gobierno (16 18-1625), procuró que no quedara un sitio de su jurisdicción sin su visita pastoral, siempre acompañado por jesuitas. Conocedor de los propósitos misionales de la Provincia, el arzobispo Arias les confió las doctrinas de Morcote, Chita, Támara y Pauto que comenzaron con los mejores augurios, tanto por la disponibilidad y celo de los misioneros, como por la entusiasta aceptación de los indígenas que sin problema fueron conformando núcleos de población cada vez más florecientes. Sin embargo, lo que empezó bien duró poco: precisamente el éxito misional atrajo miradas ambiciosas que pretendían hacerse a curatos que, creían, podían producir pingües beneficios económicos. El nuevo arzobispo, Julián Cortázar, compelido por los seculares y por el propio cabildo metropolitano, tomó, en 1629, la fatal decisión de privar de autoridad a los doctrineros jesuitas, retirándoles todas las licencias para administrar los sacramentos.

 

Es un capítulo penoso este de la primera etapa de las misiones de la Compañía en los Llanos: algo que se inició con tan buenas perspectivas y con la bendición arzobispal, se frustró por culpa de intereses en verdad menos apostólicos de ciertos clérigos seculares y menos cristianos de los mercaderes y encomenderos que vieron amenazado su negocio basado en la explotación de los indígenas. La situación duró 30 años, lamentable intervalo en que las doctrinas prácticamente desaparecieron al no hallarse quienes quisieran encargarse de los curatos que no constituían el tal dorado en que se llegó a soñar y si conllevaban una serie impredecible de trabajos y fatigas.

 

Durante la sede vacante, el canónico provisor del arzobispado, don Lucas Fernández de Piedrahita, antiguo alumno de San Bartolomé, volvió los ojos a la Compañía y planeó con el Provincial de entonces, P. Hernando Cavero, el reinicio de las frustradas misiones. En 1659, se volvió a la faena de la fundación de pueblos como base del apostolado misional entre achaguas, sálivas y otras tribus. Con adelantos y retrocesos se fue restableciendo la fe a lo largo de los ríos llaneros que confluyen en el gran Orinoco, el “Orinoco ilustrado” del misionero, escritor y científico, P. José Gumilla. Fue la época de la gran misión de la Compañía en los Llanos, coronada, en 1682, con el martirio de los Padres Ignacio Fiol, Ignacio Theobast y Gaspar Beck a manos de los caribes que, a su ferocidad natural, unían la motivación anticatólica que les infundían los protestantes holandeses establecidos al oriente del territorio español.

 

Este esbozo de las misiones es apenas introductorio, pero ya permite ver que constituye uno de los capítulos principales de la historia de la Provincia del Nuevo Reino de Granada, desde sus orígenes hasta la extinción de la Compañía en 1773. Con la expulsión de los jesuitas de los dominios del rey de España en 1767 se dio al traste con una obra civilizadora y cristianizadora que, respetando las culturas indígenas, estaba empezando a producir frutos de vastas perspectivas para el porvenir. Desgraciadamente lo que se destruyó entonces no se ha podido todavía reconstruir.

 

 

EL APOSTOLADO CON LOS ESCLAVOS NEGROS

 

 

Desde 1607, por lo menos, es posible encontrar fuentes documentales sobre los planes apostólicos de los jesuitas del Nuevo Reino en el medio de los negros esclavos. Más aún: la denuncia de la triste situación, cruel e inhumana desde cualquier ángulo que se la mire, es firme desde el principio y está encaminada a mover a las autoridades eclesiásticas y civiles para que asuman una actitud clara de defensa de los derechos de los negros en un mundo económico y político en que se aceptaba la esclavitud como una condición necesaria para el progreso económico de las naciones.

 

Desde sus inicios, en la Viceprovincia y, luego, en la Provincia, surge la voluntad de compromiso con el difícil apostolado en favor de los negros que llegaban a América, no solamente enfermos y sin información alguna sobre su suerte futura, sino en un estado de indefensión y de abandono que los hacía sentir inferiores a los mismos animales: “ser esclavo era valer menos que un perro, muchísimo menos que un caballo”. La reacción de los jesuitas, con el P. Alonso de Sandoval a la cabeza, es comprometida, heroica, no exenta de airada protesta: es aquí y ahora donde y cuando se compone y practica la llamada universal a “instaurar la obra de salvación de los etíopes”, magna obra programática del jesuita hispano-peruano que llegó al Nuevo Reino, se entregó al apostolado con los negros esclavos y Dios le concedió la gracia de tener como discípulo al P. Pedro Claver, el “esclavo de los esclavos para siempre”, quien se santificó practicando hasta el heroísmo la clarividente propuesta apostólica del “De instauranda aethiopum salute” de Sandoval.

 

El plan de la Provincia era simple, pero no dejaba duda: cada casa jesuítica, cada colegio, debería ser un centro de trabajo en favor de los negros esclavos; donde no hubiera casa ni colegio, y si una concentración grande de negros, se debía fundar un centro que simplemente se podía llamar “misión de Guinea” desde donde atender a las necesidades espirituales y materiales de los esclavos y sus familias. Dada la situación peculiar de dispersión y de imposibilidad de los esclavos de tomar decisiones, se hacia necesario que hubiera jesuitas que se ocuparan de abogar por el respeto a la dignidad humana y cristiana de quienes, después de ser vendidos, ya pertenecían a dueños diversos y eran maltratados o impedidos en la práctica religiosa, catequesis o sacramentos, o en los más elementales derechos como el trato justo, el pudor o el matrimonio.

 

San Pedro Claver (1580-1654), quien merece un capítulo especial, terminó de formarse en el Colegio de Santafé y en el Noviciado de Tunja. Aunque quería quedarse en el estado de coadjutor, como su consejero de Mallora, el santo hermano Alonso Rodríguez, el P. Provincial de Lyra lo destinó a Cartagena para que asumiera los ministerios de la Compañía después de recibir la ordenación sacerdotal. Esto sucedió en 1615. Desde 1617, fecha en que el P. Sandoval viajó a Lima, Claver dedicó toda su vida, todos sus esfuerzos, toda su santidad a los esclavos negros de quienes él se había declarado esclavo. Con hombres de esa magnitud se inició la Provincia del Nuevo Reino.

 

La personalidad de San Pedro Claver es la síntesis de lo mejor de la historia de la Provincia con respecto a los negros esclavos. El es conocido y venerado; pero no el único: no se puede olvidar a Sandoval, ni a sus fieles compañeros, el P. Carlos Orta y el Hermano Nicolás González; ni al grupo de los intérpretes formados minuciosamente por los misioneros para que llegaran hasta sus hermanos de raza en el momento crucial de su llegada del ominoso viaje desde África hasta Cartagena de Indias. Y, detrás de todos ellos, es necesario mencionar a quienes, no conocidos por el historiador, pero si por el Dios de la historia, contribuyeron con su fe y su acción, a veces de manera heroica, a crear la “americanidad” de la raza negra.










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