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Mientras el avión no
modificó las vías de comunicación entre el Viejo y el Nuevo Mundo, la única
posibilidad de los viajes transatlánticos era el barco y de allí la
importancia estratégica de los puertos como puntos de llegada y de partida.
En camino hacia Suramérica, la preeminencia la tenían Cartagena de Indias
sobre el Atlántico y Panamá, al otro lado del istmo, sobre el Pacífico. Para
ir a Quito, Guayaquil y el Perú, desde Europa, esa era la ruta por el norte.
Desde
la Navidad de 1567, en Cartagena se empezaron a ver y a escuchar unos
clérigos vestidos de negro, y no blancos como los dominicos, ni color café
como los franciscanos; habían llegado en barcos españoles, vivían
austeramente y dedicaban una gran parte del tiempo de su justo descanso,
después del largo viaje, a predicar y confesar. Lo de Cartagena, se repitió
en Panamá. Los interesantes sacerdotes así llegados decían pertenecer a la
Compañía de Jesús y que su Orden había sido fundada por el Padre Ignacio de
Loyola, muerto santamente en Roma, hacía solo 11 años.
Si se les preguntaba quien
había aprobado su original modo de vida, distinto del de las Ordenes
conocidas, sobre todo franciscanos y dominicos, respondían que Paulo III en
1540 y que Julio III lo había confirmado en 1550. Cuando los cartageneros y
los panameños se habían aficionado a los ministerios de los jesuitas, estos
eran llamados a seguir su camino hacia el sur, animados por las cartas de
sus superiores, sobre todo de su General, el Padre Francisco de Borja.
En 1568, los
jesuitas fundaron la Provincia del Perú y, cuatro años después, la de
México. Eran las primeras de la parte hispana de América, obedeciendo con
ello, sin duda, a la manera como se desarrolló la colonización del
continente, pasada la fase insular antillana. La primera organización del
Nuevo Mundo hispano se realizó alrededor de las zonas de las grandes
culturas indígenas, la maya-azteca al norte y la incaica al sur. Desde allí
se iría irradiando en todos los sentidos, uno de los cuales, sin duda de los
más importantes, el medio cultural de los chibchas, en lo que hoy es el
centro-oriente de Colombia.
Con el suministro generoso
de personal jesuítico por parte de las Provincias europeas, y sobre todo de
las españolas, pronto las americanas empezaron a extender su influjo: la de
México hacia Centroamérica, Cuba y Filipinas, la del Perú hacia Quito, por
el norte, Charcas o La Plata, por el este, y Tucumán y Chile, por el sur.
EXPEDICIONES DE SONDEO HACIA EL NUEVO
REINO DE GRANADA
Al santo General Borja lo
sucedió, en 1577, el belga Everardo Mercuriano y, a éste, en 1581,
el italiano Claudio Aquaviva cuyo largo generalato de 34 años fue
decisivo para el desarrollo de la Compañía en América. Los jesuitas del Perú
fundaron, en Quito, Colegio de la Compañía en 1586 y ocho años
después les fue confiado el Seminario de San Luis; desde allí, comenzaron
una labor misional entre los indígenas del Marañón, del Napo y de vastas
zonas del norte de la región de Quito y del sur del Nuevo Reino de Granada.
En marzo de 1590, tres
jesuitas de Lima, los Padres Francisco de Victoria y Antonio Linero y el
Hermano coadjutor Juan Martínez, fueron invitados por el recién nombrado
presidente del Nuevo Reino, don Antonio González, para formar parte de la
comitiva que lo acompañaría hasta su capital, con la ulterior finalidad de
ver la posibilidad de establecer la Compañía en Santafé de Bogotá. En
octubre del mismo año, y ya en Santafé, se les unió el P. Antonio Martínez
quien venia enviado por el Provincial del Perú como superior del grupo, lo
que permite pensar en la seriedad de los propósitos de alguna fundación. No
obstante la buena acogida de los santafereños a los jesuitas, el Padre
General no juzgó prudente extender el influjo apostólico de la Provincia
peruana, escasa de personal para tantas obras como tenía y tan lejanas
algunas del centro de gobierno que naturalmente era Lima.
Así
que el primer intento no produjo los efectos soñados, aunque si el de dar a
conocer la Compañía en Santafé, lo que sería importante pocos años después.
En 1599, se produjo un segundo intento, pero esta vez desde la Nueva España:
el recién nombrado arzobispo para Santafé, don Bartolomé Loboguerrero, quien
a la sazón se desempeñaba como inquisidor general de la arquidiócesis de
México, pidió al Provincial de la Compañía, P. Esteban Páez, dos sacerdotes
que lo acompañaran en el viaje hasta su sede. Después de demoras y obvias
dificultades internas de las comunidades de donde se debían sacar los dos
destinados, fueron escogidos para la misión dos jóvenes sacerdotes, Alonso
Medrano de 33 años y Francisco de Figueroa de 26, ambos en sus comienzos
apostólicos en América y de quienes la Provincia mexicana esperaba mucho. El
viaje por mar fue terrible y, según el testimonio del propio arzobispo, solo
por intercesión del P. Ignacio lograron salvarse de la tempestad.
La llegada a Santafé con
monseñor Loboguerrero y los meses que siguieron de fecundo apostolado,
fueron la ocasión para que la sociedad santafereña, con el propio arzobispo
y el gobernador, don Francisco Sande, a la cabeza, pidieran casa y colegio
de la Compañía. El arzobispo quería, además, que fueran jesuitas los
encargados de su seminario. El futuro no podía ser más promisorio, pero las
dificultades parecían insolubles: primero, no había personal para ello;
segundo, existía el veto a nuevas obras por parte del General Aquaviva, no
por capricho, sino por las comprensibles limitaciones de efectivos
jesuíticos para tantas obras que les pedían en el mundo; y, tercero, la
corte española había prohibido el establecimiento de nuevas comunidades
religiosas en un medio, como el del Nuevo Reino, que se juzgaba ya saturado
de misioneros de las órdenes mendicantes: franciscanos, dominicos y
agustinos.
La única solución con
visos de éxito consistía en enviar procuradores a Roma y Madrid para que
presentaran los argumentos en pro del establecimiento de la Compañía en el
Nuevo Reino y lo negociaran en Roma, con el P. General, y, en Madrid, con
los organismos pertinentes del Consejo de Indias. No obstante que no tenían
la delegación de su provincial mexicano para ello, todos juzgaron que los
lógicos enviados debían ser Medrano y Figueroa. Nada de raro tiene que los
documentos que se enviaron a la Curia generalicia y a la Corte recarguen los
tintes oscuros del proceso evangelizador con el fin de conmover la
conciencia de quienes tenían que analizar la petición e inclinarlos a las
solicitadas fundaciones.
LA VICEPROVINCIA INDEPENDIENTE
La Congregación provincial
de Lima, celebrada en el 1600, dio su visto bueno al establecimiento
definitivo de la Compañía en el Nuevo Reino con una entidad independiente y
con el carácter que le diera el General. Aunque ya para 1604 se dio permiso
para fundar casa de la Compañía en Cartagena y Santafé, Aquaviva se demoró
hasta 1605 para decidir que fuera una Viceprovincia independiente y que se
conformara con las casas y misiones de la región de Quito y con las de
Panamá, misión de Portobelo, Santafé de Bogotá y Cartagena.. Las gestiones
de Medrano y Figueroa en Roma y Madrid, a las que se añadió la muy oportuna
y autorizada intervención del P. Diego de Torres Bollo, habían dado su
fruto, así los dos primeros no hayan podido regresar a América a continuar
lo que habían iniciado con tan buen suceso. Seguramente a las lamentaciones
por la ausencia de dos jesuitas prometedores y tan meritorios en la gestión
de la nueva Viceprovincia se debieron unir las de la Provincia de México que
no habían perdido las esperanzas de recuperar dos apóstoles tan jóvenes y
comprometidos con la misión americana.
Según la costumbre de la
época, el P. General enviaba un grupo de jesuitas que le habían pedido ser
destinados a la misión para que, bajo la dirección de un superior mayor y
unos superiores locales, establecieran la Compañía con carácter legal: a
Cartagena llegaron, en el año citado de 1604, los “doce apóstoles”
fundadores bajo la autoridad del P. Torres, uno de los grandes de la
Compañía en América, y que había recibido el nombramiento de Viceprovincial
del Nuevo Reino y Quito.
Una vez conocido el
terreno y el interés que se tenía por la presencia de jesuitas dedicados a
los ministerios que les son propios y, en concreto, la educación y las
misiones, el pequeño núcleo de sacerdotes y hermanos comenzó, entre 1604 y
1605 Colegios en Cartagena y en Santafé. Como ya estaba anunciado desde
mucho antes, el arzobispo Loboguerrero, por voluntad suya y por mandato del
Rey, abrió el seminario, lo puso bajo la advocación de su patrono, San
Bartolomé, y lo confió a los jesuitas.
El primer Rector del
Colegio de la Compañía en Santafé fue el P. Martín de Funes, importante y
discutida personalidad que fue nombrado procurador del Perú y de la joven
Viceprovincia del Nuevo Reino y Quito ante la 6ª Congregación General,
celebrada en Roma en 1608. Teólogo de profesión, había enseñado en Austria y
en Italia; en Santafé prestó grandes servicios en la primera organización
física del Colegio y en la de los estudios; desgraciadamente en su bien
intencionada gestión, sobre todo orientada a establecer un sistema más
apropiado para la formación de un clero apto para la misión entre los
indígenas, lo hizo caer en desgracia con el General que se opuso al
secretismo de Funes al tratar el asunto con el Papa Paulo V. Aquaviva le
ordenó alejarse de Roma y le prohibió regresar a Santafé y, en general, a
las Indias.
Colaboraron en los
primeros años del Colegio, a cuyas clases asistían seminaristas y laicos de
San Bartolomé, los Padres Bartolomé de Rojas, el segundo rector, Juan
Bautista Coluccini, el constructor de la Iglesia de San Ignacio de Santafé,
y José Dadey, humanista y profesor de teología; en el Colegio Seminario,
inicialmente, solo dos jesuitas se encargaban de la organización y vida
espiritual de los colegiales, un sacerdote y un hermano.
Desde el comienzo, a las
cátedras de latinidad, de artes y de moral, se añadieron las de lenguas
indígenas, y en primer lugar, la chibcha para responder a la opción hecha
por los primeros jesuitas del Nuevo Reino de evangelizar y culturizar a los
indígenas en su propia lengua. El asunto no era sencillo y más de un jesuita
escribió al P. General que se trata de la lengua “más difícil que hayan
conocido”. Aquaviva siempre animó a sus súbditos del Nuevo Reino para que no
desfallecieran, recordándoles que era un asunto de la mayor gloria de Dios.
En 1607, en Roma se
decidió que se hiciera efectiva la fundación de la Provincia del Paraguay y
que el P. Diego de Torres fuera el primer provincial. Con dolor de la
Viceprovincia, que se capta en las cartas al General de aquellos años, se
dio el paso, no ciertamente fácil, de cambiar superior; por fortuna, el
sustituto fue el P. Gonzalo de Lyra, quien, no solo fue acertado en la
dirección de sus hermanos, sino que supo orientar los esfuerzos apostólicos
de todos hacia la constitución de la Provincia del Nuevo Reino; con miras a
la Congregación de procuradores de 1610 el P. Lyra presidió la congregación
de la Viceprovincia para nombrar a quien la debía representar en Roma y
llevara los “postulados” al P. General. Uno de ellos fue que la
Viceprovincia se convirtiera en Provincia y que su provincial tuviera los
mismos derechos que el de México y Perú. El procurador elegido fue el P.
Luis de Santillán y el sustituto el P. Juan Antonio de Santander.
LA FUNDACION DE LA PROVINCIA DEL NUEVO
REINO DE GRANADA
Los superiores de Lima,
apenas creada la Viceprovincia del Nuevo Reino, manifestaron al P. General
que era un error de graves consecuencias para el gobierno y para las
misiones entre los maynas desligar a Quito y sus obras de la Provincia
peruana. Aquaviva cedió a la instancia, pero dejó la puerta abierta para
cuando se estudiara mejor el caso; en consecuencia, pidió una detallada
descripción de las regiones interesadas y, sobre todo, un juicio sobre lo
más indicado para el gobierno. Como se ha anotado más arriba, se reunió la
Congregación de la Viceprovincia en Cartagena y en ella se definieron una
serie de postulados para el General que permitieran definir, con su
aprobación, el plan apostólico de los jesuitas para los próximos años. Como
era de esperarse, se pidió que Quito y sus obras formaran jesuíticamente
parte del Nuevo Reino con lo que la Provincia que se solicitaba sería una
división madura con colegios, seminarios, misiones entre indígenas y los
demás apostolados de la Compañía.
El P. General no cedió en
lo de Quito, pero si concedió, en abril de 1611, que el Nuevo Reino fuera
Provincia, así comenzara con modestos recursos que, según pudo comprobar
Aquaviva por los informes de la Congregación, eran suplidos por un celo a
toda prueba y por una generosidad de las Provincias europeas que fue factor
decisivo para la puesta en marcha de un plan apostólico variado y de vasto
alcance. El ya conocido P. Lyra fue nombrado primer Provincial, con las
mismas atribuciones que el de Perú y el de México y con la consigna de
organizar las casas de formación de los jóvenes jesuitas, de procurar la
fundación de los colegios ya incoados en Santafé y Cartagena y de fortalecer
el trabajo misional entre los indígenas y los esclavos negros.
La flamante Provincia
respondió a la confianza que en ella depositó el P. Aquaviva de una manera
inesperada y hasta pródiga ya que, según el General, “aun se echaban de
menos algunas cosas como para poder decir que la división había llegado a
estar plenamente madura”. El entusiasmo por la fundación fue el estímulo
para superar las dificultades iniciales: debido a la reintegración de Quito
a la Provincia del Perú, la del Nuevo Reino se quedaba sin noviciado, por lo
cual el P. Lyra, con autorización de Roma, lo abrió en Santafé, bajo la
dirección del P. Sebastián Morillo, con tres novicios y con grandes
esperanzas vocacionales. Tantas, que, para
1613,
eran 18 lo que
motivó el traslado del noviciado a Tunja ya que la casa de Santafé resultaba
del todo insuficiente. Con ello, la hidalga Tunja que, con tanto cariño e
insistencia, había solicitado la presencia de la Compañía, la lograba con el
noviciado y con un colegio.
VOCACIÓN
EDUCATIVA DE LA PROVINCIA
La vocación definidamente
educativa de la Provincia cristalizó en una serie de obras educativas que
bien pronto caracterizaron, en gran parte, la presencia jesuítica en el
Nuevo Reino. Primero fueron los colegios de Cartagena y Santafé en 1604 y,
luego, el no muy definido colegio de Panamá en 1607. Después vendrán,
sucesivamente: Tunja (1613), Honda (1620), Pamplona
(1625),
Mérida de
Venezuela (1628), Popayán (1640) y Mompós (1643).
Con variantes no esenciales,
por entonces, un Colegio de la Compañía era una institución de enseñanza
básica que se iniciaba con los estudios de latinidad (gramática, sintaxis,
composición), los que suponían alrededor una serie de actividades que se
encaminaban a la formación lo más integral posible de las personas: lectura,
escritura y contar, lección de memoria, composición, canto, formación
religiosa y moral, participación en la congregación mariana y en sus actos
de piedad y apostolado. De alguna manera, eran colegios-seminarios en el
sentido que allí se preparaban laicos selectos, de entre los cuales surgían
los clérigos para las diócesis, no muy numerosas por entonces en el Nuevo
Reino, que generalmente carecían de un seminario como el prescrito por el
recientemente celebrado Concilio de Trento.
Capítulo aparte merece el
Colegio de Santafé, no solo por la cantidad y calidad de sus egresados, sino
porque, desde el principio fue objeto de especial cuidado, en su
organización, contenidos académicos cada vez más amplios y en profesorado,
con el fin, expresado muy tempranamente, de que pudiera dar títulos, es
decir, de que fuera universidad.
LA OPCIÓN
MISIONAL ENTRE LOS INDIGENAS
Desde la llegada de los
Padres Medrano y Figueroa a Santafé, los jesuitas optaron prioritariamente
por el apostolado directo con los habitantes naturales de América, es decir,
las tribus aborígenes. Sin dudarlo un momento, se propusieron dos como
condiciones indispensables para que ello fuera posible y eficaz: el
aprendizaje de las lenguas indígenas y la reducción de los grupos familiares
a poblados para superar el ancestral aislamiento. La decisión en materia
lingüística no era de sencillo cumplimiento, habida cuenta de que las
culturas chibchas propias de la región intermedia entre los mayas y los
incas, es decir desde la actual Nicaragua hasta el Ecuador, tenían una
enorme variedad de dialectos sin que fueran iguales los que se hablaban en
Bacatá (Bogotá) y en Hunsa (Tunja). Por eso, desde muy temprano se vio la
necesidad de fundar dos escuelas de lenguas, una para los misioneros de
Santafé y otra para los de Tunja.
Hoy sigue admirando la
rapidez y eficacia con que se abrieron esas escuelas, se compusieron y
publicaron gramáticas y diccionarios y se difundieron formularios para la
catequesis y las confesiones. Casi se puede decir que el saber una o varias
lenguas indígenas se convirtió en condición para ser misionero jesuita en
América y en motivo de atracción para los indígenas que veían que aquellos
hombres, no solo no les venían a quitar lo suyo, sino que querían ser como
ellos y vivir con ellos.
Las primeras doctrinas
jesuíticas entre los muiscas o chibchas del altiplano oriental andino del
Nuevo Reino fueron las de Fontibón y Cajicá en la Sabana de Bogotá,
atendidas por los Padres del Colegio de Santafé. En el norte, pronto
prosperó la doctrina de Duitama. Con la venida de nuevos jesuitas de Europa
y el aumento del noviciado de Tunja, el Provincial pudo empezar a extender
la mirada más lejos, hacia zonas en las que erraban grupos indígenas
privados de todo contacto con la predicación evangélica y, por tanto, sin
catequizar ni bautizar; o hacia tribus que, habiendo recibido el bautismo,
por falta de un adecuado seguimiento pastoral, vivían en una confusa mezcla
de cristianismo e idolatría.
Las misiones de la
Compañía en el oriente del Nuevo Reino, los llanos de los grandes ríos de la
Orinoquía, se iniciaron en la época del arzobispo Femando Arias de Ugarte,
ilustre neogranadino que honró la sede santafereña y que, a pesar de su
corto gobierno (16 18-1625), procuró que no quedara un sitio de su
jurisdicción sin su visita pastoral, siempre acompañado por jesuitas.
Conocedor de los propósitos misionales de la Provincia, el arzobispo Arias
les confió las doctrinas de Morcote, Chita, Támara y Pauto que comenzaron
con los mejores augurios, tanto por la disponibilidad y celo de los
misioneros, como por la entusiasta aceptación de los indígenas que sin
problema fueron conformando núcleos de población cada vez más florecientes.
Sin embargo, lo que empezó bien duró poco: precisamente el éxito misional
atrajo miradas ambiciosas que pretendían hacerse a curatos que, creían,
podían producir pingües beneficios económicos. El nuevo arzobispo, Julián
Cortázar, compelido por los seculares y por el propio cabildo metropolitano,
tomó, en 1629, la fatal decisión de privar de autoridad a los doctrineros
jesuitas, retirándoles todas las licencias para administrar los sacramentos.
Es un capítulo penoso este
de la primera etapa de las misiones de la Compañía en los Llanos: algo que
se inició con tan buenas perspectivas y con la bendición arzobispal, se
frustró por culpa de intereses en verdad menos apostólicos de ciertos
clérigos seculares y menos cristianos de los mercaderes y encomenderos que
vieron amenazado su negocio basado en la explotación de los indígenas. La
situación duró 30 años, lamentable intervalo en que las doctrinas
prácticamente desaparecieron al no hallarse quienes quisieran encargarse de
los curatos que no constituían el tal dorado en que se llegó a soñar y si
conllevaban una serie impredecible de trabajos y fatigas.
Durante la sede vacante,
el canónico provisor del arzobispado, don Lucas Fernández de Piedrahita,
antiguo alumno de San Bartolomé, volvió los ojos a la Compañía y planeó con
el Provincial de entonces, P. Hernando Cavero, el reinicio de las frustradas
misiones. En
1659,
se volvió a la
faena de la fundación de pueblos como base del apostolado misional entre
achaguas, sálivas y otras tribus. Con adelantos y retrocesos se fue
restableciendo la fe a lo largo de los ríos llaneros que confluyen en el
gran Orinoco, el “Orinoco ilustrado” del misionero, escritor y científico,
P. José Gumilla. Fue la época de la gran misión de la Compañía en los
Llanos, coronada, en 1682, con el martirio de los Padres Ignacio Fiol,
Ignacio Theobast y Gaspar Beck a manos de los caribes que, a su ferocidad
natural, unían la motivación anticatólica que les infundían los protestantes
holandeses establecidos al oriente del territorio español.
Este esbozo de las
misiones es apenas introductorio, pero ya permite ver que constituye uno de
los capítulos principales de la historia de la Provincia del Nuevo Reino de
Granada, desde sus orígenes hasta la extinción de la Compañía en 1773. Con
la expulsión de los jesuitas de los dominios del rey de España en 1767 se
dio al traste con una obra civilizadora y cristianizadora que, respetando
las culturas indígenas, estaba empezando a producir frutos de vastas
perspectivas para el porvenir. Desgraciadamente lo que se destruyó entonces
no se ha podido todavía reconstruir.
EL APOSTOLADO CON LOS ESCLAVOS NEGROS
Desde 1607, por lo menos,
es posible encontrar fuentes documentales sobre los planes apostólicos de
los jesuitas del Nuevo Reino en el medio de los negros esclavos. Más aún: la
denuncia de la triste situación, cruel e inhumana desde cualquier ángulo que
se la mire, es firme desde el principio y está encaminada a mover a las
autoridades eclesiásticas y civiles para que asuman una actitud clara de
defensa de los derechos de los negros en un mundo económico y político en
que se aceptaba la esclavitud como una condición necesaria para el progreso
económico de las naciones.
Desde sus inicios, en la
Viceprovincia y, luego, en la Provincia, surge la voluntad de compromiso con
el difícil apostolado en favor de los negros que llegaban a América, no
solamente enfermos y sin información alguna sobre su suerte futura, sino en
un estado de indefensión y de abandono que los hacía sentir inferiores a los
mismos animales: “ser esclavo era valer menos que un perro, muchísimo menos
que un caballo”. La reacción de los jesuitas, con el P. Alonso de Sandoval a
la cabeza, es comprometida, heroica, no exenta de airada protesta: es aquí y
ahora donde y cuando se compone y practica la llamada universal a “instaurar
la obra de salvación de los etíopes”, magna obra programática del jesuita
hispano-peruano que llegó al Nuevo Reino, se entregó al apostolado con los
negros esclavos y Dios le concedió la gracia de tener como discípulo al P.
Pedro Claver, el “esclavo de los esclavos para siempre”, quien se santificó
practicando hasta el heroísmo la clarividente propuesta apostólica del “De
instauranda aethiopum salute” de Sandoval.
El plan de la Provincia
era simple, pero no dejaba duda: cada casa
jesuítica, cada
colegio, debería ser un centro de trabajo en favor de los negros esclavos;
donde no hubiera casa ni colegio, y si
una
concentración
grande de negros, se debía fundar un centro que simplemente se podía llamar
“misión de Guinea” desde donde atender a las necesidades espirituales y
materiales de los esclavos y sus familias. Dada la situación peculiar de
dispersión y de imposibilidad de los esclavos de tomar decisiones, se hacia
necesario que hubiera jesuitas que se ocuparan de abogar por el respeto a la
dignidad
humana
y cristiana de
quienes, después de ser vendidos, ya pertenecían a dueños diversos y eran
maltratados o impedidos en la práctica religiosa, catequesis o sacramentos,
o en los más elementales derechos como el trato justo, el pudor o el
matrimonio.
San
Pedro Claver
(1580-1654),
quien merece un
capítulo especial, terminó de formarse en el Colegio de Santafé y en el
Noviciado de Tunja. Aunque quería quedarse en el estado de coadjutor, como
su consejero de Mallora, el santo hermano Alonso Rodríguez, el P. Provincial
de Lyra lo destinó a Cartagena para que asumiera los ministerios de la
Compañía después de recibir la ordenación sacerdotal. Esto sucedió en 1615.
Desde 1617, fecha en que el P. Sandoval viajó a Lima, Claver dedicó toda su
vida, todos sus esfuerzos, toda su santidad a los esclavos negros de quienes
él se había declarado esclavo. Con hombres de esa magnitud se
inició
la Provincia del
Nuevo Reino.
La personalidad de San
Pedro Claver es la síntesis de lo mejor de la historia de la Provincia con
respecto a los negros esclavos. El es conocido y venerado; pero no el único:
no se puede olvidar a Sandoval, ni a sus fieles compañeros, el P. Carlos
Orta y el Hermano Nicolás González; ni al grupo de los intérpretes formados
minuciosamente por los misioneros para que llegaran hasta sus hermanos de
raza en el momento crucial de su llegada del ominoso viaje desde África
hasta Cartagena de Indias. Y, detrás de todos ellos, es necesario mencionar
a quienes, no conocidos por el historiador, pero si por el Dios de la
historia, contribuyeron con su fe y su acción, a veces de manera heroica, a
crear la “americanidad” de la raza negra.
JP211004
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