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III. RESTAURACIÓN
M.
Ruiz Jurado, S.J.
Introducción.
La restauración oficial de la Compañía de Jesús se
efectuó en un proceso de varias etapas, cuyo inicio puede
situarse en 1801 con el breve de Pío VII Catholicae fldei;
pero, en realidad, latente y eficaz de una manera más o
menos oficiosa, casi inmediatamente después de la supresión. El
vicario general jesuita en Rusia Blanca, Francisco Kareu,
recordaba al Papa en su petición que la aprobase oficialmente
en Rusia (31 de julio de 1800) que ya el mismo Clemente XIV,
muerto al año siguiente de la supresión (1774), en carta privada
a la zarina Catalina II, había aprobado su existencia; que Pío
VI, desde el comienzo de su pontificado dio oralmente a J.
Benislawski, obispo coadjutor de Mogilev, la facultad de
referir a la Zarina su aprobación de la existencia de la
Compañía de Jesús en Rusia y de comunicarlo a los jesuitas para
tranquilidad de sus conciencias. Más aun, al ser llevado Pío VI
por la fuerza a Siena, ya estaba dispuesto a emanar un breve de
aprobación, si no le hubiese sobrevenido esta desgracia.
1.
Pasos Oficiales
El 7 marzo de 1801, Pío VII aprobaba con el breve Catholicae
fidei y confirmaba la Compañía de Jesús en el Imperio de
Rusia, a petición de Pablo I y del P. Kareu. El tenor del breve
permitía que los miembros de la Compañía de Jesús residentes en
Rusia y los que se querían unir a ellos constituyeran la
Compañía de Jesús y siguieran la regla de san Ignacio aprobada
por Paulo III. Pío VII los ponía bajo su inmediata protección y
dependencia, y les daba las facultades oportunas para que
ejercitasen sus ministerios. Quedaba abrogado el breve
Dominus ac Redemptor por lo que se refería al Imperio Ruso.
En 1800, había en Rusia Blanca 214 jesuitas (94 sacerdotes, 74
escolares y 46 hermanos).
Ayuda a conocer la situación la Instrucción enviada por el
secretario de Estado, cardenal Ercole Consalvi, al encargado de
negocios de la Santa Sede en Rusia. En ella le decía que no se
había extinguido aún, después de veintisiete años, la
animosidad que especialmente las cortes borbónicas habían
concebido contra la Compañía de Jesús. Y recordaba que el
gobierno francés no había manifestado aún su pensamiento total
sobre los jesuitas. Que las primeras chispas del incendio habían
partido de la fragua de los filósofos y propagandistas
franceses. Que estaba reciente aún la actuación de Clemente XIV,
que con tanto estrépito y aplauso de los émulos de la Compañía
de Jesús la había deshecho. Los enemigos vivían todavía, y la
Compañía de Jesús, aún extinguida, infundía temor a sus
perseguidores. Todo esto explicaba la sobriedad y circunspección
del Papa en el asunto de la restauración. Sobre todo, cuando
estaba toda Europa en guerra, discorde la política de los
diversos gabinetes, vilipendiada la religión, despreciada la
autoridad pontificia y el Estado eclesiástico se encontraba
reducido a la mitad y amenazado por mil peligros (Rouët, 84).
El 30 de julio de 1804, el mismo Pío VII extendía la anterior
concesión al reino de las Dos Sicilias, a petición de Fernando
IV, con el breve Per alias. Daba las facultades oportunas
al P. General Gabriel Gruber, haciendo particular referencia al
apostolado de la formación de la juventud en colegios y
seminarios. En 1804, había en el reino de Nápoles 124 jesuitas,
bajo el gobierno de J. Pignatelli. Expulsados (3 de julio de
1806) de allí por José Bonaparte, una parte huyó a Roma y dio
comienzo a la provincia de Italia, que se organizó bajo
Pignatelli sobre la base de un noviciado en Orvieto, un colegio
incoado en Tívoli y terceronado y casa profesa en Roma.
Mientras tanto, 17 padres y 13 juniores, formaron la provincia
de Sicilia, bajo el gobierno de Gaetano Angiolini, que era
además procurador general de la Compañía de Jesús.
El tercer paso y definitivo se dio el 7 de agosto de 1814 con la
bula Sollicitudo omnium ecclesiarum de Pío VII, a
instancias de casi todo el orbe cristiano, y en atención a las
circunstancias. Se citan entre ellas el declive de la disciplina
en las congregaciones religiosas y la necesidad de «valientes
remeros» para afrontar la tempestad que pretende engullir la
nave de la Iglesia. La bula extiende a todos los territorios y
estados las concesiones anteriores, derogando total y
expresamente el breve Dominus ac Redemptor, y dando las
facultades necesarias al P. General Tadeo Brzozowski. En carta
de uno de los presentes en Roma en aquella ocasión se dan
algunos detalles: el mismo día 7, octava de la fiesta de san
Ignacio, Pío VII fue al Gesù. “Dijo Misa en el altar de san
Ignacio. Pasó después a tomar chocolate, e inmediatamente hizo
leer la bula en una capilla interior" de la casa, la de la
Congregación de Nobles, “con asistencia de 18 cardenales,
muchos obispos y prelados y de todos los jesuitas que vivimos en
este colegio; y concluida la lectura del breve fuimos todos a
besar el pie a S. Santidad” (Juan Marcelo Valdivieso a su
hermano, 28 de octubre de 1814).
2.
Preparativos
Éstos fueron los pasos fundamentales; pero también se habían
tomado otros en esa dirección, y aun varias iniciativas, algunas
de las cuales complicaron la situación.
Además de la carta privada a Catalina II de Rusia, se sabe que
Clemente XIV permitió al obispo de Vilna (19 de septiembre de
1773) que ordenase a los jesuitas seguir su labor usual en su
diócesis, y lo mismo hizo el obispo de Livonia en diciembre. Pío
VI nunca retractó las concesiones de su antecesor a Rusia y
permitió implícitamente la erección (1780) del noviciado
jesuita con la autoridad concedida al obispo de Rusia Blanca, a
pesar de la protesta de los embajadores de Francia, España y
Portugal.
En
1792, el duque Fernando I de Parma entregó a los jesuitas el
seminario de nobles de su ciudad, y el Papa le respondió que
trabajasen allí los jesuitas sin escrúpulos. Al año siguiente,
el duque pidió a Catalina de Rusia algunos padres. En febrero
de 1794 llegaron a Parma, enviados de Rusia, los PP. Antonio
Messerati, Luigi Panizzoni y Bernardo Scordialò. Pío VI
implícitamente consintió. El 6 de julio de 1797, se unió a ellos
Pignatelli, que abrió (noviembre de 1798) un noviciado en
Colorno para formar nuevas levas de jóvenes con espíritu
ignaciano para la Compañía de Jesús en Italia.
3.
Otras iniciativas
Ya en 1790, Pierre-Joseph de Clorivière había concebido un plan
de restauración de la Compañía de Jesús, que reuniría en una
sociedad a los jesuitas vivientes, comenzando por las misiones
de Maryland y Pensilvania. La sociedad tendría otro nombre y
otra forma exterior, pero con el mismo espíritu ignaciano. Por
iniciativa de Charles de Broglie y Éléonor de Tournély se fundó
en Bélgica el 8 de mayo de 1794 la Compañía del Sagrado
Corazón. Se permitía a sus miembros ser compañeros de los
jesuitas de Rusia, donde podrían entrar si la Compañía de Jesús
no fuese universalmente restaurada. Se abrió un noviciado en
Praga (1798), protegido por el cardenal Christopher Migazzi,
arzobispo de Viena, en quien Pío VI había delegado sus poderes
para ello.
Mientras tanto, ese mismo año aprobaba Pío VI por siete años de
prueba la Compañía de la Fe de Jesús. Era una iniciativa que
había tomado cuerpo en Roma cuando Niccolò Paccanari con otros
tres compañeros se consagraron a Dios (15 de agosto de 1797) en
el oratorio del Caravita, junto a la iglesia de San Ignacio. La
idea de Paccanari era la de dar vida a la nueva Compañía de
Jesús. Con su poder de arrastre y modo carismático de
presentarse, Paccanari logró convencer a algunos. No así a
Pignatelli, que descubrió en sus intentos algunas
modificaciones del Instituto ignaciano. Por esa razón, rechazó
la propuesta de Paccanari de unirse a ellos. Aquello no era la
Compañía de Jesús. El tiempo dio la razón a Pignatelli.
En 1799, los Padres del Sagrado Corazón, entonces unos cuarenta
bajo el superiorato de Joseph Varin, siguiendo los deseos de Pío
VI, se unieron a la Compañía de la Fe de Jesús de Paccanari.
Pero al pasar los siete años de prueba con que se había
aprobado este último instituto, Pío VII no renovó su
aprobación. Algunos, al ver desviaciones de la conducta
religiosa de Paccanari y comprobar que sus designios no
coincidían con los de Pío VII, se fueron uniendo a la Compañía
de Jesús en Rusia. Otros decidieron independizar de nuevo su
instituto de Padres del Sagrado Corazón. Pero todos se unieron
finalmente a la Compañía de Jesús de Rusia Blanca, dando su
obediencia al P. General Brzozowski.
También fuera del continente europeo la restauración se fue
realizando por pasos. El 27 de mayo de 1803, fue nombrado
provincial de Inglaterra Marmaduke Stone, que había sido
readmitido en la Compañía de Jesús con treinta y cinco jesuitas
de antes de la supresión. Cuatro meses más tarde se abrió un
noviciado en Hodder con Charles Plowden como maestro y doce
novicios. Desde Estados Unidos, el obispo ex jesuita John
Carroll habla escrito al P. Gruber (25 de mayo de 1803) para
procurar la unión de los trece antiguos jesuitas restantes en
aquella región con la Compañía de Jesús de Rusia. La respuesta
fue positiva (12 de mayo de 1804) y autorizó a Carroll para
nombrar el superior; pero, cuando se nombró el superior (21 de
junio de1805), ya algunos de los trece habían muerto, y otros
no dieron el paso para la readmisión. Se unieron cinco a la
Compañía de Jesús de Rusia, que renovaron sus votos en St.
Thomas Manor (Maryland). Ese mismo año, se abrió un noviciado
en Georgetown, y recibieron como ayuda la llegada (1810) del
joven Giovanni Grassi, discípulo de Pignatelli en Colorno.
4.
Ambiente de la Restauración
Cuando se realizó la restauración oficial y total (1814), los
jesuitas de todo el mundo eran unos 600. Pronto se les agregaron
numerosos jóvenes, tanto que eran unos 503 sacerdotes, 482
escolares y 322 hermanos en 1820. Se demostraba que el ideal
ignaciano seguía vivo; atraía a muchos, y no sólo en Europa.
Las circunstancias históricas habían cambiado y matizaron la
proyección social y eclesiológica de la Compañía de Jesús, y aun
su vida interior, con la característica de impulso de nuevos
comienzos. El papado reclamaba la ayuda de “valientes remeros
que afrontasen la amenazadora tempestad”. Tras la Revolución
Francesa había quedado una huella de desorden y rebelión, y una
burguesía liberal. La sociedad nacional estaba dividida en cada
país y eran muchos los que añoraban la alianza entre el trono y
el altar.
Pío VII había tenido gran cuidado que su aprobación fuese de la
Compañía de Jesús, aprobada por Paulo III (1540) y suprimida por
Clemente XIV (1773), no otro instituto. Pero, a su vez, había
tenido presente en especial la ayuda histórica que la Compañía
de Jesús había tenido en la formación cristiana de la juventud.
Los superiores de la Compañía de Jesús restaurada y su I
Congregación General de 1820 (la CG XX de la Compañía de Jesús)
se preocuparon, en medio de las acomodaciones de usos y
costumbres impuestos por los cambios históricos, de la
continuidad con las normas y espíritu del fundador, para
situarse de hecho en la nueva sociedad, según su propia
vocación apostólica universal.
FUENTES: ARSI Russ 27; FG 677/7.
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M. Ruiz Jurado
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