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II.
SUPRESIÓN
I.
Pinedo, S.J.
Fue resultado de la campaña
general antijesuítica que debe integrarse dentro del movimiento
de la Ilustración, protagonizada por los ministros legalistas de
los Estados borbónicos. Éstos no dudaron en el empleo de la
coacción con los papas, hasta que Clemente XIV firmó el breve
Dominus ac Redemptor (julio 1773), suprimiendo a la Compañía
de Jesús, como orden religiosa. Era muy típico en las
relaciones Iglesia-Estado en el siglo XVIII que el documento
pontificio, para surtir efecto en un país, debía ser previamente
aceptado por el soberano. Así, la Compañía de Jesús fue
extinguida en todos los países, excepto en Prusia (hasta 1780) y
Rusia (hasta 1820)
1. Causas
El catálogo más completo de
acusaciones contra la Compañía de Jesús, que será recogido por
toda la literatura antijesuítica posterior, se encuentra en el
Dictamen FIscal de la Expulsión de los Jesuitas de España,
redactado por Pedro Rodríguez Campomanes, fiscal del Consejo de
Castilla, e impreso por primera vez en 1977. De esta fuente se
nutrieron todos los informes y memorias que tanto España como
Nápoles escribieron al Clemente XIII y a Clemente XIV,
intentando justificar la expulsión de los jesuitas (1767) de sus
Estados y exigiendo la supresión canónica de la orden.
Al exponer las causas que
precipitaron la extinción de la Compañía de Jesús, dentro de la
abundante bibliografía de que se dispone, pueden distinguirse
entre las internas y las externas:
a) Internas: Señalan
algunos el hecho (discutible por otra parte) de una decadencia
del espíritu de la Compañía de Jesús, por ejemplo, en la pobreza
(caso Antoine Lavalette), en la obediencia al Papa (los ritos
chinos y malabares), en la tentación de la política (influjo
creciente a través de los confesores reales, control de los
mejores puestos de la administración, como en España, gracias a
los colegios mayores) en la enseñanza y la praxis moral
(tendencia al laxismo). Ninguna sociedad humana está dispensada
de esta ley de la decadencia, aunque sea pasajera, y es muy
fácil (y la mayoría de las veces injusto) generalizar los casos
particulares de desviacionismo. Y es necesario, al hacer el
balance general de la Compañía de Jesús en el siglo XVIII,
contar también con los factores positivos del crecimiento
numérico en sujetos y en obras apostólicas, el mantenimiento y
potenciación de un sano espíritu religioso en la mayoría de las
comunidades; la apertura a nuevas misiones, rubricadas con la
sangre de nuevos mártires, testimoniaba que la Compañía de Jesús
conservaba, al menos en parte, la actitud de la "caballería
ligera" que le infundiera San Ignacio. Los papas lo
reconocieron así, incluso Benedicto XIV, que, aunque poco afecto
de la Compañía de Jesús, firmó el 27 de noviembre de 1748 la
Gloriosae Dominae, llamada la "bula de oro" de las
Congregaciones Marianas.
b) Externas: Se agrupan
en dos frentes:
1. La enemistad de los poderes
públicos, en concreto un grupo significativo de hombres de
gobierno de países católicos que declararon una guerra a muerte
a la Compañía de Jesús. En sus planteamientos políticos
primaban el absolutismo y el jurisdiccionalismo en sus múltiples
formas (regalismo, galicanismo, febronianismo) y en su jerarquía
de valores ocupaban un lugar preferente las ideas jansenizantes
y la fuerte actitud anti-romana de la Ilustración. Si bien es
cierto que algunos jesuitas se contagiaron de regalismo (por
ejemplo, ciertos confesores reales, como François de La Chaize y
Francisco de Rávago), los enemigos de la Compañía de Jesús
subrayaron hasta la saciedad que sus miembros eran los
"granaderos" o "jenízaros" del Papa, fieles defensores de la
Santa Sede, incluso en los aspectos que hoy nos parecen más que
discutibles como el de la inmunidad eclesiástica. En cuanto a
teorías políticas, se recordaba que la Compañía de Jesús en
tiempos de Roberto Belarmino y Francisco Suárez se había
decantado hacia la monarquía limitada o populismo que se basaba
en la doctrina del bien común de Santo Tomás de Aquino.
Absurdamente se atribuía a los ideólogos políticos jesuitas una
defensa del tiranicidio, apoyándose en el testimonio único de
Juan de Mariana en su De rege et regis Institutione
(1599). Esta acusación hizo su impacto en algunas testas
coronadas, como la de Carlos III de España, quien urgía (1767) a
su hijo Fernando IV de Nápoles a que expulsara inmediatamente a
los jesuitas de su reino, pues temía que iban a atentar contra
su vida en venganza por las vejaciones que habían sufrido por
parte de su padre.
2. La celotipia de otras órdenes
religiosas. En efecto, los jesuitas eran diferentes en sus
puntos de vista teológico y filosófico (molinismo, suarizmo), en
algunos planteamientos morales y, sobre todo, en los
misionales, Pero lo que más irritaba a algunos era su influjo
en el campo de la enseñanza y lo que ellos llamaban "orgullo
jesuítico" de creerse superiores a otros institutos religiosos.
El mismo hitoriador jesuita coetáneo Giulio Cordara observa que
esta acusación tenía fundamento en algunos casos.
No hay que creer que la
enemistad contra la Compañía de Jesús fue general. Seguía
siendo muy preciada por casi todos los monarcas europeos no
borbónicos, la gran mayoría de los príncipes alemanes católicos,
del colegio cardenalicio y los obispos, incluso de los países de
donde se había expulsado a los jesuitas. En este aspecto es
expresivo el caso de España: con ocasión de la expulsión, los
obispos en su mayor parte se manifestaron contrarios a esta
medida; con todo, cuando muy pocos años después se les pidió
dictamen sobre la extinción de la Compañía de Jesús, sólo
dieciséis rehusaron darlo favorable. La explicación está en que
desde la designación (1765) de Manuel de Roda como secretario de
Gracia y Justicia, de quien, en parte, dependía el nombramiento
de los obispos (el P. Confesor, anti-jesuita a la sazón, también
contaba) se miraba con cuidado las ideas, favorables o
contrarias a la Compañía de Jesús, en el candidato a la mitra.
En una información valiosa que un canónigo jansenista francés
recibió de España se lee: "El título de jansenista es para
nuestro Rey Carlos un título de honor: se cuenta que antes de
conferir una dignidad eclesiástica, tiene costumbre de preguntar
a su ministro principal (Roda) `¿Es jansenista el propuesto para
esta dignidad?´ Y si el ministro no responde afirmativamente, el
candidato las más de las veces es rechazado". Conviene notar
que no se trata del jansenismo propiamente dicho, sino del "tiers
parti" de habla E. Appolis, es decir, de eclesiásticos
simpatizantes del jansenismo que propugnaban: la lucha teológica
contra el molinismo; la aversión por la moral laxista; el
catolicismo "ilustrado"; el regalismo; el episcopalismo; la
línea austera, no barroca, en la predicación y pastoral; y la
lucha general contra los jesuitas.
Por último, entre las causas de
la extinción, estaba el miedo de muchos hombres de Iglesia ante
la prepotencia absolutista de los monarcas que estaban empeñados
en controlar el mundo eclesiástico: el que no secundaba sus
consignas se exponía a la marginación o a la persecución; por
ello se explica que prelados antaño afectos a la Compañía de
Jesús, a la que incluso debían su promoción, como Tomás Azpuru y
Francisco X. Zelada, se pasaran de pleno al partido contrario;
que un colegio cardenalicio mayoritariamente projesuita y
contrario al ideario de los Borbones capitulara tan
estrepitosamente ante las exigencias de las cortes, y que el
mismo Clemente XIV, acosado por el chantaje de perder
definitivamente Avignon, Benevento y Pontecorvo, y -lo que era
peor- por el de un cisma de los Estados borbónicos, se viera
constreñido a tomar una medida tan trascendental como, en el
fondo, repugnante a sus sentimientos. De hecho, los enemigos de
la Compañía de Jesús eran los menos, pero actuaron con más
inteligencia, cohesión y tenacidad, y sobre todo respaldados por
el poder político.
2.
Principales agentes de la extinción
El 21 abril 1767, en el mismo mes en que se había ejecutado la
Pragmática Sanción que expulsaba a los jesuitas de España, saltó
por primera vez a la correspondencia diplomática el término
«extinción de la Compañía de Jesús». Fue en una carta del
ministro francés Choiseul al embajador en Roma, marqués
d’Aubeterre. Los representantes de España en París (el
embajador, conde de Fuentes, hermano de José Pignatelli, y el
secretario Magallón) dieron cuenta inmediata de esta iniciativa
francesa a los ministros de Carlos III, Roda y Grimaldi.
Tenemos, pues, a tres de los actores principales de la
extinción: a) Choiseul, antijesuita constante (no
sabemos hasta qué punto convencido), criatura política de la
Pompadour, primer impulsor de la campaña y protagonista hasta su
caída en desgracia en 1770; b) Roda, enemigo visceral
(probablemente por no haber obtenido el favor de la Compañía de
Jesús, como él esperaba, en su “cursus honorum”), contertulio
de enemigos declarados de la Compañía de Jesús, como los
cardenales Domenico Passionei y Giuseppe Spinelli, monseñores
Giovanni Bottari y Mario Marefoschi, y Francisco X. Vázquez,
general de los agustinos, y amigo personal del cardenal
Ganganelli, después Clemente XIV; c) Jerónimo Grimaldi,
ministro de Estado en Madrid, antijesuita por oportunismo (en
realidad, era un tránsfuga del “partido” del marqués de la
Ensenada, muy afecto a la Compañía de Jesús).
Otros personajes, que habían desempeñado un papel importante en
la expulsión de los jesuitas en sus respectivos países, o apenas
intervinieron o su actuación fue más bien secundaria. Así, en
España, el confesor real, el fiscal Campomanes y el presidente
del Consejo de Castilla, conde de Aranda, cuyo protagonismo en
los preparativos de la expulsión de 1767 ha sido recientemente
puesto en tela de juicio con razones documentales muy válidas;
Portugal había roto sus relaciones con Roma en 1760, y no las
reanudó hasta el pontificado de Clemente XIV; posteriormente,
el ministro Pombal marchó de acuerdo con las potencias
borbónicas a quienes cedió la iniciativa; poco intervino
Guillaume Du Tillot desde Parma y, además, fue destituido de su
cargo en 1771, tras un proceso ruidoso; en cuanto al ministro
napolitano Bernardo Tanucci, siguió siendo el mentor político
de Carlos III, pero gozaba entonces de poco crédito en el
ministerio de Estado de Madrid.
Pasando a los embajadores de los países interesados en la
extinción, señalemos la poca eficacia del francés d’Aubeterre
(hasta 1769) y del portugués Almada, los dos de luces
limitadas, del napolitano cardenal Domenico Orsini, víctima de
su vanidad, y de Azpuru, personalidad mediocre, y enfermo por
añadidura desde 1770. Fue necesario esperar al cardenal
François de Bernis, ambicioso e inteligente, y, sobre todo, a
José Moñino, excelente diplomático y tenaz en sus objetivos.
Entre los monarcas, Luis XV en los últimos años de su reinado no
siguió una política coherente: si por una parte dejó hacer a sus
ministros, Choiseul o D’Aiguillon, por otra no podía sustraerse
a la influencia de sus hijas, que representaban la tradición
católica anti-ilustrada. De la actuación decisiva de María
Teresa de Austria se hablará a su tiempo. La figura más
importante es, sin duda, Carlos III de España, el más
firmemente persuadido de la bondad de la cruzada antijesuítica.
Devoto y sensible hasta el escrúpulo frente al fenómeno
religioso, pero con muy poca profundidad de conocimientos
teológicos, fue fácil presa para sus hombres de gobierno,
enemigos de la
Compañía de Jesús por convicción (Roda) o por oportunismo
(Grimaldi, Moñino). La labor de Roda, seleccionando hábilmente
los informes en sus despachos con el Rey (y la de Tanucci
escribiéndole desde Nápoles) fue tan eficaz en el real ánimo
que ni aun al final de su vida pudo pensar sinceramente de los
jesuitas sino como los enemigos irreconciliables de su persona,
de su real familia y de la Iglesia Católica.
3. Proceso de la extinción:
Se divide en cinco períodos:
a) En tiempo de Clemente XIII (1767-1769). Entre la
expulsión de los jesuitas de los dos estados borbónicos de
Italia: Nápoles (noviembre 1767) y Parma (febrero 1768), se
dieron otros dos hechos que sirvieron de catalizador al proceso
de extinción de la Compañía de Jesús: la reunión secreta del
Consejo Extraordinario de Castilla (el mismo que había
entendido en la expulsión), donde se planteó con toda crudeza el
plan para conseguir del Papa la supresión total de la
Compañía de Jesús
(30 noviembre); y el “Monitorio” de Parma, que requiere
explicación aparte.
El joven Fernando Borbón, nieto de Luis XV y sobrino de Carlos
III, tenía el título de “Infante de España y Duque de Parma”,
pero este último no lo reconocía Clemente XIII, ni menos su
secretario de Estado, Luigi Torrigiani, inmunista a ultranza,
que alegaba viejos derechos feudales del pontífice sobre este
territorio
y hacía que en los documentos oficiales firmados por el Papa se
denominara “noster ducatus Parmensis”. Durante el período
1760-1764, el primer ministro parmesano, Du Tillot, con la ayuda
de Roda, entonces embajador en Roma, había intentado recortar
las inmunidades y privilegios de la Iglesia en sus Estados; al
no haber obtenido nada sustancial por la cerrada oposición de
Torregiani, el gobierno de Parma decidió tomarse la justicia por
su mano y, mediante una serie de decretos unilaterales,
emprendió una política desamortizadora y regalista. El 30 enero
1768 el Papa
firmó
el breve Alias ad apostolatus, más conocido como
“Monitorio” de Parma, en el que afirmaba que el ducado era
posesión pontificia, anulaba todos los edictos del gobierno en
materia mixta desde 1764, y declaraba a sus autores, consejeros
y ejecutores incursos en las censuras eclesiásticas expresadas
en la bula In Coena Domini.
El Monitorio tuvo la virtud de galvanizar a los Estados
borbónicos que consideraron la iniciativa del Papa como un
insulto a la “augusta” dinastía. Las represalias no se hicieron
esperar: Francia ocupó Avignon y el Condado Venesino; Nápoles
hizo lo propio con los enclaves de Benevento y Pontecorvo;
España resucitó la pragmática del pase regio o “exequatur" y
exigió —y obtuvo— la recusación de Torrigiani: la Santa Sede
podía conservarlo como secretario de Estado, pero para tratar
con las “Cortes” de los Borbones debía designar a otro cardenal.
En las cartas de los hombres de gobierno de España y Nápoles
pronto comenzó a circular la especie de que eran los jesuitas
los que con “sus caliginosos consejos” habían sugerido la
iniciativa del Monitorio a un Papa “decrépito, imbécil y
gobernado por ellos”. Por ello, cuando desde el verano de 1768,
Roma quiso llegar a un acuerdo con los Estados borbónicos, se
le respondió, sobre todo desde Madrid, que no podía iniciarse
negociación alguna hasta que la Santa Sede no firmara la
extinción de la Compañía
de Jesús.
Incluso el motivo fundamental que había aglutinado las
protestas borbónicas (reparar la ofensa inferida a un miembro
de su familia) pasó a constituir un negocio secundario que debía
tratarse más tarde. En realidad, el Monitorio no había sido más
que un pretexto para que Francia, España y Napóles exigieran de
Roma cuentas viejas y nuevas y, entre ellas y en primer lugar
respecto a España, la supresión canónica de los jesuitas.
El 16 enero 1769, el embajador español Azpuru presentó al Papa
la memoria de su gobierno en que se le urgía procediera a tomar
esta medida, y pocos días después hicieron lo mismo los
representantes de Francia y Nápoles. Los argumentos con que se
intentaba vencer la resistencia de Clemente XIII no tenían
excesivo peso: el Papa debía reflexionar sobre el hecho de que
los soberanos de dos terceras partes del mundo católico estaban
interesados en la misma solicitud y a sus tiempos habían
procedido a expulsar a los jesuitas de sus Estados; tal unidad
de criterio no podía ser fruto de un engaño, mientras que la
curia generalicia de la
la Compañía de Jesús
no hacía sino amañar mentiras que, para vergüenza de los
católicos, habían logrado hacer mella en el mismo palacio
pontificio. Clemente XIII no pudo responder a la requisitoria
borbónica, porque murió repentinamente a principios de febrero
de 1769. Sin embargo, se ha conservado una minuta de la
respuesta que tenía preparada; según ella, se declaraba fiel a
la tradición de sus antecesores que siempre habían protegido a
la Compañía de Jesús;
eran más bien los reyes quienes abandonaban las huellas de sus
antepasados al empeñarse en destruirla.
b) El conclave de Clemente XIV. Los gobiernos borbónicos
habían empezado a plantearse el posible conclave casi cuatro
años antes de la muerte de Clemente XIII. No sólo hay que
registrar, hacia 1765, una hipertrofia de cartas cruzadas entre
las potencias católicas para, llegado el caso, ir todos de
acuerdo, sino que comenzaron a elaborarse “planes”, que
sirvieron de orientación al ministerio de Estado español (y al
napolitano) acerca de las actitudes pro o anti-jesuitas de cada
cardenal. Así se tuvo en cuenta el plan de Azpuru (1765), el
del agente de preces José Nicolás Azara (1766) y el de Roda
(1769), que fue el que más influyó. El conclave comenzó en
febrero de 1769, y acabó el 19 de mayo. Los embajadores francés,
español y napolitano (este último, el cardenal Orsini, y por
tanto miembro del conclave) hicieron fuerza a los electores
para que no tomaran ninguna determinación hasta que no llegaran
los cardenales de las “Cortes”. Los franceses pudieron
participar en los tanteos de las votaciones en la segunda
quincena de marzo, pero los españoles no llegaron sino a fines
de abril. El cardenal Filippo Pirelli, que ha dejado un diario
muy interesante sobre la elección pontificia, escribió el 5 de
mayo: “Ahora es cuando empieza el verdadero conclave”. En
efecto, así como los cardenales franceses y napolitanos habían
recibido de sus gobiernos la consigna de elegir a un papa “amigo
de las Cortes” y no inmunista, Francisco Solís y Buenaventura
La Cerda traían de Carlos III (léase más bien, su gobierno) la
orden de respaldar la candidatura de aquel cardenal que se
comprometiera, y mejor por escrito, a suprimir la Compañía de
Jesús. De Bernis, el duque de Luynes y Orsini manifestaron su
disconformidad: semejante acuerdo por parte de un cardenal
hubiera constituido un pacto simoniaco y, además, no habían
recibido de sus cortes ninguna consigna en tal sentido. De todos
modos, el gobierno español se había curado en salud y,
previendo posibles resistencias, había sugerido que en tal caso
sus representantes dieran marcha atrás “con decoro” y se
limitaran a renovar con el pontífice electo la instancia formal
de extinción de la Compañía de Jesús, tal como se había hecho
con el Papa difunto.
Según el diario de Pirelli, el domingo de Pentecostés (14 de
mayo), Solís y La Cerda, frente a un de Bernis todavía dudoso,
sentaron la afirmación de que «no habían venido a elegir un
papa, sino a suprimir a los jesuitas, por lo que no estaban
dispuestos a dar su voto sino a quien con toda seguridad se
prestara a ello. Éste, según ellos, no podía ser otro que el
cardenal Ganganelli, franciscano conventual, amigo de España
(desde los tiempos en que su embajador, Roda, iba a visitarle
con frecuencia a su celda en los Doce Apóstoles) y postulador de
la causa de Juan de Palafox, obispo de Puebla (México),
íntimamente unida con la difamación de los jesuitas, puesto que
se trataba de beatificar a uno de sus más acérrimos detractores.
Una vez convencido de Bernis de que la candidatura de
Ganganelli, aunque específicamente española, no iba a caer mal
en Versalles y que, además, tal como marchaban los
escrutinios, era muy difícil encontrar otra salida, empleó toda
su habilidad, jugando con la ambición del cardenal Giovanni
Francesco Albani, para ganar al partido encabezado por Carlo
Rezzonico, “nepote” del Papa difunto y partidario de una
política continuista, y, mediante éste, al llamado «Sinedrio”,
o facción inmunista y “zelante” de Torregiani. Así, fue elegido
el cardenal Ganganelli, que tomó el nombre de Clemente XIV.
Al saber quién era el nuevo Papa, la Corte de España lo celebró
con un “Te Deum” solemne y tres días de luminarias. Carlos III
proclamaba que la elección había sido un milagro de San
Francisco y del venerable Palafox. En parecidos términos se
expresaba el pontífice electo en la carta autógrafa que escribió
al monarca español: “Después de Dios, después de la Virgen
María, después del Seráfico Patriarca San Francisco, encuentra
nuestra miserable Persona en Vuestra Majestad un Abogado
amoroso, un Príncipe verdaderamente piadoso y un poderosísimo
Protector.”
c) Primera ofensiva en el nuevo pontificado y cambio del
escenario político en Francia. Aunque en su primera
audiencia Clemente XIV recibió muy fríamente al P. General,
Lorenzo Ricci, el 12 julio 1769 expidió un breve por el que se
concedían indulgencias a los jesuitas que trabajaban en
misiones. Según explicaba el agente español de preces, Azara,
“la sustancia de él no importa nada y se concede de fórmula a
cuantos lo piden, pero al ser a jesuitas en las circunstancias
presentes, en que la apariencia era de estar lejos de obtener
gracia alguna, ha hecho hablar infinito a todas estas gentes de
uno y otro partido”. Los gobiernos borbónicos protestaron
enérgicamente ante el Papa, quien se excusó diciendo que no se
había dado cuenta del contenido del breve cuando se lo
presentaron a la firma y, para borrar el mal sabor de boca,
prometió a de Bernis, convertido en embajador de Francia después
del conclave, que iba a escribir un breve justificatorio de las
expulsiones de los jesuitas en los diversos países católicos
desde Portugal (1759) hasta Parma (1768), que había de
constituir como un prólogo al de la extinción, y que para la
redacción de este último contaba en todo con el parecer de las
Cortes borbónicas.
Sin embargo, Clemente XIV no se dio mucha prisa en cumplir su
promesa. A principios de 1770, Azpuru, embajador español, cayó
gravemente enfermo, pero tanto él como su servidumbre tomaron
mucho empeño en minimizar su dolencia en sus informes, a fin de
que el paciente no fuera removido de su puesto; de hecho, esta
enfermedad empantanó durante más de dos años los negocios
pendientes entre España y la Santa Sede, fundamentalmente el de
la extinción de la Compañía de Jesús, y supuso un respiro para
el Papa.
Todavía tuvo más consecuencias el cambio operado en el gobierno
francés a finales de 1770: el duque de Choiseul cayó en
desgracia de Luis XV, en parte por la enemiga de Madame du
Barry. La desaparición de la vida pública del hombre más
comprometido en la supresión de los
jesuitas
(movido principalmente por razones políticas, por congraciarse
con el Parlamento de París) y su sustitución por el
“triunvirato”
(René Maupeou, Joseph-Marie Terray y D’Aiguillon) que dirigió la
política en los últimos cuatro años del reinado, constituyó una
quiebra sensible en el frente borbónico contrario a la Compañía
de Jesús en el que hasta entonces no se había advertido ninguna
fisura. Para calibrar el efecto que esta destitución de
Choiseul produjo en el gobierno español, bastará citar a Roda,
muy informado de los acontecimientos políticos de París, gracias
a las confidencias de D’Ossun, embajador francés en Madrid: “El
partido de la Maitresa (sic), que todo es jesuítico, ha
sido el causante de la deposición de Choiseul
(...).
De Bernis tampoco era amigo de Choiseul y en su corazón ha sido
terciario [amigo de los jesuitas], por lo que poco habrá que
fiar en sus oficios en adelante, pues los que hacía era a fuerza
de eficaces órdenes y aun reprensiones que le daban. Si la
Corte de París afloja y tal vez se empeña a favor de los
jesuitas, se verá embrollado Su Santidad y yo no extrañaré que
veamos volver los jesuitas a París y aun al palacio del Rey
Cristianísimo.”
Las noticias que se seguían recibiendo de Francia, casi siempre
vía D’Ossun, no eran nada alentadoras para el gobierno de
Carlos III; el mismo monarca se mostraba “inquieto”, pues veía
que la extinción de la Compañía de Jesús peligraba, porque
Francia estaba “en poder de los terciarios” y en París “ha(bía)
vencido el partido jesuítico” (frases literales de ministros y
embajadores españoles). La preocupación de Madrid llegó a su
punto crítico en julio de 1771, cuando recibió la nueva del
decreto de Luis XV que anulaba los fallos del Parlamento de
París desde diciembre de 1756. ¿Quedaría también incluido en
esta ley el que se tomó con fecha 6 de agosto de 1762 contra los
jesuitas? Carlos III —escribía aquellos días Roda— ha tenido
grande sentimiento y estará en agitación mientras S.M.
Cristianísima no declare su decreto y excluya de su tenor a los
jesuitas”.
El gobierno de Madrid pudo respirar tranquilo cuando D’Aiguillon
hizo saber que, entre los fallos anulados al Parlamento, no
figuraban los referentes a los jesuitas y que, por su parte, en
la campaña de extinción de la Compañía de Jesús, estaba
dispuesto a mantener unido el frente borbónico. En cuanto a la
dificultad que representaba la tibieza de Bernis, D’Aiguillon,
oyendo los consejos del embajador español en París, le montó un
chantaje que surtió su efecto: puesto que el cardenal-embajador
pretendía ante todo quedarse en Roma y manifestaba su
repugnancia a volver a su oscuro obispado de Albi, se
condicionaba su permanencia en la Ciudad Eterna al “celo” que
mostrara en lograr la extinción de la Compañía de Jesús.
En resumen, el “triunvirato”, tras una corta etapa de
vacilaciones, terminó alineándose nuevamente con España en este
negocio de la supresión de la Compañía de Jesús, en el que nunca
mostró excesivo entusiasmo y anduvo muy a distancia del
apasionamiento de sus promotores en Madrid; pero había un bien
mayor que salvar, y era el de no irritar a la nación aliada y
estrechamente vinculada a ella por el Pacto de Familia.
Curiosamente era éste uno de los legados más característicos de
la política del defenestrado Choiseul.
d) Embajada de Moñino y asalto final a Clemente XIV
(1772-1773). Cuando Azpuru, decepcionado por no haber obtenido
el capelo cardenalicio, presentó su dimisión como embajador
(principios de 1772), fue nombrado para sustituirle el conde de
Lavagna, que no pudo tomar posesión de su cargo, pues murió
camino de Roma. El 24 de marzo se hizo pública la designación
del nuevo embajador ante la Santa Sede: era Moñino, uno de los
fiscales del Consejo de Castilla, “hombre —según lo definía
Menéndez y Pelayo- de los que llaman 'graves', nacido y cortado
para los negocios, supliendo con asidua laboriosidad y frío
cálculo lo que le faltaba de grandes pensamientos”. El conde
Vincenti, auditor de la nunciatura de Madrid, avisaba al
cardenal secretario de Estado, Opizio Pallavicini, que Moñino
“en medio de su exterior de dulzura, facilidad, moderación e
incluso religiosidad
(...),
incubaba en su ánimo la aversión a Roma, a la autoridad
pontificia y a la jurisdicción eclesiástica
(...),
muy empeñado en la extinción de los jesuitas, o por principio, o
por odio contra ellos, o por propio interés”. El jesuita
desterrado Manuel Luengo deshacía la disyuntiva y recordaba
aquellos mismos días desde Bolonia que Moñino había sido alumno
en un colegio de la Compañía de Jesús, pero había emigrado al
partido antijesuítico por razones de medro personal.
Es inútil subrayar que en las instrucciones que le había
confiado la secretaría de Estado de Madrid figuraba
la extinción de la Compañía de Jesús como el objetivo
primordial a obtener del Papa, sin perdonar en ello medio
alguno. El nuevo embajador, una vez llegado a Roma en julio de
1772, se puso inmediatamente al trabajo con indiscutible
habilidad e inteligencia. Como lo hace notar R. García
Villoslada, “Moñino, con su diplomacia brutal, mezcla de
franqueza, de finura psicológica y de violencia dominadora, fue
el verdugo de Clemente XIV: le apretaba, le exigía,
ora arguyéndole,
ora refutándole, ora inspirándole confianza, atacándole
reciamente y sin cesar hasta el último atrincheramiento, siempre
dispuesto, como él decía, a usar del garrote; de suerte que el
débil y condescendiente Clemente X1V llegó a tenerle verdadero
miedo” (Manual de Historia de la Compañía de Jesús
[Madrid, 1954] 558).
Moñino fue recibido por primera vez por el Papa el domingo 12 de
julio de 1772. Se encontró con que el negocio de la extinción
estaba prácticamente parado; ni siquiera se había publicado el
breve de aprobación de las expulsiones que el Papa prometiera a
de Bernis hacía ya casi tres años. Sin embargo, desde la segunda
audiencia que Clemente XIV concedió a Moñino el 23 de agosto
(aunque en el entretanto habían mediado cartas y mensajes entre
ellos, que se servía para ello de su confesor y eminencia gris,
el franciscano Innocenzo Buontempi), se tuvo la impresión de que
el proceso de la extinción estaba ya encarrilado y que no podía
dilatarse mucho la publicación del breve en cuanto el pontífice
regresara de su casa de vacaciones en octubre.
Continuó, no obstante, la táctica clementina de dar largas: se
escudaba en el pretexto de que la emperatriz María Teresa de
Austria, muy afecta —al parecer— a los jesuitas, se opondría con
seguridad a la promulgación del breve de extinción, y así
sugería otras medidas no tan drásticas, como prohibir la
recepción de novicios, cerrar el Seminario Romano y enviar
severos visitadores a diversas casas e instituciones de la
Compañía de Jesús. Estas maniobras de diversión no contentaron
al gobierno español, y su embajador estrechó el cerco en torno
del atemorizado Clemente XIV. “Es necesario estrechar y
amenazar”, escribía Moñino a Madrid. Las presiones se hicieron
más violentas, hasta tal punto que el mismo Moñino contaba a su
secretario de Estado: “Fue mucho lo que el Papa se inquietó y
afligió con mis reflexiones, rogándome que no le angustiase, ni
metiese en dudas y temores.” Por otra parte, María Teresa
capituló incondicionalmente y dejó a los jesuitas a merced de
los Borbones, habida cuenta de su política matrimonial, y sobre
todo de la derivada del relativamente reciente enlace de su hija
María Antonieta con el delfín de Francia, futuro Luis XVI. A
propósito de los Borbones franceses, el gobierno español, a
última hora, ordenó a Moñino que no presentara a Clemente XIV
la carta de adhesión a la campaña general anti-jesuítica que se
había recibido de Luis XV. Grimaldi se expresaba así: “No me
parece buena para enseñarla al Papa, pues parece que sólo por
condescendencia se interesa el (Rey) Cristianísimo en el negocio
de la extinción.” Al Papa le quedaban «muy pocos agujeros en que
esconderse», como escribía el agente Azara. Moñino añadió los
chantajes a los “estrechamientos”, bien secundado por Buontempi
y Zelada, italiano de origen español, que obtuvo el capelo
cardenalicio en la primavera de 1773 y que fue el encargado de
redactar el breve de supresión, según un esquema elaborado por
Moñino.
Mucho se ha escrito sobre los sentimientos contradictorios que
embargaban el ánimo de Clemente XIV cuando firmó el breve
Dominus ac Redemptor, por el que se consumaba la ruina de
los “corvinos”, como él llamaba a los jesuitas, a quienes en sus
confidencias
con el embajador español consideraba, según testimonio de éste,
como “hombres abandonados de Dios” y dignos de recibir “el
castigo que merecía su pertinacia”. Ni siquiera se sabe con
certeza el día en que el Papa estampó su firma. Y hay mucho de
leyenda, por no decir abiertamente de falsedad, en los relatos
de Jacques Crétineau-Joly, Augustin Theiner y otros, que pintan
la angustia de Clemente XIV, consciente de que rubricaba su
pena de muerte o condenación. La minuta del breve muestra un
“placet” completamente normal, que no revela agitación de ánimo
alguna. El breve Dominus ac Redemptor se imprimió en la
embajada de España del 24 al 28 de julio de 1773, y aparecía
como firmado el 21 del mismo mes.
e) El breve de supresión y sus primeras consecuencias.
El documento pontificio tiene dos
partes:
la narrativa (o de los “considerandos”) y la dispositiva; en la
primera, arranca de la prohibición del IV Concilio Lateranense
de fundar nuevas órdenes religiosas y enumera las que han sido
suprimidas por los papas comenzando desde los templarios. La
Compañía de Jesús, nacida para la salvación de las almas, más
bien se había convertido en la manzana de la discordia dentro
de la Iglesia, de tal manera que incluso las aprobaciones de
los papas se habían debido a rivalidades de los jesuitas entre
sí o con otros religiosos; los mismos monarcas con su conducta
daban a entender que era imposible la paz entre los cristianos
mientras existieran los “inquietos y turbulentos” jesuitas. La
parte dispositiva suprimía la Compañía de Jesús y prohibía en
virtud de obediencia al clero secular y regular y a los mismos
ex-jesuitas escribir o hablar de la supresión ni del instituto
de la Compañía de Jesús. Una serie de artículos complementarios
especificaba algunos aspectos sobre el posible ingreso de
ex-jesuitas en otra orden religiosa, la suerte de los
estudiantes y los novicios, la residencia, el hábito, las
licencias para confesar y predicar, la actividad misional, etc.
La tarde del lunes 16 agosto 1773, los prelados a quienes se
había confiado la ejecución del breve se repartieron por casas
jesuitas de Roma, acompañados de soldados y alguaciles. “A la
ejecución del Gesú —contaba Azara a Roda— fue monseñor
Macedonio, y el general estuvo muy humilde oyendo su sentencia
sin decir una palabra. Luego se le notificó que, debiendo
responder a varios cargos, quedaría preso en su cuarto hasta
ejecutarlo, y así está con dos granaderos a la vista día y
noche, que no lo dejan ver a nadie”. Aquí empezó el calvario del
P. Ricci, que no terminaría sino con su muerte en la prisión
de Sant’Angelo el 24 de noviembre de 1775. Su salud estaba tan
quebrantada que sólo a un mes de la promulgación del Dominus
ac Redemptor contaba el mismo Azara: “Ricci está mal de
salud y sólo habrá que admirar si no se muere.” Junto con el
General, fueron encarcelados también los Asistentes, es decir,
“el Sanedrín jesuítico”, como lo llamaban sus enemigos,
triunfadores en aquella hora.
Todos aquéllos que intervinieron activamente en la extinción
fueron generosamente premiados por el gobierno español:
Buontempi y Zelada, con importantes sumas de dinero y algunos
beneficios eclesiásticos, y Moñino, con el título de conde de
Floridablanca, con el que ha pasado a la historia. Pocos meses
antes de la extinción, y coincidiendo con la promoción de Zelada
a la púrpura, Clemente XlV había nombrado una Congregación de
cinco cardenales (Marefoschi, Andrea Corsini, el propio Zelada,
Francesco Carafa y Antonio Casali) y dos monseñores (Alfani y
Macedonio) para que llevaran a cabo la ejecución del breve, en
cuanto éste hubiera sido firmado por el pontífice. Fueron ellos
los que se encargaron del registro de las casas romanas que
habían pertenecido a la Compañía de Jesús y de la custodia de
los prisioneros de Sant’Angelo. La Congregación continuó
decidiendo en última instancia sobre personas y bienes de la
Orden extinta.
Carlos III y aquéllos de sus ministros que más se habían
distinguido en la extinción perseveraron en su misma actitud y
en su mismo empeño de aniquilamiento completo de la Compañía de
Jesús y de su espíritu; uno de ellos escribía en 1776, cuando ya
el nuevo Papa Pío VI, influido —o más bien coaccionado- por
Floridablanca, había dado señales claras de continuar con la
misma política que su antecesor frente a los jesuitas, que era
necesario “acabar con las cenizas y borrar hasta la memoria de
la Compañía de Jesús, extinguiendo así el jesuitismo y sus
máximas políticas, para que con ningún nombre o atributo pueda
resucitar jamás”.
Ya se indicó al principio cómo sobrevivió en Rusia Blanca una
genuina representación de la Compañía de Jesús, mínima por el
número de sujetos, pero no por su significación. El
jurisdiccionalismo del Antiguo Régimen sancionó legalmente esta
situación de hecho, y Catalina II hizo caso omiso a las
reclamaciones de Carlos III y de su ministro de Estado, que
desde 1777 era Floridablanca. En 1783 el designado obispo
coadjutor de Mogilev, Jan Benislawski obtuvo de Pío VI un
emocionado “placet” a las actividades pastorales de los jesuitas
en Rusia Blanca con su histórico “approbo”. Esta pequeña célula
sería el puente de unión entre la antigua Compañía de Jesús,
suprimida en virtud del breve Dominus ac Redemptor, y la
nueva, renacida con la Sollicitudo omnium ecclesiarum
del 7 de agosto de 1814, decretada por Pío VII.
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