Ética y educación desde la perspectiva de Laudato si’


Quiero empezar la presente intervención agradeciendo a quienes han tenido la iniciativa de invitarnos a reflexionar a lo largo de este año sobre el significado e implicaciones de esta bellísima encíclica papal, y especialmente al P. Rector, y al Secretario General, de la Universidad Javeriana, pues considero que la Universidad es el lugar más propicio para compartir las perspectivas de las diversas disciplinas sobre algo que nos atañe a todos de forma tan directa: el cuidado de nuestra casa común.

Puesto que lo que nos convoca en el día de hoy es una lectura del documento del Papa Francisco desde la perspectiva ética y educativa, y puesto que mi formación es precisamente como filósofo y como educador, no me centraré, como es fácilmente comprensible, en el examen de los problemas ecológicos tradicionales tratados en el capítulo primero de la encíclica (titulado “Lo que le está pasando a nuestra casa”), en donde se hace una sugerente exposición de la contaminación ambiental, el cambio climático, el aumento de basuras de todo tipo, la escasez y contaminación del agua, la pérdida de la biodiversidad, la extinción de especies animales y vegetales, así como de sus nefastas consecuencias: el deterioro de la calidad de la vida humana, la degradación social y la inequidad planetaria. Pretendo subrayar, más bien, las nuevas perspectivas éticas y educativas que nos abre el Papa a partir de su idea de que el antropocentrismo despótico propio de la modernidad debe ser superado por la idea de una ecología integral que considera a nuestro planeta como una casa común que debe ser cuidada y que toma en cuenta todas las posibles relaciones que establecen los seres vivos, y entre ellos los hombres, con los entornos físicos, sociales y mentales en medio de los cuales habitan.

En consonancia con este propósito, quisiera comenzar llamando la atención de todos ustedes hacia un pasaje muy sugerente de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco, en el cual se anuncia ya la perspectiva ecológica que luego desarrollará con mayor precisión y profundidad en Laudato si’. El pasaje dice así:

Hay otros seres frágiles e indefensos que muchas veces quedan a merced de los intereses económicos o de un uso indiscriminado. Me refiero al conjunto de la creación. Los seres humanos no somos meros beneficiarios, sino custodios de las demás criaturas. Por nuestra realidad corpórea, Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos rodea que la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación. No dejemos que a nuestro paso queden signos de destrucción y de muerte que afecten nuestra vida y la de las futuras generaciones. En este sentido, hago propio el bello y profético lamento que hace varios años expresaron los Obispos de Filipinas: “Una increíble variedad de insectos vivían en el bosque y estaban ocupados con todo tipo de tareas [...]. Los pájaros volaban por el aire, sus plumas brillantes y sus diferentes cantos añadían color y melodía al verde de los bosques [...]. Dios quiso esta tierra para nosotros, sus criaturas especiales, pero no para que pudiéramos destruirla y convertirla en un páramo [...]. Después de una sola noche de lluvia, mira hacia los ríos de marrón chocolate de tu localidad y recuerda que se llevan la sangre viva de la tierra hacia el mar [...]. ¿Cómo van a poder nadar los peces en alcantarillas como el río Pasig y tantos otros ríos que hemos contaminado? ¿Quién ha convertido el maravilloso mundo marino en cementerios subacuáticos despojados de vida y de color?” (Evangelii Gaudium, 215).

Si he querido partir de este pasaje es porque encuentro que en él está todo lo esencial que, desde una perspectiva ética y educativa, quiere subrayar el Papa Francisco en Laudato si’: la crítica más severa a nuestra actitud depredadora y consumista, el compromiso moral que tenemos con el cuidado de la creación y la necesidad de una nueva conciencia ecológica como principio de la educación presente y futura.

Aunque Laudato si’ no sea, en sentido estricto, una encíclica sobre ética o educación, es, sin embargo, un punto de referencia inexcusable para pensar los temas educativos y éticos del mundo contemporáneo. Y ello al menos por las siguientes razones: por su crítica muy severa, pero hecha siempre desde una perspectiva ética y espiritual, más que desde una posición política prefijada, al modo de vida actual, que nos ha llevado a la expoliación cada vez mayor de los recursos de la creación con el fin de satisfacer un consumismo exacerbado; porque nos pone de presente, a partir de una sencilla pero profunda teología bíblica, los principios éticos más fundamentales a partir de las cuales deben darse las relaciones de los seres vivos entre sí y de estos con los entornos físicos, sociales y mentales en que desplegamos nuestras vidas; y, sobre todo, porque constituye una invitación a enfrentar como el más radical desafío educativo el de la transformación de los hábitos que conforman el estilo de vida contemporáneo y a configurar una nueva educación y una nueva espiritualidad ecológicas.

Deberíamos destacar, sobre todo, el hecho de que su crítica, así como los fundamentos de ella y las propuestas que realiza, tienen un sentido fundamentalmente ético. Quiero decir con ello que el Papa no pretende con lo que dice en su texto instaurarse como autoridad científica o política, sino que hace uso de la autoridad moral y espiritual que le confiere su condición de Sumo Pontífice no para imponer principios o creencias a otros, sino para abrir un diálogo con todos los habitantes de nuestro planeta en torno al destino de nuestra casa común (Cf. LS, 3), pues la reflexión ética se construye sobre la base del diálogo entre personas que tienen perspectivas e intereses distintos, pero que participan, sin embargo, de problemas comunes. Más allá de nuestras posiciones políticas, nuestras prácticas culturales o nuestras creencias religiosas, todos los habitantes del planeta tenemos una seria preocupación sobre cuál será la tierra que heredarán las futuras generaciones; y, si bien no tenemos aún las soluciones que podrían ser más adecuadas para dichos problemas, sí podemos trabajar en la comprensión común de un conjunto de principios y prácticas que nos hagan percibir el mundo como una casa común. Pero, ¿de qué principios y prácticas se trata, o, mejor aún, sobre la base de qué principios de acción y sobre qué hábitos ha de formarse una nueva humanidad que se conciba a sí misma como guardiana de la creación y no como su poseedora y dominadora?

El llamado más fundamental del Papa Francisco es aquí a salir de una vez por todas de lo que él mismo llama el antropocentrismo despótico, es decir, aquella creencia y actitud por la cual tendemos a pensar que al hombre le corresponde “dominar” la creación a la manera de un rey todopoderoso que somete a sus súbditos sin considerar otros fines que sus propios intereses. Este paradigma de dominio, desafortunadamente, ha sido justificado muchas veces a través de una interpretación de las Escrituras a la que el Papa se opone radicalmente:

Si es verdad que algunas veces los cristianos hemos interpretado incorrectamente las Escrituras, hoy debemos rechazar con fuerza que, del hecho de ser creados a imagen de Dios y del mandato de dominar la tierra, se deduzca un dominio absoluto sobre las demás criaturas. Es importante leer los textos bíblicos en su contexto, con una hermenéutica adecuada, y recordar que nos invitan a “labrar y cuidar” el jardín del mundo (cf. Gn. 2,15). Mientras “labrar” significa cultivar, arar o trabajar, “cuidar” significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza. Cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras. [...] la Biblia no da lugar a un antropocentrismo despótico que se desentienda de las demás criaturas (LS, 67 y 68).

Este paradigma de dominio requiere ser sustituido de forma radical por un nuevo paradigma: el del cuidado. Pero, ¿qué tipo de paradigma es este y de qué fuentes bebe? Retomando elementos de la teología bíblica, el Papa nos recuerda la historia de Caín y Abel como la de la injusticia extrema contra un hermano que rompe con el equilibrio de la creación porque destruye los lazos que nos unen con las demás criaturas y con Dios mismo: “El descuido en el empeño de cultivar y mantener una relación adecuada con el vecino, hacia el cual tengo el deber del cuidado y de la custodia, destruye mi relación interior conmigo mismo, con los demás, con Dios y con la tierra. Cuando todas estas relaciones son descuidadas, cuando la justicia ya no habita en la tierra, la Biblia nos dice que toda la vida está en peligro. Esto es lo que nos enseña la narración sobre Noé, cuando Dios amenaza con exterminar la humanidad por su constante incapacidad de vivir a la altura de las exigencias de la justicia y de la paz [...]. En estos relatos tan antiguos, cargados de profundo simbolismo, ya estaba contenida una convicción actual: que todo está relacionado, y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás” (LS, 70).

Todos sabemos lo que es el cuidado, pues, sin duda, se trata de un tipo de relación que tenemos con todo lo que amamos: amamos nuestra familia y nuestros hijos, el lugar que habitamos y, en general, todo aquello que nos hace llevadera la vida en este mundo y otorga sentido a cada una de nuestras acciones. El cuidado, además, se funda en el sentimiento más básico de la vida interindividual: el respeto. Sin respeto hacia lo otro (la naturaleza, las otras personas, Dios mismo) sería imposible un comportamiento genuinamente ético. En la relación con la tierra que habitamos, dicho cuidado implica, además, “el respeto de los ritmos inscritos en la naturaleza por la mano del Creador” (LS, 71), del mismo modo que respetamos los diversos ritmos que configuran nuestra vida: los ritmos del aprendizaje personal, de las relaciones amorosas y de amistad con las demás personas, de los procesos políticos por medio de los cuales un pueblo lucha por alcanzar la paz y el desarrollo. El cuidado, entonces, no es una actitud ética cualquiera; es la actitud ética fundamental, es decir, aquella sin la cual todas las demás se ven socavadas. Las ideas más fundamentales que están en la base misma de nuestra conciencia ética (la de la dignidad personal, la del respeto por los derechos de las personas, la de la sana convivencia política, la del reconocimiento de las diferencias de identidad, la de un medio ambiente sano) tienen su fundamento básico en la del cuidado de sí mismo y de las relaciones que mantenemos con lo otro: los entornos físicos, sociales y mentales de que participamos.

La invitación del Papa Francisco al cuidado de la casa común no es, sin embargo, la mera invocación de principios teóricos; es, más bien, un llamado a la conciencia de la humanidad que aspira a promover una auténtica conversión. La “conversión ecológica” a la que nos invita, como toda auténtica conversión, debe nacer a la vez del corazón afligido de quien sabe que ha fallado en sus responsabilidades, de un examen racional de la situación en que se encuentra y, sobre todo, de la voluntad genuina de transformación de los hábitos y actitudes que hasta el momento ha desarrollado. Dicha conversión solo se puede lograr si examinamos nuestra conducta a la luz de principios éticos superiores, pues convertirse implica “cambiar la mirada” y ella solo se transforma en la medida en que se deja guiar por principios que la hacen mirar en una nueva dirección. Es precisamente la síntesis de esos principios éticos superiores lo que constituye la ecología integral de la que aquí se nos habla. Permítaseme a continuación, entonces, recoger algunos de esos principios claves de ecología integral. Hay muchos otros que aquí no mencionaré, pues pretendo destacar especialmente los siguientes:

  • El vínculo indisoluble que existe entre el cuidado del planeta y la lucha contra la pobreza. Y ello no solo por razones prácticas de todos conocidas, como el hecho de que a la vez la degradación ambiental es causa y consecuencia de la pobreza y la injusticia, sino porque el modo como nos relacionamos con el planeta y los seres vivos es una de las muestras más reveladoras de nuestra propia condición moral, pues, como bien lo subraya el Papa, “la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas” (LS, 56).
  • El respeto por los elementos más básicos que hacen posible la vida en el planeta. Ya los antiguos griegos nos sugirieron que en la naturaleza hay al menos cuatro elementos (el agua, el aire, la tierra y el fuego) a partir de los cuales se constituye todo lo demás. Esa idea primigenia fue luego retomada de muchas formas por la tradición cristiana y se encuentra particularmente presente en el “Cántico de las criaturas” de San Francisco de Asís, el texto inspirador por naturaleza de la encíclica papal. El desarrollo de virtudes ecológicas al que nos invita el Papa Francisco (Cf. LS, 88) resulta inseparable de actitudes de respeto, de cuidado y de alabanza hacia todos aquellos elementos materiales a través de los cuales el Creador manifiesta su amor por las criaturas.
  • El manejo razonable de la contaminación mental ligada al uso de los medios digitales. Quiero destacar este punto de modo especial, porque a menudo no se toman en cuenta las preocupaciones del Papa Francisco por lo que se suele llamar una “ecología de la mente”, es decir, el cuidado que es preciso tener en el manejo de la información y la peligrosa invasión de los medios electrónicos en nuestras relaciones personales. Dice al respecto el Papa: “las dinámicas de los medios del mundo digital que, cuando se convierten en omnipresentes, no favorecen el desarrollo de una capacidad de vivir sabiamente, de pensar en profundidad, de amar con generosidad. Los grandes sabios del pasado, en este contexto, correrían el riesgo de apagar su sabiduría en medio del ruido dispersivo de la información. Esto nos exige un esfuerzo para que esos medios se traduzcan en un nuevo desarrollo cultural de la humanidad y no en un deterioro de su riqueza más profunda. La verdadera sabiduría, producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre las personas, no se consigue con una mera acumulación de datos que termina saturando y obnubilando, en una especie de contaminación mental. Al mismo tiempo, tienden a reemplazarse las relaciones reales con los demás, con todos los desafíos que implican, por un tipo de comunicación mediada por internet” (LS, 47).
  • La necesidad de una nueva ética de las relaciones internacionales que atiende, más que a la productividad presente, a los derechos de las futuras generaciones. En los parágrafos 51 y 52 de la encíclica, el Papa Francisco hace una descripción cuidadosa de lo que él mismo llama “la deuda ecológica” que tienen los países más poderosos con los lugares más pobres de la tierra, y especialmente con África. Y, más adelante, y en muy diversas ocasiones, insiste en que los derechos de las futras generaciones al uso de la tierra y sus productos deben ser preservados por encima de cualquier afán de productividad y enriquecimiento. Es preciso atender al cuidado de la casa común con una perspectiva de futuro, pues la creación le fue dada al hombre para que la cuide y la preserve y el modo como hemos tratado con el planeta Tierra en las últimas generaciones puede conducir a una situación que resulte insostenible en el mediano plazo.

El llamado del Papa Francisco al desarrollo de una ciudadanía ecológica no hay que entenderlo como un llamado al reconocimiento de unos principios éticos abstractos, sino como la constitución de una perspectiva que es a la vez moral y educativa. A menudo entendemos la ética como la mera apelación a principios universales que deberían ser por todos reconocidos. El aprendizaje moral, sin embargo, como bien nos recuerda Aristóteles en sus textos éticos más importantes, es un aprendizaje práctico, es decir, algo que se adquiere no tanto a través de mediaciones teóricas, que son fundamentales cuando se quiere explorar el significado de los principios a los que apelamos, sino sobre todo a través del cultivo de hábitos que van conformando nuestro carácter.

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que a lo largo de la encíclica el Papa apele muy poco a la noción de “derechos” como fundamento de sus afirmaciones y, en cambio, busque su inspiración en una figura humana concreta, la de Francisco de Asís, como el modelo por excelencia de la ecología integral que pregona. En las actitudes de

Francisco de Asís, en su respeto por la creación, en su trato amoroso con todas las criaturas -con el sol y la luna, con la hermana agua y el hermano fuego, con el lobo de Gubbio-, en su disposición para el compartir fraterno con otros, en su desprendimiento de los bienes materiales, en su continua alabanza de todo lo creado, en su espíritu de gratuidad y de gratitud, en su comunión con el universo entero; es allí en donde podemos encontrar el fundamento último de las virtudes ecológicas que es preciso cultivar. No es posible una buena formación ética sin una adecuada educación moral. Y la educación moral es en lo esencial no la invocación de principios abstractos, sino el cultivo de aquellos hábitos que forman el carácter de un buen ciudadano.

Desde esta perspectiva, en la parte final de la encíclica, dedicada a la educación y espiritualidad ecológicas, el Papa nos propone un nuevo sentido de la educación ambiental, que no está dedicado exclusivamente a denunciar la degradación del ambiente, a informar sobre los derechos y deberes ciudadanos en materia de ecología o a promover buenas prácticas ambientales, sino que intenta pensar cuáles son aquellas virtudes ecológicas que hacen posible un nuevo trato con los bienes de la creación y, sobre todo, cuáles son aquellos hábitos que debe cultivar todo individuo que pretenda hacer del cuidado de la casa común uno de los objetivos primordiales de su acción en el mundo. El punto de partida esencial de esa nueva educación ambiental o ecológica debe ser el de una crítica severa al consumismo obsesivo que nos sumerge “en la vorágine de las compras y los gastos innecesarios” (LS, 203), pues cultiva una libertad ilusoria (la simple libertad de consumir) y nos lleva a una pérdida de identidad que se vive con angustia. No es posible una ecología integral sin una transformación radical de los hábitos de consumo, sin un espíritu de sobriedad y de retorno a la simplicidad de la vida y, sobre todo, sin una superación del individualismo que nos lleve a actuar con la conciencia de pertenecer a una misma especie y a un destino común. Una nueva conciencia ecológica solo es compatible, entonces, con la idea de una ciudadanía cosmopolita como la inspirada en la Carta de la Tierra, en donde ya no nos sentimos simplemente ciudadanos de este o aquel país, sino ciudadanos del mundo o, para decirlo en los términos del Papa, habitantes de una casa común.

La espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida, y alienta un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo. [...] La constante acumulación de posibilidades para consumir distrae el corazón e impide valorar cada cosa y cada momento. En cambio, el hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal. La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres (LS, 222).

La nueva educación ambiental que propone el Papa Francisco no puede ser comprendida sin el desarrollo de una nueva espiritualidad ecológica que pone el énfasis en una conversión personal al estilo de Francisco de Asís, conversión que implica la apertura hacia un sentido de servicio a la comunidad en que habitamos, una actitud permanente de gratitud con los dones que recibimos de la tierra y una gratuidad para el compartir generoso de los bienes con los demás, especialmente con los que más los necesitan, unas relaciones personales basadas en la sobriedad y la humildad y, sobre todo, el cultivo de una paz interior en medio de las tremendas vicisitudes y urgencias de la vida contemporánea.

Nunca como en el último mes los colombianos nos hemos debatido de forma tan terrible entre una paz que deseamos con fervor, pero que no acabamos de comprender plenamente en qué consiste, entre la ilusión de poder por fin llegar a cultivar los frutos de la tierra sin tener que enfrentar a cada instante los azares de la violencia y la terrible tragedia de ser el país de los cultivos ilícitos y el narcotráfico, entre la propuesta de una justicia nueva, basada en el perdón, la verdad y la reparación y los fantasmas de una atávica impunidad que carcome nuestras instituciones. Tal vez sea el momento de retomar la conciencia de que, como nos lo recuerda el Papa Francisco, habitamos una casa común y nada de lo que pase a nuestro planeta y a cualquiera de los seres que en él habitan puede resultarnos ajeno.

Permítanme concluir esta ya larga reflexión con una historia muy conocida, en donde el amor por las criaturas alcanza su más plena expresión, pues la bondad de quien vive a plenitud las virtudes ecológicas es capaz incluso de sobreponerse a los instintos naturales más poderosos, los de una fiera que encuentra en la depredación su forma de vida: la vieja historia de San Francisco y el lobo de Gubbia, contada primero en las Florecillas de san Francisco e inmortalizada luego en el poema “Los motivos del lobo” por el poeta nicaragüense Rubén Darío. Es la historia del lobo que tenía asolado al pequeño caserío italiano de Gubbia y que es invitado por Francisco a irse con él al convento, pero que, después de percibir la maldad humana, termina por retornar a la azarosa vida de la montaña cuando descubre que el egoísmo humano no es compatible con el cuidado de las criaturas. Allí está todo lo esencial de una ética ecológica que puede ser compartida por todos los hombres de buena voluntad a los que ha pretendido dirigirse el Papa en su encíclica: el espíritu de comunión con la naturaleza y con todas las criaturas, el trato amable que hace posible el cuidado de los otros y de sí mismo, la voluntad de renunciar a la violencia como manera de resolver los conflictos, el compartir generoso del alimento y el abrigo con los demás, el sentido de la sobriedad y la mesura que se respira en una sociedad que no vive incrementando las necesidades de consumo de forma artificial, la paz interior del hombre que respira aliviado porque sabe que hay un orden en la naturaleza que debe reconocer y respetar y, sobre todo, la profunda ternura que solo personajes como Francisco de Asís pueden inspirar a hombres de todas las culturas, épocas y religiones.

Pero dejemos que sea el propio poeta Rubén Darío el que nos recree esa bella escena tomada de la tradición y que nos ayude a entender cómo y por qué los motivos del lobo pueden ser compatibles con la imperiosa necesidad de cuidar nuestra casa común.

Los motivos del lobo

(Rubén Darío)

El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal;
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
el lobo de Gubbia, el terrible lobo.
Rabioso ha asolado los alrededores,
cruel ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertes y daños.

Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,

Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.

Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: -¡Paz, hermano
lobo!
El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: -¡Está bien, hermano Francisco!
¡Cómo! -exclamó el santo-. ¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?

Y el gran lobo, humilde: -¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces comí ganado y pastor.

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