LA ACADÉMIA JAVERIANA


 Alberto Gutiérrez S.J.



  • Desde que llegaron los jesuitas al Nuevo Reino, comenzaron a madurar y a exponer a las autoridades de la Compañía y del Reino la idea de que el Colegio que se iniciaba en Santafé en 1605 fuera universidad, elemento que se juzgaba fundamental en un sistema educativo completo y de proyección dentro de una sociedad en proceso de desarrollo. Varios de los pioneros de la Viceprovincia fueron salmantinos y venían motivados por su Alma Mater a continuar la obra universitaria que, en todo el Reino, desempeñaba Salamanca y que ya había dado sus primeros frutos, en las Indias, con las universidades de Santo Domingo, la primera, y de México y Urna, las auténticas propagadoras en América del modelo universitario salmantino. Según él se habían formado los Padres Alonso de Medrano, Martín de Funes, el primer Rector del Colegio de Santafé y Diego de Torres Bollo, el primer Viceprovincial del Nuevo Reino, discípulo del P. Francisco Suárez.

    NECESIDAD Y URGENCIA DE UNIVERSIDAD EN EL NUEVO REINO

    Una vez fundado el Colegio de la Compañía en Santafé (1604) y confiado a los jesuitas por el arzobispo Bartolomé Loboguerrero el Colegio Seminario de San Bartolomé (1605), se vio la posibilidad, más aún la necesidad, de que en el Nuevo Reino se pudieran dar títulos universitario ya que Santo Domingo, Lima y México estaban demasiado lejos para poder graduarse en sus universidades. La posesión de un título, bachiller, licenciado, maestro o doctor, eran, no solo motivo de prestigio personal en el ambiente cultural neogranadino, sino condición para ejercer cargos superiores en la administración, tanto civil como eclesiástica.

    El propio arzobispo Loboguerrero, desde su llegada a su sede con los Padres Medrano y Figueroa, dio su parecer favorable, en 1599, sobre la fundación de un Colegio de la Compañía que pudiera dar títulos universitarios. Iniciado el Colegio en 1605, la por entonces Viceprovincia solicita al P. General Aquaviva en “memorial” de 1607, que “se contente de que en Madrid se procure que el Rey funde el Colegio y la Universidad de Santafé como se lo han pedido el presidente, el arzobispo, el visitador de las audiencias y la audiencia misma”.

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    En mayo de 1610, la Congregación de la Viceprovincia solicita, de nuevo, al general que conceda que “el Colegio del Nuevo Reino tenga la facultad de conferir los que llaman grados (literarios)”. El P. Aquaviva respondió que “de acuerdo con los privilegios de la Compañía concedía la facultad siempre que no se diera ocasión de ofensa a ninguna universidad y los ministros del Rey lo aprobaran”. La anterior respuesta legitimaba internamente la concesión de títulos en el Colegio, pero dejaba pendiente el asunto del reconocimiento oficial, campo en el cual debían intervenir, de acuerdo con la usanza de la época, la autoridad papal y del Rey, en orden a respaldar, en el más alto nivel, instituciones que lo merecieran y a salvaguardar los fueros e intereses de las ya existentes.

    Es en este contexto de búsqueda de reconocimiento para sus respectivas pretensiones universitarias, se verificó, en Santafé, la ardua polémica, que degeneró en prolongado pleito, entre los jesuitas y sus títulos para tener universidad y los dominicos y los suyos para fundar la Tomista. Razones universitarias las había ciertamente y los dominicos podían exhibir título, pontificios más antiguos que la Compañía para graduar sus propios estudiantes. Otra cosa fueron las concesiones para fundar universidad, es decir, para el reconocimiento oficial de esos títulos. La polémica entre las dos órdenes se hizo más intrincada aún cuando entró en juego el pleito por la herencia de Don Gaspar Núñez, amigo de los jesuitas, cuyos albaceas fueron sus hijos, amigos de los dominicos. El problema radicaba en que dominicos y jesuitas contaban con el legado para fundar su propia universidad.

    GREGORIO XV Y EL BREVE “IN SUPEREMINENTI APOSTOLICAE SEDIS”

    En los ires y venires en Roma y en España, se llegó al año 1621: en febrero de ese año, fue elegido papa el cardenal Alejandro Ludovisi quien asumió el nombre de Gregorio XV. En su corto pontificado de dos años largos (1621-1623) favoreció de manera eximia a la Compañía pues canonizó a San Ignacio de Loyola y a San Francisco Javier, quiso unir su memoria a la del Fundador y a la de la Compañía proyectando el hermoso templo de San Ignacio en Roma en donde quedaría su monumento sepulcral y abrió el campo para que la Compañía pudiera ejercitar la actividad universitaria en las zonas de influencia hispana, América y Filipinas.

    Por medio del breve “In supereminenti Apostolicae Sedis” de 9 de julio de 1621, el papa concede “que puedan otorgarse los grados universitarios de bachillerato, licenciatura, magisterio y doctorado a los alumnos de los Colegios de la Compañía de Filipinas, Chile, Tucumán, el Río de la Plata y el Nuevo Reino de Granada y las demás partes de las Indias donde no hubiera universidad de estudios generales y que disten doscientas leguas por lo menos de la más cercana universidad pública...” El Rey Felipe IV firmó la cédula real por medio del cual se daba el pase al breve papal en Madrid, el 2 de febrero de 1622, con lo cual se cumplían los requisitos, papel y regio, para que la Academia Javeriana, nombre con la cual se la bautizó en honor del recién canonizado misionero de Oriente, San Francisco Javier, fuera universidad. Naturalmente, el júbilo entre los jesuitas y sus amigos fue inmenso, pero no acabó ni el pleito ni los disgustos con la Tomista.

    POLEMICA ENTRE LA JAVERIANA Y LA TOMISTA

    De nuevo alegaron sus derechos los Padres dominicos, basándose en la bula “Romanus Pontifex” de Gregorio XIII, en la que el Papa Boncompagni concedía, en 1580, licencia para que, en el convento de Nuestra Señora del Rosario de Santafé se erigiera universidad de estudios generales y se otorgaran títulos. El Capítulo general dominicano, basado en esta bula erigió la Universidad de Santo Tomás, asunto que fue contestado por el Consejo de Indias por haberlo hecho sin consulta al propio Consejo ni al Rey. Nuevas instancias tampoco lograron el efecto deseado, de manera que el siglo terminó sin que se hubiera resuelto el asunto de la universidad de los dominicos en Santafé.

    Al inaugurarse la Academia Javeriana, los dominicos, volvieron sobre el asunto de la Tomista ante el Papa Paulo V y este les concedió autorización pera graduar a sus alumnos, lo que empezó a realizarse desde 1626. Los jesuitas lo hacían desde 1623. Consultado el P. Mucio Vitelleschi, General sucesor de Aquaviva, sobre si podían seguir graduando a quienes habían terminado estudios antes del breve de Gregorio XV. Este había respondido afirmativamente, en carta al Rector del Colegio de Santafé y de la Javeriana, P. Baltasar Mas Burgués, el 15 de enero de 1625: “Paréceme cosa cierta que se pueden graduar”.

    Lo que sucedió a lo largo del siglo XVII pertenece, en gran manera, a la crónica de una polémica y de un pleito inacabables. Las dos universidades continuaron su vida académica estimuladas por la competencia y fueron aclimatando la vida intelectual en el Nuevo Reino de Granada. Para el 31 de diciembre de 1651, el Rey Felipe IV concedió al arzobispo de Santafé, fray Cristóbal de Torres, la autorización de fundar un Colegio para sostener las cátedras de cánones, leyes y medicina. Nació así el Colegio del Rosario que los dominicos, llamados por el arzobispo a dirigir el Colegio, quisieron unir a la Universidad tomista, con gran disgusto de fray Cristóbal que terminó entregándola al clero secular de su arquidiócesis.

    Entre tanto se multiplicaban las peticiones, informes y memoriales de parte javeriana y tomista para lograr la exclusividad de dar títulos en su respectiva universidad. En la académica lucha por la facultad de graduar, los jesuitas lograron varios breves de diversos papas lo que, aunque perecía inclinar la balanza a su favor, no acababa de definir el asunto. La solución, salomónica y universitaria por demás, llegó el 25 de junio de 1704 cuando el papa Clemente XI, por el breve “In apostolicae dignitatis” impuso “perpetuo silencio a dominicos y jesuitas” y los igualó en Santafé y Quito en cuanto al privilegio de dar grados. Felipe V dio el pase al breve por cédula real del 25 de noviembre del mismo año 1704. En virtud de la decisión papa1 y regia, tanto la Academia Javeriana como la Universidad Tomista de Santafé de Bogotá eran reconocidas como universidades particulares con la posibilidad de dar títulos con duración indefinida.

    LOS ESTUDIOS EN LA ACADEMIA JAVERIANA

    Importante para el desarrollo de los estudios superiores en la Provincia fue la decisión del General, P. Mucio Vitelleschi, sucesor de Aquaviva, de devolver el Colegio de Quito a la Provincia del Nuevo Reino el 3 de noviembre de 1617, con lo cual ésta pasó a llamarse del Nuevo Reino y Quito. En consecuencia, la Provincia contó con dos instituciones universitarias que, al tiempo que se estimulaban mutuamente, colaboraban en la creación del ambiente de estudio que, por existir de más antiguo en Quito que en Santafé, favorecía en gran manera, a la capital del futuro virreinato.

    Los estudios formales se iniciaban con las disciplinas básicas de las artes sermocionales o del discurso, a saber, la gramática, la retórica y la dialéctica. Dentro de la tendencia y humanística de la época, se privilegiaba el estudio del latín y del griego, aunque es un gran mérito de la Javeriana de entonces el que no haya descuidado la buena composición, dicción y oratoria en castellano y fomentado con esmero la cátedra de lenguas indígenas, sobre todo del chibcha, la difícil lengua de los muiscas. El P. Medrano fue el primero de los jesuitas en emprender la labor de estudiar “la lengua gutural, difícil de pronunciar y pobre en vocablos de los indígenas” y en presentar al P. General el plan de establecimiento de la Compañía en el Nuevo Reino, basado, entre otros puntos esenciales, en el aprendizaje, por parte de quienes quisieran trabajar con los indígenas, de “las lenguas propias de estas tierras”. Ya establecidos los jesuitas en Santafé, fueron los Padres Dadey y Coluccini, italianos, los que con más éxito lograron adentrarse en la lengua chibcha y es mérito del Colegio de Santafé y de la Javeriana el que, en su claustro, se halla trabajado una gramática y traducido, con la cooperación de peritos en chibcha, criollos e indígenas, el catecismo y las principales oraciones de la Iglesia. Dicen las crónicas que, a las sesiones de trabajo, asistían el propio arzobispo Loboguerrero y el Rector del Colegio, P. Martín de Funes.

    Los estudios superiores, hoy diríamos los del ciclo propiamente universitario, se fueron desarrollando en las cuatro áreas clásicas de las universidades de entonces: la filosofía o ciclo avanzado de artes, la teología, el derecho y la medicina. La Javeriana tuvo cátedras en las cuatro “facultades” clásicas, si bien la medicina que tuvo a su cargo don Rodrigo Enríquez de Andrade, médico graduado por la Universidad de Alcalá, solo duró de 1636 a 1643. Unas fuentes dicen que por falta de alumnos o por desconfianza del medio hacia la nueva medicina, otro, que por impericia del profesor; hay un hecho que hace pensar en lo último: el arzobispo fray Cristóbal de Torres, de quien era médico Enríquez de Andrade, entre otros argumentos presentados al Rey Felipe IV para la fundación del Colegio del Rosario, presenta el de la necesidad de “fundar cátedra de medicina” y no propiamente bajo la dirección de su médico.

    Sobra decir que, como era de rigor en el medio universitario del Nuevo Mundo, se seguía el modelo de Salamanca, por tanto, centrado alrededor de las Artes y la Teología. Las costumbres y usos salmantinos, según las adaptaciones de las universidades de Lima y México, eran norma para profesores y estudiantes, para las clases, las distinciones, los grados, las sanciones y los títulos. Entre las bellas tradiciones salmantinas, heredadas de España y aceptadas en América, estaba la de jurar defender el dogma de la Inmaculada Concepción de María.

    La Academia Javeriana, íntimamente unida al Colegio de la Compañía de Santafé, fue, por siglo y medio (1623-1767), parte esencial de la vida del Nuevo Reino y de su conformación intelectual y social. Cuando, con la expulsión de los jesuitas de todos los dominios españoles, cesaron las funciones javerianas en el periodo hispánico y se acallaron sus cátedras, siguió vivo su verbo que estuvo presente en la emancipación y sirvió de semilla para su restablecimiento en 1930.

    Roma, 31 de Marzo de 1997

    Alberto Gutiérrez S.J.



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