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El perdón, medicina, no salud

  •   Domingo Septiembre 17 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

La experiencia de opresión del pueblo judío lo lleva a postular que Yahvéh (o Elohim) les hará justicia frente a sus opresores pues no la lograban con su propia mano. Luego de establecerse en Palestina y sentir que los injustos no eran solamente los extranjeros sino los mismos judíos contra sus hermanos, entienden que un dios completamente justo tendría que destruirlos también a ellos.


Pero surge la idea de un Yahvéh misericordioso y compasivo, lento a la cólera y rico en piedad que perdona a todo el pueblo en la fiesta anual de la expiación, el perdón o Yom-Kippur, cuyo símbolo central era el Chivo Expiatorio . Esto les permitía mantener viva la esperanza de la conversión. El profeta Jonás, muy en contra de su voluntad, anuncia a Nínive que si se convierten también Yahvéh los perdona; el profeta Amós predica que Yahvéh ama a todos los pueblos y el profeta Oseas que juzga a todos los pueblos.

El carácter “aguafiestas” de los profetas los hacía incómodos para la religión oficial. La oración por el perdón formaba parte de las bendiciones judías con sus prerrequisitos de confesión, arrepentimiento y resolución de no repetir el comportamiento inadecuado. Puesto que el judío debía imitar a Yahvéh, perdonar debía concederse libremente por parte del injuriado y quien no lo hacía era considerado cruel, pues congelaba el presente (la ofensa y sus consecuencias) como única alternativa futura: eternamente enojado. La novedad cristiana era que Jesús perdonaba pecados que no eran contra sí mismo y que si eran contra Dios solamente éste podía perdonar. Pero de alguna forma Jesús se presenta como representante de toda la humanidad, la nueva humanidad. Escritos rabínicos decían: “quien asesina un hombre asesina la humanidad, quien salva la vida de un hombre salva la humanidad”. El individualismo que hoy vivimos era totalmente desconocido en el pensamiento judío. Pero el perdón formaba parte de la justicia que buscaba el bien del ofensor. En el mismo Antiguo Testamento se habla de una justicia retributiva (mispat en hebreo) por la cual el ofensor paga su ofensa y una justicia restaurativa (sedaqá) por la cual el ofensor es justificado o hacedor de justicia. Esta última ya está cerca de la conversión que predica Juan el Bautista y retoma Jesús. Perdonar para que haya conversión y conversión para que haya reinado de Dios. Este toma la pecaminosidad del hombre para sí y vence en su propio corazón lo que no puede vencerse en la vida humana. Es el sentido de las fórmula “por nuestros pecados” de los primeros credos cristianos, es decir, que el “pecado” muere no por la represión o el castigo sino ahogado por el amor.

Los números que aparecen en el texto sobre el perdón tienen un antecedente en uno de los relatos bíblicos sobre el origen del pecado como es el de Caín y Abel. Quien mate a Caín será vengado siete veces por Yahvéh en una desautorización para cobrar a Caín con su ejecución el asesinato que ha cometido. Luego Lamec, quien pasa por el primero en tener más de una mujer, canta que quien lo hiera a él recibirá setenta veces la misma herida. La multiplicación de la venganza a nivel exponencial. La recomendación a Pedro sería de la multiplicación en contrario del perdón. La parábola del rey que busca ajustar cuentas con sus siervos sería una ilustración de la abundancia del perdón pues “diez mil talentos” son una fortuna escandalosa. La comparación final del siervo que no perdona a otro siervo hace el contraste aún más evidente. En la oración del Padrenuestro la esperanza del orante es establecer una relación de perdón con los demás como él mismo la siente con Dios. De hecho en toda la Biblia, aunque no siempre de manera clara, no hay pecado contra Dios que no lo sea contra la humanidad. La Biblia es la palabra de Dios no sobre Dios mismo sino sobre el ser humano de manera que si le preguntamos por quién es Dios nos encontramos con que nos responde quienes somos nosotros, tanto en la realidad histórica como en lo que Dios desea que seamos. Los horrores del Antiguo Testamento (matanzas, mentiras, traiciones, abusos) no son revelación de Dios sino radiografías de la humanidad y sin embargo llamada a la conversión porque puede ser diferente y Yahvéh la quiere diferente.

La parábola presenta un contraste, por el giro que da en el género del relato, pues mientras que a Pedro le insiste en el perdón sin límite, en la parábola el señor —al principio era un rey— no tiene compasión del siervo a quien le había perdonado y lo entrega a los torturadores. El epigrama del final: «Así también mi Padre celestial hará con vosotros» armoniza más con lo que ha dicho a Pedro que con la parábola, excepto si la entendemos como lenguaje exhortativo a la manera de las amenazas de los profetas: para que no suceda, no para que suceda. El evangelio ha dejado claro que el reinado de Dios es conversión (con o sin perdón expreso) y no como los reinos portadores de opresión, venganza y destrucción como era propio de Roma y otros imperios; ¡y es precisamente este tipo de reinado el que la parábola evoca! El rey (o señor) termina en tirano que crea una situación desesperada cobrando excesivo tributo y que al final se excede también torturando al siervo. Y si bien es verdad que se muestra aparentemente generoso al perdonar la gran deuda, su actitud magnánima es de corta duración. Hasta han querido ver en esta parábola la historia de Israel pero de una forma inaceptablemente anti semita. Como en otros comentarios se ha dicho, esta parábola aparece ya aplicada por la comunidad y alegorizada en situaciones que hoy se nos escapan. El asunto central más bien parece ser la ilustración original de lo dispuestos que estamos a recibir el perdón sin el paso siguiente de la conversión; el siervo presto a recibirlo no está presto a darlo.

Piensa sobre su mismo deudor como quien tiene derecho a exigir el pago con cárcel. No va más allá de la justicia redistributiva habiendo recibido él la conmutativa. Si debe que pague es la herencia jurídica del derecho romano, no del evangelio. Por más usada en la Biblia y en la tradición la imagen de que Dios es rey, Jesús es rey, el problema es que ninguno de los reyes conocidos han dejado de ser poderosos de este mundo y con las ambiciones de este mundo. Este lenguaje ha resultado contraproducente para entender el Dios de Jesús y a Jesús mismo. En los mismos evangelios rey es título con connotación negativa. Un error (caso de Pedro) no es suficiente para que Dios someta a un discípulo a continua tortura. No perdona una sola vez para luego revocar el perdón de manera caprichosa. La figura final del rey no apunta a Dios ni a Jesús. Si Yahvéh no quería nombrar reyes para Israel no era porque le disputaran su realiza sino porque destruía lo que era Yahvéh para su pueblo: su padre, su amante, su novio, su hermano, su amigo, su compañero de camino. La parábola no es un axioma, es palabra para intuir.