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El evangelio va más allá del “evangelio”

  •   Domingo Diciembre 10 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Adviento

Quien primero utiliza la palabra “evangelio” es Pablo, de manera que más de un comentaristas habla de “el evangelio de Pablo” cuyo contenido básico es que Jesús murió por nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación (Rm 4:25); que la salvación viene por gracia y no por la ley (Torah) y que la resurrección es nuestro futuro pero también nuestro presente. Para ello nos toca vivir la pasión, atender la sabiduría de la cruz y predicar algo que es necedad para los judíos y locuras para los griegos.


Evangelio en Pablo no significa pues un documento. Siendo Pablo quien primero escribe sobre la fe cristiana, Marcos toma su concepto de conversión (evangelio) para la cual su escrito es una ayuda, un subsidio. Pablo no escribe propiamente sobre la vida pública de Jesús sino sobre la vida cristiana. Todas las “vidas de Jesús” (libros, películas, novelas, biografías) han fracasado en su intento. El significado “civil” de evangelio como “buena nueva”, se refería a noticias de guerra y muy poco refleja lo que llamamos evangelio y menos evangelios (en plural). La Biblia de Jerusalén, en su primera edición, tradujo como “buena noticia” y en las ediciones posteriores volvió a “evangelio”.

Puesto en una sola palabra, evangelio es conversión y los cuatro escritos llamados tales, tienen sentido como ayuda, estímulo, camino, modelo de conversión. Cada uno de los cuatro evangelios canónicos —ninguno de ellos es una “vida de Jesús”— afronta una manera de vivir la conversión: Marcos la centra en la pasión; Mateo la centra en la voluntad de Dios en cielo y tierra; Lucas la centra en el perdón y la misericordia; Juan la centra en el amor; Pablo la centra en la gracia y el Espíritu; el Apocalipsis en la resistencia en las adversidades; los Hechos de los Apóstoles en la difusión del evangelio y vida de la comunidad creyente.

Al menos durante dos siglos no se hablaba de evangelios (en plural) sino de evangelio (en singular) sin diferenciar autores. A finales del siglo II se atribuye un autor a cada evangelio, siguiendo la tradición judía de asignar un autor a cada libro del Antiguo Testamento. Estrictamente hablando toda la Biblia es anónima, excepto siete cartas de Pablo. Los libros son recogidos de las tradiciones orales de las comunidades y en diferentes épocas. Si fueran de una persona, no se trataría de la historia de salvación sino de la vida de unos héroes y muy regularmente escrita. Moisés, Abrahán, Jacob, José encarnan un pueblo; son personajes federativos o colectivos como la figura de Adán (varón) y Eva (barona porque del varón salió ).

La revelación no es un mensaje secreto que se entrega a una persona; seríamos paulistas, petristas, santiaguistas, juanistas y no cristianos. La comunidad, por más teorías que se han dado, es el medio en el que Dios crea seres humanos. La revelación es una tendencia especial (trascendental) en medio de la comunidad, que se consolida y acepta y luego se pone por Escrito . Esas son todas las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento. En el Antiguo se consolida básicamente el derecho de Yahvéh sobre la tierra, el pacto, la promesa, la vida ética y la esperanza mesiánica. En el Nuevo la experiencia Pascual, la sabiduría de la cruz, la conversión, el Espíritu, la comunidad cristiana, la vida según el modelo de Jesús y el futuro de los creyentes. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento dejan muchos temas por fuera que no son objeto de la revelación. Para el judaísmo se pueden iluminar interpretando las Escrituras, para el cristianismo acudiendo al discernimiento de los signos de los tiempos.

Marcos empieza hablando del “comienzo” del evangelio (conversión) entroncándolo en Juan el Bautista que es el fruto final del profetismo judío. El Nuevo Paco con Jesús sería la plenitud del Antiguo Pacto con el pueblo judío.

En el evangelio de Juan el comienzo se pierde en el tiempo porque lo que se encarna es la Palabra (logos, verbo) que es universal, independiente de cualquier pueblo, y el Bautista es testigo de esa Palabra. En Marcos la vida pública de Jesús se inicia luego de la prisión del Bautista, quien lo bautiza. Es el único evangelio que lo dice expresamente; en Mateo discuten Jesús y el Bautista quien deba bautizar a quien; en Lucas se enfatiza la oración de Jesús y no se dice quién lo bautiza; en Juan no hay mención ninguna.

El Bautista coincide con Jesús en que el objetivo básico de su predicación es la conversión para la cual el perdón del los pecados era la “cuota inicial” gratuita. El bautismo en el Jordán era meramente el símbolo del nuevo paso del río como lo hizo Josué con las tribus que lideró Moisés a través del desierto. No existía bautismo para los judíos; solamente para los prosélitos y era auto-aplicado. El prosélito se sumergía a sí mismo en agua viva.

El Bautista tuvo tal acogida que aún en vida pública de Jesús lo confunden con el Bautista vuelto a la vida (como Elías quien no habría muerto). Pero Marcos se ocupa igualmente de marcar las diferencias entre el Bautista y Jesús. La fundamental es que el Bautista predica conversión para evitar el juicio que se acerca y Jesús predica la conversión porque ya llegó el reinado de Dios o para que venga.

El Bautista es pesimista y Jesús optimista con el futuro. Jesús no está de acuerdo con los ayunos del Bautista y sus discípulos, como no está de acuerdo con los fariseos que las reglas del sábado sean más importantes que el hambre de sus discípulos.

El Bautista representa un esfuerzo común de todos los tiempos por purificarse, reorientar la existencia y recomenzar una vida. La conciencia misma hace a menudo tal llamado: “tengo que cambiar, debo ser mejor”. Es un sentimiento noble que ya puede considerarse como voz de Dios. Pero a menudo sentimos fracasar en esas buenas intenciones. Jesús busca despertar un motivo superior para cambiar y es lo que se resume en el reinado de Dios. Algo mejor no solamente para mí mismo sino para los demás.

En el evangelio de Marcos el camino del cambio es la pasión. Seguir a Jesús es seguirlo en su pasión, no en la idea de perfección que nos viene de otras fuentes como la sicología, el éxito en la vida, la auto-realización, el triunfo. La perfección de Jesús es vivir para los demás hasta la muerte. Para el judío era vivir a cabalidad la sabiduría de la Torah (ley). El Bautista reconoce el límite de su proyecto con el bautismo en el Jordán: «Yo os bautizo solo con agua; alguien más fuerte os bautizará con Espíritu y fuego» (Mt 3:11). El fuego del castigo en el Bautista se convierte con Jesús en la pasión como camino de salvación para todos. La justificación que predicaba Pablo exige la pasión como la describe Marcos, no solamente para Jesús sino para todos sus seguidores.