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El Señor resucitado perfecciona la formación de los apóstoles

  •   Domingo Abril 15 de 2018
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Pascua

En el tiempo que transcurre entre la Resurrección y la Ascensión, el Señor perfecciona el proceso formativo de los apóstoles. Durante su vida apostólica, Jesús les había hablado de muchas cosas, cuyo sentido escapaba a estos hombres sencillos que carecían de una formación académica y religiosa.


Eran personas simples, profundamente religiosas, qua habían sido cautivadas por la bondad que irradiaba el Maestro y por la fuerza de sus palabras y milagros. Muchas de las enseñanzas de Jesús, incomprendidas durante su vida apostólica, se llenaron de sentido después de encontrarse con el Señor resucitado. Así pues, estos encuentros con el Señor los confirmaron en la fe para asumir la misión de anunciar la buena nueva a todos los pueblos.

Empecemos nuestra meditación dominical con una atenta lectura del relato del evangelista Lucas, que destaca detalles significativos.

El saludo del Señor resucitado es un anuncio de paz: “La paz esté con ustedes”. Este saludo es una constante en las apariciones de Jesús y constituye un formidable mensaje pascual. ¿Qué significa? La existencia humana está llena de incertidumbres. Cuando pensamos en el futuro, muchas de nuestras preguntas no encuentran respuesta. Es frecuente que esta incertidumbre produzca angustia. ¿Cuál es el mensaje pascual? Ciertamente, las incertidumbres son inseparables de la existencia humana. Sin embargo, los seguidores de Jesús resucitado no vemos el futuro como un túnel oscuro y aterrador, porque tenemos la certeza de que el Señor es nuestro compañero de camino. No estamos solos. Así como hace dos mil años dijo a sus apóstoles: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior?”, estas mismas palabras son proclamadas, en el nombre del Señor, por la Iglesia.

La paz que anuncia el Resucitado no significa ausencia de problemas, ni es póliza que nos proteja del sufrimiento. Lo que nos ofrece el Señor es su gracia, la certeza de acompañarnos, su misericordia infinita y nos ofrece un sentido de la vida. No somos un juguete del destino.

Este relato del evangelista Lucas pone de manifiesto los sentimientos encontrados de los apóstoles. Los acontecimientos del Viernes Santo habían sido demoledores. Después empiezan a circular las primeras noticias de la resurrección. Se debaten entre la duda y la alegría. Creen que el Señor ha resucitado, pero… Por eso el evangelista escribe: “Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: ¿Tienen aquí algo de comer?” Esta referencia a la comida era para convencerlos de la nueva realidad que estaban viviendo.

¿Por qué la insistencia del Señor en mostrar sus manos y pies, que habían sido traspasados por los clavos? Lo hacía para demostrarles que el Jesús glorioso que se les manifestaba era el mismo Jesús que había recorrido los caminos de Tierra Santa anunciando la llegada del Reino de Dios. Era el mismo, aunque diferente. ¿Por qué diferente? Porque el Señor resucitado que dialogaba con ellos no era un muerto que había regresado al mundo de los vivos, como había sucedido con Lázaro, sino que había resucitado glorioso y ya no estaba sometido a las limitaciones del espacio y del tiempo que marcan nuestra condición humana. No es un fantasma. Es el Maestro resucitado y glorioso.

Al comienzo de esta meditación dijimos que estas apariciones pascuales sirvieron para confirmar la fe de los apóstoles y perfeccionar su proceso formativo. ¿Cuál es la lección que les imparte en esta aparición? Podemos identificar dos puntos:

En primer lugar, conecta el hecho de la Resurrección con la tradición del Antiguo Testamento. Lo que están experimentando en ese momento es el cumplimiento de un anuncio: “Tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

En segundo lugar, conecta el hecho de la Resurrección con el futuro de la historia de salvación, que instituye un orden nuevo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto”.

Después de meditar sobre este encuentro pascual de los apóstoles con el Señor resucitado y reflexionar sobre la lección que les imparte, los invito a dirigir la atención a la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles. Allí vemos a Pedro, lleno de la sabiduría del Espíritu Santo, que se dirige a sus hermanos judíos para anunciarles la buena noticia. En esta catequesis, Pedro habla en términos que son familiares para sus interlocutores: “El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, ha glorificado a su siervo Jesús…” Es muy interesante analizar la estructura de las catequesis de los apóstoles, tal como son consignadas en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Contienen la quintaesencia del anuncio pascual: dar a conocer al Señor resucitado. No hacen discursos políticos ni sociológicos ni filosóficos. Anuncian lo esencial: la persona y el mensaje del Resucitado. Estas catequesis de la Iglesia Apostólica son el referente por excelencia para la Iglesia de todos los tiempos: debemos anunciar lo esencial, que es la persona y el mensaje del Señor. Los demás discursos son una distracción.