La liberación desde la reconciliación. La alianza preferencial con el enemigo


Un saludo cordial y agradecido a todos, y especialmente al padre decano, Hermann Rodriguez, S.J., por la invitación a tener esta lectio inauguralis.

Cuando hace ya unos años me destinaron desde el Servicio Jesuita a Refugiados, SJR, a hacer una tesis doctoral, la idea era clara: necesitamos, en el SJR, gente que pueda hacer interlocución con la academia, para que desde allá nos ayuden a encontrar soluciones duraderas a la violencia y sus causas; y especialmente necesitamos pedirle a la teología que nos ayude a encontrar un sentido último del sin sentido de la violación sistemática de derechos humanos, los crímenes de guerra, los crímenes contra la hu­ manidad, el genocidio... Por eso estoy aquí: porque necesitamos de ustedes, teólogos.

Ignacio Ellacuría no tenía dudas sobre cuál era el papel de la universidad. En uno de sus discursos en la Universidad Centroamericana, UCA, decía:

La forma específica con que la universidad debe ponerse al servicio inmediato de todos es dirigiéndose [...] a la denuncia y destrucción de las injusticias; debe crear modelos nuevos para que la sociedad y el Estado puedan ponerlos en marcha. Sin tarea crítica sistemática y creadora de alternativas transformadoras no hay tarea universitaria.1

Por eso estoy aquí hoy. Porque el SJR, y especialmente los refugiados y desplazados forzosos de tantos con ictos armados clásicos, o de nuevas formas de violencia, los necesitan a ustedes, a los teólogos y a todos los académicos.

Al llevar adelante nuestra misión de acompañar, servir y defender a refugiados, buscadores de asilo y desplazados forzosos por los con ictos armados, en el SJR descubrimos que de otro modo nosotros también somos acompañados, servidos y defendidos por los refugiados y desplazados. Y aprendemos así, de las víctimas y victi­ marios, a hacer algo de teología.

Una de las víctimas, doña Socorro, una desplazada por la violencia armada en Colombia, es para mí una de las mejores maestras de teología que he tenido. Permitidme que esta lectio inaugural la comience con la lección de teología que ella nos brindó.

Al llegar a una comunidad con la que trabaja el SJR en Cúcuta, preguntamos: –¿Qué les ayudaría a reconciliarse?

Doña Socorro respondió rotundamente:

–¡Justicia!”

Le vuelvo a preguntar:

–¿Y qué justicia quiere usted?

Se queda pensativa y cabizbaja. A los pocos segundos levanta la cabeza y cuenta su historia:

–Me han matado al esposo, también a un hijo, y a un nieto. Otro hijo está desaparecido desde 2006. Me temo que está muerto. Y otro hijo lo tengo encarcelado.

Continúa con los ojos perdidos, rumiando en voz alta:

–Yo no sé qué justicia quiero... ¿Será la justicia de Dios? ¡La justicia humana no la quiero!”

Y sigue, no sin antes darse tiempo para discernir desde sus entrañas y expresar sus sentimientos con las palabras justas:

–Yo necesitaba saber si mi hijo, el desaparecido, estaba aún vivo o no. Han pasado más de seis años que no sabemos nada de él. Si está muerto, quiero que me digan donde está, para enterrarlo y quedar en paz... Me enteré que un posible asesino suyo estaba en la cárcel. Ahora los presos pueden reducir su condena a cambio de confesar la verdad de sus crímenes. Pensé que, quizás por este motivo, a este hombre ahora le podría interesar hablar y así enterarme del paradero de mi hijo. Por eso decidí ir a la cárcel a encontrarlo... cara a cara. Todo por mi hijo... Cuando lo vi salir de la celda custodiado por dos guardias, con las manos esposadas y sin libertad, me di cuenta que esa no es la justicia que yo quiero.

Doña Socorro guardó unos segundos de silencio meditativo, como si se hubiera ido para otro lugar... y regresó diciendo:

–Yo rezo y lo pongo en las manos de Dios... Para que él les perdone. Eso me ayuda y me alivia, pues yo no puedo perdonarles ¿Quién soy yo para perdonarles? ¿Cómo puedo perdonar un crimen y un dolor tan grandes? Pero al ponerlo en las manos de Dios, yo descanso del peso de tener que perdonar y siento que así, de algún modo, yo también algo les perdono.

El SJR aprende de doña Socorro a ser “pacientemente activo” en la misión de per­ donar y reconciliar. El largo camino del perdón y la reconciliación es ambas cosas: la tarea activa de doña Socorro al empeñarse con todas sus fuerzas para ir a visitar a su “enemigo” y saber del paradero de su hijo, y al tiempo, el regalo que se recibe pacien­ temente, pues uno entrega con humildad su impotencia, a la fuente de vida in nita, para sanar una muerte in nita.

Yo creo que podría acabar la lectio aquí, pues lo que he aprendido de doña Socorro es lo fundamental que descubro en la teología. Sin embargo, dicen que una lectio-lectio, seria, dura más o menos una hora... Entonces permítanme que redunde en lo mismo de ahora en adelante, pero diciéndolo con muchas más palabras. Nunca los teólogos fuimos buenos en capacidad sintética.

Ignacio Ellacuría, de quien celebramos hace pocas semanas el vigésimo quinto aniversario de su muerte, decía: “Típico del hombre nuevo movido por el espíritu es que su motor no es el odio sino la misericordia y el amor, porque ve en todos a hijos de Dios, y no a enemigos por destruir.”2 Y 25 años después de su martirio, junto con otros sacerdotes que trabajaban en la UCA, los teólogos de la liberación siguen di­ ciendo: “Cuando no haya opresión no necesitaremos liberación.” “Cuando no haya pobres se acabará la teología de la liberación.”

Intermón Oxfam, en su reciente informe, Iguales: Acabemos con la desigualdad extrema. Es hora de cambiar las reglas3, denuncia el alarmante aumento de la desigualdad entre ricos y pobres en todo el mundo, con una concentración extrema de riqueza y poder en las élites. Esta creciente injusticia distributiva se vuelve contra la misma economía sostenible.

Ese informe sostiene que las causas de la desigualdad creciente son dos: el fun­ damentalismo del mercado; y el secuestro democrático por parte de las élites políticas y económicas: el dinero compra el poder político, para que los ricos sean más ricos y poderosos. Mientras tanto, hoy, cada día, siguen muriendo 30 mil niños pobres de­ bido a enfermedades que se pueden tratar.

“Cuando no haya pobres se acabará la teología de la liberación”4

25 años después del asesinato de los mártires de la UCA he tenido la oportunidad de encontrarme con un niño salvadoreño de catorce años. Su nombre es Jesús. Hace unos meses, él escapó –con su madre y hermanitos– desde El Salvador hacia Panamá. Allí estaba yo, trabajando con el Servicio Jesuita a Refugiados, y tuve la ocasión de hablar con él. Le pregunté:

–Jesús ¿qué recuerdas de El Salvador?

Me hizo un dibujo que representaba a un asesino, a niños, jóvenes y adultos
en pandilla, fumando droga... a ladrones de pandillas criminales, a personas que ruegan que no las maten, pero que son asesinadas, a policías que golpean a jóvenes, para acabar matándolos. Y ante todo esto, Jesús concluye:

–Ver, oír y callar si tu vida quieres gozar.

Y escribe estas palabras en la parte superior de la hoja.

Yarina, la madre de Jesús, advirtió un día que el niño apenas hablaba; y luego,
que se le metía en la cama por la noche. A los pocos días, Jesús empezó a orinarse en la cama. Yarina preocupada lo forzó a hablar. Y Jesús habló:

–Quieren que mate a mi tía. Y si no, quieren que me vaya del barrio o me matan a mí.

Las maras o bandas criminales juveniles lo habían chado para reclutarlo, pues Jesús es un chico despierto. El examen de entrada a la mara consistía en matar a alguien; habían escogido a su tía, dado que él no se decidía por nadie. Tras esta confesión, la madre tomó de inmediato a sus hijos y se los llevó a vivir a casa de la abuela, a otra ciudad. Sin embargo, a los pocos meses, volvió a ocurrir lo mismo. Otra banda criminar quiso reclutar a Jesús. A la madre no le quedó otro remedio que salir del país refugiada con sus hijos. Habían llegado a ciudad de Panamá, donde me los encontré en la o cina del SJR.

El Salvador, hoy, sigue siendo uno de los países más violentos del mundo, con un índice alto de desigualdad en la distribución de la riqueza; pero no solo en El Salvador sigue la violencia estructural. América es el continente más violento del mundo, según informa Adam Blackwell, secretario de Seguridad Multidimensional de la OEA. América Latina triplica la tasa media mundial de homicidios y duplica la de los países en desarrollo de África, que tienen la segunda tasa regional de homicidio más alta del mundo.5

El “Barómetro de las Américas del 2014” (elaborado por el Proyecto de Opi­ nión Pública de América Latina de la Vanderbilt University) muestra que la violencia y el crimen persistentes constituyen los principales factores de desestabilización de las democracias en América Latina.

Centroamérica, donde la mitad de la población vive en pobreza, registra la tasa de homicidios más alta del mundo, debido a la actividad de las pandillas y a los carteles de las drogas. Honduras es el país más violento del planeta, según datos de la O cina de Naciones Unidas para la Droga y el Delito (UNODC), de 2012. Le siguen, en la región, Venezuela, El Salvador, Colombia, Brasil, México. Entre las cincuenta ciudades más peligrosas del mundo, 37 son latinoamericanas, con altos índices de mortalidad violenta, aproximadamente de cuatro asesinatos por minuto.6

Al observar los con ictos armados vigentes a nivel mundial, tomar como base el informe “Alerta 2014, informe sobre con ictos, derechos humanos y construcción de paz”, encontramos que durante el 2013 se registraron 35 con ictos armados (en África, 13; en Asia, 11; en Europa, 5; en Oriente Medio, 5; y en América sólo uno, en Colombia).7 No obstante, si miramos, por ejemplo, a México, a Guatemala, a Perú, si bien no presentan con ictos armados clásicos, sí sufren lo que hoy se denominan “nuevas violencias”; y están generando lo que el pensamiento social cristiano llama “refugiados de facto”, de nición más amplia del refugio que ha sido asumida por el Vaticano y por el SJR, como organización de Iglesia que también es.

[Refugiado de facto es] toda persona perseguida a causa de su raza, religión per­ tenencia a grupos sociales o políticos; toda víctima de los con ictos armados, de las políticas económicas erróneas o a desastres naturales, y, por razones humanitarias [...] todo desplazado interno, es decir, cualquier civil desarraigado por la fuerza de su hogar por el mismo tipo de violencia que genera refugiados.8

Esta de nición da cabida a las nuevas violencias que no están descritas en la Con­ vención de Ginebra del año 51, la cual de ne el estatuto del refugiado. Y aun cuando la Convención de Cartagena, que aplica a los países latinoamericanos, tiene una de nición más amplia de refugiados que incluye todas las víctimas de “violencias generalizadas”, esta normativa no acaba de garantizar que todos los estados la implementen. Como resultado, muchas de las victimas de las nuevas violencias quedan sin protección, a pesar de la normativa escrita.

Las nuevas dinámicas de violencias estructurales, por ejemplo, las causadas por las “maras salvadoreñas”, las bandas criminales colombianas y los grandes carteles mexicanos, no son tan visibles como las dinámicas violentas de los con ictos armados llamados clásicamente guerras.

Es necesario rastrear estas nuevas violencias y visibilizarlas con investigación rigurosa

Las causas de estas nuevas violencias son interdependientes: incluyen desde el crimen organizado, pasan por sistemas judiciales y policiales poco efectivos9, y llegan hasta la pobreza y la falta de oportunidades para las mayorías. Un informe de e Economist, en 2013, sostiene:

El descenso de los ingresos y el crecimiento del desempleo no siempre son seguidos por con ictividad. Solo cuando los problemas económicos están acompañados por otros elementos de vulnerabilidad hay elevados riesgos de inestabilidad. Esos factores incluyen una gran desigualdad de ingresos, malos gobiernos, bajos niveles de provisión social, tensiones étnicas y una historia de con ictividad. De particular importancia parece ser la erosión de la confianza en los gobiernos y sus instituciones: una crisis de la democracia.10

Las preguntas quedan entonces sobre la mesa de la investigación universitaria: ¿Cómo visibilizar y dar protección a las víctimas desplazadas forzosas y refugiadas de facto de estas nuevas violencias? ¿Qué respuestas dan la teología y las otras ciencias para que ellas también tengan acceso a la liberación y la reconciliación?

La teología de la liberación nace en este continente en el contexto de la vio­ lencia del subdesarrollo y de dictaduras de los años 60. Sin embargo, aún hoy, en América Latina y el Caribe, siguen existiendo 80 millones de personas que viven en pobreza extrema. La desigualdad entre ricos y pobres crece. Los ciudadanos están preocupados por el crimen más que una década atrás. Uno de cada tres encuestados (se encuestaron 50.000 personas en 28 países) considera el crimen el problema más serio que afronta su país. El miedo a la criminalidad en América Latina está en el punto más alto de la última década. América Latina sigue necesitando liberación de tanta violencia. América latina sigue necesitando reconciliación. E igual el mundo.

La teología de la liberación sigue teniendo sentido

La teología de la liberación sigue teniendo sentido 25 años después porque sigue habiendo pobres y víctimas que poner en el centro del quehacer teológico en todas partes. Así lo hace el papa Francisco en la Evangelii gaudium:

¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las nanzas a una ética en favor del ser humano.11

Al pensar en los diálogos de paz de la Habana, entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, otra cita de la Evangelii gaudium nos viene bien:

Las reivindicaciones sociales, que tienen que ver con la distribución del ingreso, la inclusión social de los pobres y los derechos humanos, no pueden ser sofocadas con el pretexto de construir un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz. La dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a sus privilegios.12

Tal ha sido la centralidad que este Papa ha dado a los pobres y a las víctimas de la violencia que con su nombre lo quiso expresar: “Francisco es el hombre pobre... Francisco es el hombre de paz.” De este modo, en su nombre vemos articulados los dos elementos: pobreza y paz: “la opción preferencial por los pobres”, “la alianza preferencial por el enemigo”, la articulación de “la liberación desde la reconciliación”. Dicho con otras palabras más eclesiológicas del propio Francisco: “una iglesia pobre y para los pobres” y “una Iglesia hospital de campaña”, cuya misión es curar las heridas de un mundo roto por injusticias y violencias.

Hace unos meses, a nales de octubre, Francisco reunía por primera vez, en El Vaticano, a los movimientos populares de todo el mundo, para decirles:

No se puede abordar el escándalo de la pobreza promoviendo estrategias de contención que únicamente tranquilicen y conviertan a los pobres en seres domesticados e inofensivos. [...]. Hoy vemos con tristeza que la tierra, el techo y el trabajo están cada vez más lejos de la mayoría. Es extraño, pero si hablo de tierra, techo y trabajo para algunos resulta que el Papa es comunista. [...]. Hablamos de cuidar la naturaleza y trabajar por la paz [...]. Este sistema ya no se aguanta. Tenemos que cambiarlo [...] con coraje, pero también con inteligencia.
Con tenacidad, pero sin fanatismo. Con pasión, pero sin violencia.13

Sin violencia: la liberación desde la reconciliación. ¿Qué reconciliación?

En el trabajo de reconciliación que hacemos en el SJR, en Colombia, cuando pregun­ tamos a las comunidades de victimas del con icto armado ¿qué es para ustedes la reconciliación?, lo primero que algunos suelen gritarnos es: “¡Justicia!”, como hizo doña Socorro.

Estudiosos de la teología de la liberación, cuando oyen “liberación desde la reconciliación”, pueden pensar que uno fácilmente va a hablar del amor y del perdón sin confrontar lo que se denominan estructuras anónimas de injusticia y violencia, por ejemplo: el trabajo precario legal pero ilegítimo; la falta de acceso a la educación y a la salud; el desalojo de asentamientos de pobres en barrios marginales por carecer de documentos que acrediten la propiedad; el abuso del agua escasa por industrias foráneas; la pérdida de tierras de los campesinos al ser inundadas por grandes proyectos hidráulicos; el trabajo infantil; el abuso laboral y sexual de mujeres empleadas del hogar; el machismo; el racismo y el colonialismo; la trata de personas; las guerras y los refugiados; la ausencia de asistencia legal y la naturalización de la impunidad; el narcotrá co; las bandas criminales juveniles; la corrupción y la falta de scalidad justa, la pobreza y la marginación... En concreto: mil millones de personas que viven con menos de un dólar al día; más de 800 millones de personas que pasan hambre.

Algunos analistas y actores de la paz, seriamente comprometidos, sienten algún temor al pensar que se entienda la reconciliación unida a su dimensión espiritual como meros procesos emotivos y resignación ante estas violencias estructurales, complejas e interdependientes, con raíces socioeconómicas y culturales profundas. De ningún modo la liberación desde la reconciliación separa fe de justicia.

Hoy la crítica económica del capitalismo liberal sigue animando a la teología de la liberación a ver el cambio del mundo desde y con los pobres, aunque se haya ampliado el estudio de las injusticias estructurales desde las ciencias sociales hacia las teologías de la liberación en plural: teologías de la liberación indígena, feminista, negra, mestiza, y otras, como la eco­teología de la liberación; pero siempre sin dejar de articular la fe y la justicia.

La misión de los jesuitas a nivel internacional es “el servicio de la fe del que la pro­ moción de la justicia es una exigencia absoluta.” Por eso, la Congregación General 35 solo puede entender la reconciliación desde la perspectiva de “restablecer relaciones justas [...] con Dios, los otros y la creación”.14

Esta es la reformulación, para el siglo XXI, de la misión escrita de puño y letra por San Ignacio cuando fundó la Compañía, en 1550, y escribió que la Compañía fue fundada para “reconciliar a los desavenidos”.

Etimológicamente se entiende la reconciliación como “una llamada a que las partes vuelvan a juntarse.” La reconciliación como restablecimiento de las relaciones justas se compromete en los cambios estructurales, y va a la raíz de la violencia y de las causas de la injusticia, como condición absolutamente necesaria en los procesos de reconciliación. Y esto es lo que defendemos cuando hablamos de la liberación desde la reconciliación. Dicho de otro modo, y con la terminología de los estudios de paz, no hay reconciliación sin abordar la justicia transicional.

¿Qué es la justicia transicional en la cual se enmarca la liberación desde la reconciliación?
Es el proceso en el cual las sociedades que han sido víctimas y victimarias de abusos sistemáticos y masivos de derechos humanos quieren pasar la página de ese periodo violento y transitar hacia un futuro de paz, de economías y democracias sostenibles, de respeto de los derechos y deberes individuales y colectivos. Al hacer esta transición, dichas sociedades deben confrontar la dolorosa y pesada carga del pasado con la meta de conseguir un sentido integral de justicia para todos los ciudadanos.

Los estudios comparativos de sociedades en transición de todos los continentes muestran que son necesarias cuatro condiciones interdependientes para transitar hacia la justicia: (1) investigación y revelación de la verdad de lo ocurrido; (2) asunción de la responsabilidad penal y cumplimiento de la condena por parte de los criminales; (3) reparación de las victimas; y, nalmente (4) garantía de no repetición de actos violentos.

Tales condiciones llevan a la reconciliación que sana las relaciones rotas y las divisiones en el seno de la sociedad, a la sanación del trauma de la posguerra, a la re­ construcción de la con anza individual y social.

Estas condiciones que implica la justicia transicional deben ser enmarcadas en un ámbito de justicia más amplio que –según Rama Mani15– tiene tres campos:

  • Primero, la justicia legal, que se centra en establecer el Estado de derecho que garantiza el orden y la seguridad.
  • Segundo, la justicia rectificadora, que se centra en juzgar y castigar a victimarios y compensar a víctimas, es decir, que no permite la impunidad.
  • Tercero, la justicia distributiva, que se centra en las medidas socioeconómicas, en los efectos y las causas estructurales de la violencia: inequidades y exclusión, subdesarrollo y pobreza.

Precisamente aquí, en la falta de justicia distributiva y la falta de reparto del poder que gestiona la riqueza, es donde encontramos una de las raíces estructurales de los con ictos armados en el mundo. En esta misma línea, el papa Francisco dice:

Hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos, será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará una explosión.16

Sin embargo, la reconciliación exige algo más que estas tres dimensiones de la justicia. Todas ellas han de enmarcarse a su vez en la justicia restaurativa, que promueve la reconciliación.

La justicia restaurativa reconcilia porque se centra más en reparar y sanar el daño hecho a los individuos y a las sociedades, en sus relaciones, que en el castigo de los agresores, sin aliarse con la impunidad. Por ejemplo, la justicia restaurativa nunca aceptará la pena de muerte ni la cadena perpetua, porque estas no apuntan a la rein­ tegración del criminal en la comunidad, y por tanto, imposibilitan la reconciliación. Dicho más directamente, la justicia restaurativa no solo intenta recuperar a las víctimas sino también a los victimarios, a “los otros,” a “los enemigos”.

La justicia restaurativa es, en gran medida, la expresión política del “amor al enemigo”, que es “Buena Noticia,” el Evangelio de Jesús.

Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.” Pues yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos y paganos? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. (Mt 5, 43­48).

La invitación de Jesús a la perfección del Padre, amando al enemigo, es a lo que me re ero con la expresión “alianza preferencial con el enemigo”.

Hace ya unos años, en una conversación con Gustavo Gutiérrez, le pregunté: “¿Podría traducirse la opción preferencial por los pobres de la teología de la liberación como alianza preferencial con el enemigo en una teología de la reconciliación?” Él me respondió al principio con cierta reserva, diciendo que “cuando llevas la expresión muy lejos de la formulación original, su signi cado pierde fuerza.” Y una vez dicho esto empezó a explorar y añadió:

–Los pobres a los que me refiero en la teología de la liberación son los insigni cantes y los marginados.17 Ellos son los que no son necesitados para nada, sobran, y por eso son puestos a un lado. Los pobres e insigni cantes son los excluidos y rechazados de la sociedad.

El Papa se expresa en términos similares, en Evangelii gaudium:
Hemos dado inicio a la cultura del “descarte” que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son “explotados” sino desechos, “sobrantes”.18
Los pobres insigni cantes de Gutiérrez también son descartados, sobrantes. Desde ahí le comenté a Gutiérrez:
–Los enemigos también son puestos a un lado. Son rechazados y excluidos al extremo, diabolizados (encarcelados o aislados, matados), para que lleguen a ser radicalmente insigni cantes para la sociedad, igual que son insigni cantes los pobres.
Gutiérrez asintió.
Tanto los pobres como el enemigo retan nuestra capacidad de inclusión gratuita, sin esperar una relación de equidad a cambio. La capacidad humana de amar en extremo es dar gratis, a imagen de Dios, que hace salir el sol sobre justos e injustos (Mt 5,45). Los pobres no pueden dar en retorno porque no tienen. Tampoco los enemigos en contexto de graves violaciones de derechos humanos, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra, genocidio, pueden dar en retorno tanta vida matada.

Ambos se topan con sus límites para devolver en la misma medida. Ambos son pobres (aunque de forma muy distinta: unos por no tener y otros por criminales que es otra forma de no tener... amor). Precisamente, por su pobreza, tanto el uno como el otro nos invitan al exceso en la donación, a darnos de nuevo en la relación a reconciliarnos y restablecer relaciones justas... Y así sanarnos, liberarnos, reconciliarnos.

En este sentido, ambos, el pobre y el enemigo, se convierten en oportunidad de salvación, de encuentro con Dios fuente de todo amor en extremo, de autodonación gratuita. Es así como el pobre y el enemigo se convierten en locus theologicus.

Tanto la opción preferencial con el pobre como la alianza preferencial con el enemigo son lugar de encuentro con Dios y su revelación: una oportunidad para vivir el amor divino, el amor gratuito y extremo.
Benedicto XVI a rmaba en Aparecida: “...la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2Co 8,9).”19

Al hacer un paralelismo, podríamos decir que la alianza preferencial con el enemigo, como respuesta a la invitación de Jesús a amar a los enemigos, de Mt 5,44, está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que ha permitido dejarse satanizar como enemigo en la cruz, para mostrarnos cómo transformar la violencia mansamente desde el ser victima, el ser cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como bien subraya Leonel Narvaez, gestor de la Fundación para la Reconciliación.

Jesús se hizo hombre hasta el punto de identi carse no solo con los pobres sino también con los enemigos, para salvar a todos, a los “insigni cados”, a los sobrantes, a los descartados, a los desechados, sean pobres o enemigos.

El perdón que Jesús proclama en la cruz –“Padre, perdónalos”– es expresión de la alianza preferencial por el enemigo. Tanto el perdonar desde el escándalo de la cruz como la alianza preferencial con el enemigo son locura para la lógica del mundo. Nos llevan al límite de lo humano, para adentrarnos en la frontera de lo divino. Juan Pablo II dice que “lo que las religiones pueden ofrecer al mundo es la pedagogía del perdón”.20 También a rma: “...no hay paz sin justicia ni justicia sin perdón.”21 El perdón es, por naturaleza, un amor excesivo (del latín per-donare: más allá del límite- dar o dar en exceso).

¿A qué se debe su excesividad?

– Primero, a que es uno mismo lo que uno da. Por eso, el perdón es siempre don excesivo: la persona que se da siempre tiene un valor absoluto, in nito, excesivo. En el perdón, la persona misma se da de nuevo a la relación que había sido injustamente dañada. Por eso el perdón es camino de reconciliación.

– Segundo, el perdón es excesivo porque en él uno se da de nuevo, no a cualquiera, sino precisamente a alguien que es experimentado como ofensor, como “ene­ migo”, quien en principio no merece tal don.

En el contexto de graves violaciones de derechos humanos, de crímenes contra la humanidad, de crímenes de guerra, del genocidio, del uso de la violación sistemática de mujeres como arma de guerra, del reclutamiento de niños soldados, etc., el perdón parece estar más allá de los límites de la capacidad humana de libre elección. Ese amor excesivo, que parece locura, al que apunta el perdón de lo imperdonable, es el mismo amor que habita en la “alianza preferencial con el enemigo.”

¿Qué significan estas tres palabras: alianza, preferencial, enemigos?

Alianza. Como concepto, expresa relación mutua en libertad. Y por esa mutualidad en la relación libre he sustituido el concepto de opción por el de alianza. La opción parece indicar que solo es una parte la que opta de forma unilateral por la otra. Algunos teólogos a rman que podría sonar un poco paternalista; de algún modo ensombrece la interdependencia en una antropología y una teología relacional.

La alianza no es optar unilateralmente sino cooptar mutuamente, hacer un pacto (del latín pax). Dicho con otras palabras, la opción debería invitar a la respuesta, por parte del otro; la opción por el otro deberá invitar a la alianza, a la opción libre y mutua.

La alianza implica ir más allá de meras transacciones de equidad medida en una negociación. La alianza mueve hacia una relación de gratuidad, de mutuo reco­ nocimiento.

El perdón y la reconciliación implican relaciones mutuas en libertad para al­ canzar alianzas que restablezcan relaciones justas frente a las violencias del pasado y garanticen la sostenibilidad de la justicia en el futuro: que no se vuelva a repetir el mal, la violencia. Así, la alianza protege el derecho a vivir en paz de la siguiente generación. Invita a discernir comunitariamente cuándo y cómo el enemigo debe ser invitado a la mesa, para convertirse en aliado, de modo que él también contribuya al bien común, a la vida plena para todos sin exclusión.

La alianza cristiana está fundada en el amor de Dios, su autodonación gratis. Es la categoría teológica de alianza la que revela la historia de salvación antes y después de Cristo (la primera y segunda alianzas). Cristo se revela como el rostro de un Dios el, que perdona 70 veces 7, que hace una esta de bienvenida al hijo pródigo.

Debido al pecado rompemos una y otra vez la alianza, y nos hacemos enemigos de Dios; pero él extiende su mano una y otra vez para rehacernos amigos. Es su amor excesivo lo que nos hace creer en que –como nos mostró doña Socorro– el perdón de lo imperdonable es posible, en que el amor al enemigo es posible en Dios. El amor excesivo de Dios es la fuente que nos mueve a una “alianza preferencial con el enemigo”, y por esto es una expresión fundamentalmente teológica.

Preferencial. Esta palabra expresa que uno no quiere dejarse distraer por otras relaciones o buscar otras alianzas que acaben descartando a los pobres y a los enemigos. La alianza preferencial rescata al enemigo del aislamiento, de la cárcel y del exilio al que tendemos a ponerlo. Francisco de Roux, cuando era padre provincial de los jesuitas en Colombia, invitaba al SJR a ir a dos lugares: a las veredas perdidas y barrios marginados donde aún hay muchas víctimas con su dolor silenciado; y a las cárceles, donde hay también mucho dolor y culpas silenciadas. Jesús dice: “No necesitan médico los sanos sino los enfermos, no he venido a salvar a los justos sino a los pecadores” (Mc 2.17).
Esta prioridad o focalización en el enemigo es porque se le considera un lugar teológico preferencial donde Dios aprovecha para mostrarnos su rostro más verdadero, su amor excesivo. Jesús así lo vivió ante quienes lo cruci caban: “Padre, perdónalos.”

Enemigo. Es aquel que amenaza la calidad de vida y la seguridad propia; por eso la lógica es separarlo radicalmente, en término de Francisco, “descartarlo.” Aquel que etiquetamos como enemigo es Satanizado, considerado inhumano o infrahumano; se convierte en el otro radicalmente malo, para ser así puesto al otro lado del muro de división, que lo mantenga aparte y a raya.

Debido a esta Satanización Carl Von Clausewitz acaba su clásico libro Sobre la guerra diciendo: “La guerra, tiene como objetivo la destrucción del enemigo.”22 La exclusión del enemigo tiene como expresión radical matarlo, que es la separación más excesiva de la cual no es posible regresar. Frente a la tendencia satanizadora humana que etiqueta como “enemigos” a hermanos y hermanas, hijos de un mismo Padre, la alianza preferencial con el enemigo nos invita a abrazar al satanizado, al radicalmente rechazado, para recrear el vínculo que nos hace humanos, a imagen y semejanza de Dios.

La reconciliación y el perdón no son opuestos a la justicia, sino opuestos al odio para siempre (tanto para quien perdona como para el perdonado). Como dicen algunas víctimas del con icto vasco en España: “A toda persona hay que darle una oportunidad; también al asesino.”

Coincidí en un viaje de cinco horas en bus con una mujer refugiada palestina musulmana. Tras pasar varias horas analizando el con icto de Medio Oriente, quise preguntarle si es posible la reconciliación y el perdón allá. Y respondió con voz enérgica y tajante:

–No me pidas perdonar. Yo no puedo perdonar. A un hermano me lo mataron. Los otros tienen heridas de balas en las piernas. Mi madre tiene un brazo paralizado de un golpe de fusil que un soldado israelí le propino en uno de los puntos de control... Yo no puedo perdonar. No me pidas perdonar...

Y tras unos segundos ensimismamiento, continuó:

–Pero voy a hacer una cosa. Intentaré no pasar el odio que tengo a mis hijos, para ver si ellos un día pueden hacer lo que yo hoy no puedo: perdonar.

Ignacio Ellacuría dice:

El odio puede ser lúcido y e caz a corta distancia, pero no es capaz de construir un hombre realmente nuevo. El amor cristiano23 no es precisamente blando, pero sí pretende muy decididamente no dejarse entrampar por el egoísmo o por el
odio [...]. [Al hombre nuevo] no le mueve la desesperación sino la esperanza.24

Y no hay mayor esperanza que movilice a padres y madres a dar pequeños o grandes pasos hacia el perdón y la reconciliación que el amor a los hijos. Los refugiados víctimas de violencia nos han enseñado una y otra vez lo de esta mujer palestina: que es el amor a los hijos, prevenir que ellos sigan atrapados en el círculo de la violencia, lo que más mueve a los padres y madres a dar pequeños pasos aquí y ahora en la reconciliación de lo que parece irreconciliable. Liderar la reconciliación desde el futuro, desde los hijos. A esto llamamos, en el SJR, “reconciliación preventiva.” En el corazón de las madres y de los padres, en el corazón de Dios, la enemistad no se desea que se instale para siempre en el corazón de los hijos.

Juan Pablo II, cuando ofrece el perdón a Agca (el 17 de mayo de 1981), cuatro días después del intento de asesinato en la Plaza de San Pedro, dice: “El perdón es la condición primera y fundamental que se revela contra el mantenernos divididos y puestos uno en contra del otro como enemigos.”25

Este poder subversivo del perdón lo encontramos también en la tradición bu­ dista, preciosamente expresado: “...la idea de ‘enemigo’ se desvanece al tomar con­ ciencia plena de la realidad: el enemigo no es tal; lo que realmente es, es una persona que está sufriendo y en necesidad de nuestro amor y compasión.”26

Desde esta perspectiva, incluso la humanidad última de Hitler resiste ser totalmente de nida por sus actos diabólicos. Siempre hay que mantener que la humanidad de cualquier persona (no de sus actos) está últimamente referida a un Dios padre misericordioso. Así parecen ser las entrañas de Dios expresadas en su cielo:

A Karl Barth le preguntaron una vez [...]: “¿Es verdad que un día en el cielo volveremos a ver a nuestros seres queridos?” Y Barth respondió riendo: “¡No solo a los seres queridos! [...]. Hasta los enemigos se volverán amigos”27 en el cielo.

La escatología y la esperanza cristiana anhelan un n diferente: el cielo es la transformación radical del enemigo en amigo. ¡Un cielo donde rechacemos sentarnos a la misma mesa con nuestros enemigos seguramente no sería del todo cielo! La fe y esperanza en el cielo de Dios, en su amor excesivo, es una invitación a intentar per­ donar ya, aquí y ahora, de forma que anticipemos en cierta medida en la tierra lo que vendrá plenamente en el cielo.

La pregunta para todos nosotros sería si creemos que nos encontraremos con nuestros enemigos en el cielo... ¿Por qué no intentar empezar a vivir ya, aquí y ahora, en la tierra esa amistad futura? Como rezamos en el Padrenuestro, se haría su voluntad en el cielo así como en la tierra, ¡ya!

Una vez me encontré con la hermana Helen Prejean, la monja protagonista de la película Dead Man Walking (la monja interpretada por Susan Sarandon en “Pena de Muerte”). Ella me comentó:

–Todo últimamente se reduce a lo esencial, a la necesidad de ver a la persona, al ser humano en la cara del asesino, o en la cara de la víctima, asumir el reto de dar amor incondicional.28

Y así lo hizo ella: cuando se despide en el corredor de la muerte del hombre que ya ha confesado ser asesino y va camino al patíbulo (recordamos todos la imagen en la película), ella no se resigna a esa radical exclusión que es la pena de muerte, y grita al hombre que camina hacia la muerte, para que viva:

– Recuérdame ante Dios, reza por mí, reza por mí.

Nosotros acabamos rezando para subrayar que la paz es profundamente un fruto espiritual. Pero espero que esta lectio haya ayudado algo a que nuestro rezo sea oración de ojos abiertos, de ojos contemplativos en la acción de las manos, donde mística y política no se puede entender una sin la otra, para que realmente sean cristianas.

Sergio Jaramillo, alto comisionado para la Paz del gobierno del presidente Santos, con ocasión de la Asamblea de Provincia de los jesuitas en Colombia, pidió a estos promover los liderazgos espirituales estando al lado de las víctimas.

Como no hay liderazgos verdaderamente espirituales sin una experiencia pro­ funda de trascendencia, nosotros, cristianos, nalizaremos la lectio con una oración­ petición de intercesión dirigida a las víctimas y victimarios de tantas violencias del mundo que ya están en el cielo. En especial, a los 25 años de vuestra muerte, quiero recordaros: Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López, Elba Ramos y Celina; y también a vos, monseñor Arnulfo Romero, que sereis pronto proclamado santo, lo que ya eres...

A todos ustedes victimas y a vuestros victimarios que están ya con el Padre: Recuérdenos ante Dios, recen por nosotros, recen por nosotros... Para que un día los hijos e hijas, nietos y nietas de pobres y ricos, de víctimas y victimarios jueguen en el mismo patio y algún día lleguen a casarse y formar una misma familia. Que todos podamos decir juntos: “Padre nuestro, perdónanos como perdonamos...”

Empecé con doña Socorro y acabaré esta presentación con ella. Jesús, en el crimen de la cruz, también necesitó dirigirse en oración al Padre, para pedirle la fuerza del perdón de lo imperdonable: “Padre, perdónalos.” Jesús puso en las manos del Padre el perdón, como lo hizo también doña Socorro desde su impotencia.

En este momento crucial del camino de liberación y reconciliación en Colombia, hagamos nosotros también lo mismo: pidamos la fuerza del perdón a Dios, para así poder aliarnos preferentemente con nuestros enemigos, sea el que sea, y que así trabajemos por la paz y seamos llamados, bienaventurados, hijos de Dios. ¡Que nos dejemos besar y besemos las heridas de unos y otros! Amén.

Notas

  • Lectio inauguralis de la Facultad de Teología, Ponti cia Universidad Javeriana, Bogotá, 19 de febrero de 2015.

** Doctor en Teología de la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. Profesor, Ponti cia Universidad de Comillas, Madrid; miembro del Servicio Jesuita a Refugiados, SJR.
1 Ignacio Ellacuría, “Discurso de la Universidad Centroamericana ‘José Simón Cañas’ en la rma del contrato con el Banco Interamericano de Desarrollo (1971)”, Estudios universitarios (1999): 22.
2 Juan Antonio Senent (ed.), La lucha por la justicia. Selección de textos de Ignacio Ellacuría (Bilbao: Universidad de Deusto, 2012), 430.
3 Oxfam, http://www.oxfam.org/sites/www.oxfam.org/ les/ le_attachments/cr­even­it­up­extreme­ inequality­291014­es.pdf (consultado el 15 de enero de 2015).
4 Ernesto Cardenal, “Mientras haya pobres, habrá teología de la liberación”, Islam, http://www.webislam. com/noticias/43972­ernesto_cardenal_mientras_haya_pobres_habra_teologia_de_la_liberacion.html (consultado el 15 de enero de 2015).
5 Ver Noticias sobre América, “Según OMS: “La tasa de homicidios en América Latina cuatriplica la media mundial”, Notimerica, http://www.notimerica.com/sociedad/noticia­tasa­homicidios­america­ latina­cuatriplica­media­mundial­20141210220059.html (consultado el 15 de enero de 2015).
6 CNN, “Las 10 ciudades más violentas del mundo están en México”, CNN, http://cnnespanol.cnn. com/2012/01/13/5­de­las­10­ciudades­mas­violentas­del­mundo­estan­en­mexico/
7 http://escolapau.uab.cat/img/programas/alerta/alerta/14/resumene.pdf (consultado el 15 de enero de 2015).
8 Lluís Magriñà, “Refugiados en el siglo XXI, ¿somos capaces de aportar soluciones?”, 11, Centre d’estudis Cristianisme i justicia, http://www.cristianismeijusticia.net/ les/es140.pdf (consultado el 15 de enero de 2015).
9 Banco Mundial, “América Latina: La violencia pone en riesgo una década de avances”, World Bank, http://blogs.worldbank.org/latinamerica/es/am­rica­latina­la­violencia­pone­en­riesgo­una­d­cada­de­ avances (consultado el 15 de enero de 2015).
10 e Economist, “Ripe for Rebellion? Where protest is likeliest to break out”, Nov. 18th, 2013, e Economist, http://www.economist.com/news/21589143­where­protest­likeliest­break­out­ripe­rebellion (consultado el 15 de enero de 2015).
11 Francisco I, “Exhortación apostólica Evangeli gaudium sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual”, 58, Vatican, http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa­ francesco_esortazione­ap_20131124_evangelii­gaudium.html (consultado el 15 de enero de 2015).
12 Ibid., 218. Los subrayados son del autor.
13 News.Va, “El Papa en el Encuentro Mundial de los Movimientos Populares: luchar contra las causas estructurales de la pobreza”, News.Va, http://www.news.va/es/news/el­papa­en­el­encuentro­mundial­ de­los­movimientos (consultado el 15 de enero de 2015).
14. Compañía de Jesús, “Decreto 3 de la Congregación General 35” (2008), No. 12.
15. Rama Mani, Beyond Retribution: Seeking Justice in the Shadows of War (Cambridge: Polity and Blackwell Publishers, 2002).
16 Francisco I, “Exhortación apostólica Evangeli gaudium sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual”, 59, Vatican, http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa­ francesco_esortazione­ap_20131124_evangelii­gaudium.html (consultado el 15 de enero de 2015).
17 “No necesariamente económicos”, matizó Gutiérrez entonces.
18 Francisco I, “Exhortación apostólica Evangeli gaudium sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual”, 53, Vatican, http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa­ francesco_esortazione­ap_20131124_evangelii­gaudium.html (consultado el 15 de enero de 2015).
19 Celam. Aparecida: Documento conclusivo (Bogotá: Celam, 2007),13.
20 Juan Pablo II, “Mensaje para la celebración de la XXXV Jornada Mundial de la Paz, 1o de enero de 2002.” Vatican, http://w2.vatican.va/content/john­paul­ii/es/messages/peace/documents/hf_jp­ ii_mes_20011211_xxxv­world­day­for­peace.html (consultado el 15 de enero de 2015).
21 Ibid.
22 Von Clausewitz, On War (Pensylvania; e Telegraph, 1942), 373.
266
–Pero voy a hacer una cosa. Intentaré no pasar el odio que tengo a mis hijos, para ver si ellos un día pueden hacer lo que yo hoy no puedo: perdonar.
Ignacio Ellacuría dice:
El odio puede ser lúcido y e caz a corta distancia, pero no es capaz de construir un hombre realmente nuevo. El amor cristiano23 no es precisamente blando, pero sí pretende muy decididamente no dejarse entrampar por el egoísmo o por el
odio [...]. [Al hombre nuevo] no le mueve la desesperación sino la esperanza.24
Y no hay mayor esperanza que movilice a padres y madres a dar pequeños o grandes pasos hacia el perdón y la reconciliación que el amor a los hijos. Los refugiados víctimas de violencia nos han enseñado una y otra vez lo de esta mujer palestina: que es el amor a los hijos, prevenir que ellos sigan atrapados en el círculo de la violencia, lo que más mueve a los padres y madres a dar pequeños pasos aquí y ahora en la reconciliación de lo que parece irreconciliable. Liderar la reconciliación desde el futuro, desde los hijos. A esto llamamos, en el SJR, “reconciliación preventiva.” En el corazón de las madres y de los padres, en el corazón de Dios, la enemistad no se desea que se instale para siempre en el corazón de los hijos.
Juan Pablo II, cuando ofrece el perdón a Agca (el 17 de mayo de 1981), cuatro días después del intento de asesinato en la Plaza de San Pedro, dice: “El perdón es la condición primera y fundamental que se revela contra el mantenernos divididos y puestos uno en contra del otro como enemigos.”25
Este poder subversivo del perdón lo encontramos también en la tradición bu­ dista, preciosamente expresado: “...la idea de ‘enemigo’ se desvanece al tomar con­ ciencia plena de la realidad: el enemigo no es tal; lo que realmente es, es una persona que está sufriendo y en necesidad de nuestro amor y compasión.”26
Desde esta perspectiva, incluso la humanidad última de Hitler resiste ser totalmente de nida por sus actos diabólicos. Siempre hay que mantener que la humanidad de cualquier persona (no de sus actos) está últimamente referida a un Dios padre misericordioso. Así parecen ser las entrañas de Dios expresadas en su cielo:
23 Y yo añado el amor musulmán de esta refugiada palestina también...
24 Juan Antonio Senent (ed.), La lucha por la justicia. Selección de textos de Ignacio Ellacuría (Bilbao: Universidad de Deusto, 2012), 430.
25 Juan Pablo II, “Carta abierta a Agca” http://www.fcpeace.com/spanish/medjugorje/elPapa_ LibrorevelaqueJuanPabloII?.pdf (consultado el 15 de enero de 2015).
26 ich Nhat Hanh, ich Nhat Hanh: Essential Writings (New York: Maryknoll, 2001), 105.
27 Miroslav Volf, “Love Your Heavenly Enemy: How are We Going to Live Eternally with ose We Can’t Stand Now?” Christianity Today (October 2000), http://www.christianitytoday.com/ct/article_print. html?id=16089 (consultado el 15 de enero de 2015).
28 La hermana Helen Prejean me hizo este comentario a la salida de su conferencia en la Facultad de Teología, de K.U. Leuven, Bélgica, el 1o de diciembre de 2005.

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