La urgencia de la paz


“Y oí que un grito infinito atravesaba la naturaleza”.
Edvard Munch

Hoy...“un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”.(49)
Papa Francisco

“Estas situaciones provocan el gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo”. (53)
Papa Francisco

La encíclica Laudato Si ́ es un llamado del Papa Francisco a la humanidad, es un llamado al diálogo y al análisis de los verdaderos problemas que debemos enfrentar, para lo cual es necesaria la paz. Es una reflexión sobre las razones para afirmar la creencia en un creador Dios del universo. Es un documento profundamente religioso que invita a pensar sobre los principios, especialmente del cristianismo y sus raíces judías. Es una invitación a todas las religiones a tener un acercamiento que permita superar antagonismos y radicalización. Y es también un documento científico que reconoce los fundamentos de la ciencia y la necesidad que tiene la religión de aproximarse a ésta, entenderla, aceptarla, acogerla, evidenciar sus limitaciones. Y ser críticos frente a la alienación de los seres humanos por cuenta de la ciencia y la tecnología, cuando se orientan ciegamente por éstas. Es un documento político que cuestiona la obediencia irreflexiva a las señales del mercado y reclama justicia para los desposeídos y la naturaleza, las dos grandes víctimas del crecimiento despiadado que solamente se guía por la rentabilidad y la ganancia. Es un camino para enfrentar la crisis de la humanidad y los desafíos de la existencia en
equilibrio con la naturaleza. Es una propuesta ética, pedagógica, humanista y ecuménica.

Es un llamado a “cada persona que habita el planeta”(3), un avance con relación al hecho en la encíclica Pacem in terris del Papa Juan XXIII, publicada el 11 de abril de 1963, “cuando el mundo estaba vacilando al filo de una crisis nuclear”(3), en el sentido tanto de la universalidad del llamado, como de su amplitud pues no solamente se trata de evitar las guerras, especialmente la amenaza nuclear y construir la paz, sino de incorporar explícitamente la otra gran amenaza que es la destrucción de la naturaleza, de sus elementos vitales, de sus ecosistemas y hacer justicia a los desposeídos. Es un último llamado como lo hace James Lovelock, para evitar la destrucción de la tierra tal como la conocemos y posiblemente de la humanidad. La encíclica es un documento que acompaña e interpreta los trabajos científicos que alertan sobre el daño, en muchos casos irreversible, al que estamos sometiendo al planeta. Pero también es un análisis profundo de las causas de la crisis: la dinámica de la economía de mercado con su consumo desenfrenado, la alienación y el fetichismo causados por los objetos y las profundas desigualdades sociales a que conduce.

La encíclica reconoce que la amenaza de la guerra nuclear existe con sus poderosos y modernos arsenales y el armamento químico y biológico. Y señala cómo a pesar de los acuerdos internacionales se continúa trabajando en nuevas armas ofensivas “capaces de alterar los equilibrios naturales”(57). La gran guerra no ha terminado. Se ha mantenido en confrontaciones localizadas, conflictos de baja intensidad, guerras frías, guerra de guerrillas, acciones terroristas, señores de la guerra, escuadrones de la muerte y paramilitares con sus limpiezas sociales; en masacres, genocidios, asesinatos selectivos, hechos ahora con drones, robots y proyectiles teledirigidos, campos minados, secuestros, torturas y desapariciones, dictaduras y regímenes autoritarios, sanciones económicas, bloqueos, ocupaciones militares y división de países, cortinas, muros y fronteras cerradas y desplazamientos forzados por los poderosos, hambre, amenaza, violencia, angustia y miseria; en naufragios de emigrantes Caribes, Mediterráneos o Indochinos. Todas estas expresiones de la guerra dejan millones de víctimas y producen “daños graves a la naturaleza y a la riqueza cultural de las poblaciones”(57), a los más vulnerables, a los desposeídos. El Papa Francisco reconoce que para acabar esto se requiere un gran esfuerzo de la política pero dice que “los diseños políticos no suelen tener amplitud de miras”(57). Y señala a los grandes poderes, especialmente a los financieros, como los que más se oponen a resolver las causas que originan los conflictos. Y en un llamado que es particularmente oportuno para la situación que vive Colombia pregunta:

“¿Para qué se quiere preservar hoy un poder que será recordado por su incapacidad de intervenir cuando era urgente y necesario hacerlo?”.(57)

La guerra tiene una relación estrecha con la degradación de la naturaleza y conduce a tensiones y nuevos escenarios de violencia, en una espiral de retroacciones positivas, que rebaja la dignidad de los humanos y a la vez destruye la naturaleza. “La degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas”(56).

La ética en la política, la ética en la actividad económica, la ética en lo social, la ética en las decisiones individuales. Más allá de la obligación religiosa, moral, doctrinaria, de cualquier ritual o convención social, de la llamada responsabilidad social empresarial, tan maltrecha, de las visiones inmediatistas, “incapaces de advertir la realidad en un mundo limitado y finito”(56), la ética como fundamento de nuestro comportamiento es la base, el soporte de la construcción de una paz sostenible. De una paz que permita afrontar los verdaderos problemas del mundo actual: la preservación de los sistemas naturales y la supervivencia con equidad y justicia de la humanidad.

“El problema es que no disponemos todavía de la cultura necesaria para enfrentar esta crisis”.(53)

Para esto no sirve una “ecología superficial o aparente que consolida un cierto adormecimiento y una alegre irresponsabilidad” (59), que ve solamente el exterior, así “parece que las cosas no fueran tan graves” (59). Este es un “comportamiento evasivo”(59) que nos permite continuar con nuestros hábitos de consumo y estilo de vida. Se requieren consideraciones éticas y cambios de fondo, cambios en nuestra forma de pensar, de concebir la vida y entender la naturaleza. Son urgentes procesos educativos profundos para todos, en los que se incorporen los conocimientos científicos actuales a las decisiones políticas, institucionales, empresariales y sociales. Es preciso iniciar este proceso educativo en los primeros años, pero también se requiere reeducar a los adultos y a los mayores, especialmente a quienes tienen responsabilidades directivas. Todos necesitamos estudiar y reflexionar sobre el profundo sentido de la vida.

Es necesario ubicarse en el mundo, en el planeta, para identificar los problemas nacionales que en la actualidad más que nunca están relacionados con los determinantes estructurales del desarrollo, marcados por las grandes potencias económicas y militares. Por un lado, la globalización financiera y de los mercados con los dumpings, subsidios invisibles, asimetrías de intercambio, opacidad, desinformación y la imposición de condiciones financieras y tratados de libre comercio, en los que las grandes empresas transnacionales y algunos gobiernos que las representan, establecen condiciones que obligan a los países a ceder derechos fundamentales de sus pueblos, del ambiente natural y de sus territorios, y a aceptar una nueva justicia supranacional para proteger a los inversionistas “extranjeros”, a las transnacionales, y trasladar industrias para aumentar el desempleo y explotar a los más pobres y desprotegidos del mundo. Y reforzar de esta manera sus estructuras tecnológico militares a expensas de los demás, en una carrera de poder y armamento sin límites. Por otro lado, está la apropiación de los elementos, componentes y procesos biogeoquímicos del planeta, que utilizados hasta su agotamiento o transformación total, alteran los equilibrios sutiles propios de la naturaleza y “cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertido en regla absoluta”(56). En “un comportamiento que a veces parece suicida”(55).

Estos dos grandes factores: los condicionantes impuestos por la globalización de los mercados y la economía y el cambio global, el calentamiento global y su consecuente cambio climático global, como procesos determinantes por sus efectos en el país, deben ser examinados con responsabilidad y un profundo sentido ético, para contribuir desde lo local a construir nuevas políticas y formas de organización social, económica y ecológica que permitan un desarrollo con justicia social en equilibrio con la naturaleza, y fijar nuevos derroteros frente a la comunidad internacional. Para abordar este desafío enorme se requiere la paz.

Los procesos internos del desarrollo se deben corregir. Para lograrlo desde la política, se debe aceptar la realidad local y planetaria, con una aproximación desde las ciencias naturales y las ciencias sociales, y para algunos desde la religión. Y estar dispuestos a cambiar; la dimensión de las alteraciones ambientales así lo exige. En efecto, los cambios planetarios se perciben en todas partes en diferentes formas y su magnitud e inercia hace que la humanidad no pueda desconocerlos, por sus impactos y consecuencias. “Parecen advertirse síntomas de un punto de quiebre, a causa de la velocidad de los cambios y de la degradación, que se manifiestan tanto en catástrofes naturales regionales como en crisis sociales o incluso financieras”(61). “Hay regiones que están particularmente en riesgo (yo diría en una primera instancia) y, más allá de cualquier predicción catastrófica, lo cierto es que el actual sistema mundial es insostenible”(61).

En Colombia se pueden ver claramente los impactos del modelo interno de desarrollo (apéndice del modelo global) y sus efectos ambientales, como la contaminación del aire, agua, suelos y biodiversidad, la acumulación de residuos de la cultura del descarte, las emisiones de gases de efecto invernadero, la sobre explotación de las fuentes de agua, la destrucción de los bosques y la pérdida de la biodiversidad, el daño a los océanos, el desorden urbano y toda la degradación ambiental del mismo. “No es propio de habitantes de este planeta vivir cada vez más inundados de cemento, asfalto, vidrio y metales, privados del contacto físico con la naturaleza.”(44) Con el consecuente deterioro de la calidad de vida y la degradación social, la enfermedad y la pobreza de muchos.

También se sienten localmente los impactos de la alteración de los procesos biogeoquímicos planetarios, a los que todos contribuimos. En Colombia están presentes los efectos del cambio climático global: 1 Ascenso del nivel del mar con resultados ya evidentes para las ciudades y zonas costeras y sus ecosistemas, especialmente en la Costa Caribe. 2 Procesos de desertización de regiones como la Guajira, una parte de la Costa Caribe y algunos sectores del interior del país. 3 Pérdida de nieve y otros efectos en la alta montaña. 4 Modificación de las precipitaciones y la temperatura ambiente con manifestaciones agudas en varias regiones, lo que se evidencia en condiciones de sequía o precipitaciones extremas, como se han visto, durante los últimos fenómenos de El Niño o La Niña. 5 Desplazamiento de zonas de vida, especies, ecosistemas y agro ecosistemas, corroborado por algunos científicos, así como por agricultores y poblaciones indígenas y campesinas. 6 Pérdida de biodiversidad y posible extinción de especies. 7 Dificultad para asegurar el suministro de agua y energía a la población en épocas de sequía, que ha llevado a situaciones críticas a muchas ciudades del país. 8 Incendios forestales que se presentan con mayor frecuencia y arrasan miles de hectáreas cada año con especial incidencia en épocas de sequía. 9 Enfermedades y epidemias emergentes que se expanden a gran velocidad: dengue, zika, malaria y otras que inciden en la calidad de vida de la población y amenazan nuevas regiones hasta ahora exentas de estos brotes. 10 Desplazamiento de poblaciones de regiones como la Guajira o el Cauca, forzado por condiciones climáticas extremas.

Son igualmente notables las crisis sociales, económicas y políticas que estos fenómenos aceleran o provocan, hasta hacer inviables regiones enteras, como varias autoridades nacionales han sugerido recientemente para la Guajira y amenazan otras regiones del país, algunas receptoras de importantes regalías mineras y petroleras. La riqueza proveniente del uso de los bienes de la tierra como la minería y sus beneficios a través de regalías, empleos, impulso a la actividad económica y comercial locales, evidentemente no contribuye a consolidar una estructura social capaz de sostenerse y por el contrario tiende a desestabilizar los arreglos locales. Con el tiempo, la degradación social se agudiza y la crisis aparece cuando la naturaleza agotada y en situación de estrés, enfrenta una condición crítica como la que produce una sequía prolongada. Suministrar agua, auxilios médicos y alimentos a los niños de la Guajira, ha servido para evidenciar y constatar que la organización social y la base productiva han colapsado. El hecho es que las comunidades sobreviven por su increíble capacidad de resistencia y resiliencia pero la crisis humanitaria es evidente.

Muchas otras situaciones en el país son señales (indicadores) de los efectos del deterioro de la naturaleza debido a los procesos destructivos locales y a los cambios planetarios, y evidencian que el modelo de desarrollo global y local no es sostenible y exige cambios profundos.

Estudiar, entender los procesos planetarios y ubicar en este contexto los cambios ecológicos y ambientales no es cuestión exclusiva de académicos y algunas instituciones gubernamentales. Es una responsabilidad del Estado y la sociedad. Como se ha mencionado, se deben considerar los procesos sociales y económicos globales que son determinantes de los procesos naturales. Examinado el contexto global se deben considerar los procesos locales y su relación con los procesos globales. Es necesario un esfuerzo científico local con el fin de entender mejor los procesos globales y sus efectos en el país, con modelación pero con observación de sus manifestaciones en terreno. Las proyecciones de escenarios de cambio, producto de los modelos locales y de la mayor parte de los internacionales, no contemplan los saltos repentinos frecuentes en los sistemas naturales. Y además los escenarios climáticos del IPCC se establecen sobre consensos políticamente correctos. Debemos ser cautelosos, seguir e interpretar cuidadosamente las señales de la naturaleza.

Considerando el todo y no solamente las partes como lo sugiere la encíclica, pues “todo esta íntimamente relacionado”(137), se deben tomar medidas en lo nacional, coherentes con la búsqueda de un eco desarrollo. Algunos países intentan este camino. Es evidente que esto significa una “ruptura” de la trayectoria de todo lo que se viene haciendo y de la lógica del desarrollo basada en “el mercado”. Esta ruptura representa aceptar la crisis; es el fin de un modelo y de la idea que el crecimiento y consumo material sin límites son posibles en un planeta finito y sensible, de equilibrios sutiles. Para ello, se debe proponer una ética que permita establecer nuevas relaciones y reglas de juego entre los humanos y de estos con la naturaleza. Un verdadero cambio en los paradigmas establecidos del crecimiento. Y esto debe hacerse en un proceso de transición muy rápido, examinando el presente y mirando al futuro para lograr algunos objetivos como: 1 Establecer programas concretos de desarrollo sostenible en todos los sectores económicos y sociales. 2 Establecer objetivos precisos de erradicación de la pobreza y mejora de la calidad de vida. 3 Controlar todos los procesos de destrucción y contaminación ambiental. 4 Contribuir a mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera. 5 Establecer programas concretos y realistas de adaptación al cambio global y climático. 6 Impulsar en el escenario internacional que los países desarrollados tomen medidas efectivas para controlar el cambio global y climático y apoyen decididamente a los países en desarrollo, en sus programas de mitigación y adaptación. El fundamento de esta decisión responsable es una verdadera ética ecopolítica.

Es urgente entonces iniciar el proceso de transición de nuestra sociedad hacia un modelo de desarrollo sostenible o si se quiere de eco desarrollo, o como lo sugiere la encíclica, de “ecología integral”, para enfrentar el desafío del cambio global y los impactos y efectos de su expresión más sensible, el cambio climático, que se manifiestan en todo el planeta y que definitivamente se presentan en Colombia. Este proceso de transición debe hacerse con reflexiones “éticas de fondo”, por parte de la sociedad y especialmente de los agentes que tienen mayores responsabilidades, y naturalmente en un ambiente de paz. Los dirigentes políticos, religiosos, empresariales, gremiales, sindicales, educadores y en especial los científicos tienen un papel clave.

Para este proceso de transición deberán adoptarse toda clase de iniciativas desde lo personal, local, sectorial o macro, como lo sugiere la encíclica. Es urgente una reforma profunda de las instituciones del Estado y en la forma de gobernar. Las estructuras actuales, consolidadas especialmente después de la Revolución Francesa, son insuficientes. Napoleón como muchos gobernantes en la historia incorporó en su esquema de gobierno a científicos, pero esto es algo circunstancial y depende del gobernante. A excepción de algunas potencias que la entienden y utilizan, esta práctica ha caído en desuso. Es necesario incorporar estructuras científicas formales de obligada referencia en el aparato estatal. Y los políticos deben tener un elevado grado de formación, sin obstruir el derecho a la participación de los sectores populares o representativos de grupos de interés, pero estos deben también prepararse, educarse. Las “reglas de la democracia” dificultan buscar salidas que garanticen el bien común, la paz, y menos el cuidado de nuestra casa común, como se está viviendo en el Reino Unido, en la Unión Europea, en Estados Unidos, en el Asia y en Colombia. Es necesario complementar el Estado con otras “ramas” del poder como la ciencia y la información, una nueva estrategia de la gestión pública y optar por otro sistema participativo para tomar decisiones. Suiza, Suecia y otros países de Europa pueden enseñar algo al respecto, aunque no están exentos de dificultades; no son ajenos a decisiones populares pero destructivas. El desafío es mayor.

Para afrontar lo anterior se necesita profundizar en la “ecología integral”(137) con educación, ética e información a la población, fundamentada en el conocimiento y transmitida a todos los niveles educativos. Se debe mantener un proceso de educación permanente sobre las relaciones sociales y de la sociedad con la naturaleza. Los planes de estudio tradicionales deben ser modificados urgentemente al igual que las infraestructuras de investigación, que deben orientarse en buena parte al desarrollo sostenible. Los conocimientos en matemáticas, ciencias naturales y sociales y el lenguaje deben reforzarse desde temprana edad y servir de fundamento para quienes opten por el trabajo o quieran seguir en la Universidad. La ingeniería, arquitectura, derecho, medicina, etcétera, sin perder su disciplinariedad, deben ajustarse para que incorporen la naturaleza (las ciencias de la tierra, (los procesos ecológicos, ecosistémicos, fisiológicos, biogeoquímicos, geomorfológicos, geológicos, hidrológicos, climáticos)), en la medida de su necesidad y pertinencia, para transformar en últimas el ejercicio profesional y contribuir a través de éste al logro de un desarrollo sostenible. Es necesario estimular no solamente la inter disciplina sino la pluri disciplina como estrategias y opciones de formación para que los estudiantes exploren y complementen su conocimiento y cultura con otras áreas. Las ciencias, las artes, la filosofía, el latín, el griego, la literatura, la historia, la ética, la teología, deben ser opciones para complementar cualquier carrera profesional o disciplinar. Las políticas de desarrollo de las Universidades deben orientarse más al logro de estos propósitos y al estudio y tratamiento de los problemas del país, que al alcance de indicadores nacionales o internacionales, que no consideran lo local como prioritario. De esta manera, la investigación y el desarrollo pierden pertinencia, se enajenan y muchas veces sólo sirven para alcanzar metas individuales. Es importante avanzar en el conocimiento pero también es importante aplicarlo. La institucionalidad debe reforzarse para lograrlo, no solamente la pública sino la privada. La urgencia de la sociedad en este momento es prepararse para contrarrestar las consecuencias ecológicas y sociales de la economía del libre mercado. Es imperativo el uso de la ciencia y la tecnología con el fin de lograr un desarrollo sostenible en un planeta finito. El universo del conocimiento y la cultura, soportado en infraestructuras digitales, se debe orientar a la construcción de la paz, al progreso humano y a servir para mitigar y adaptarse al cambio en las condiciones de vida del planeta, ocasionadas por un desajuste entre lo que deseamos con voracidad y lo que la tierra nos puede dar de manera permanente, con generosidad.

Notas

  • Notas para la intervención en el panel del Seminario sobre la encíclica Laudato Si ́: El cuidado de la casa común. Lectura desde la ética y la educación. Que tuvo lugar en Bogotá el 24 de octubre de 2016 en la Universidad Javeriana.
  • Los números entre paréntesis (...) corresponden a los párrafos de la encíclica Laudato Si ́, de donde se toman las citas.

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